Al hacer su entrada el magistrado, Jonathan Bradford presentaba ya todos los estigmas que la crónica del Pitaval acabaría mudando en condena: una linterna, un cuchillo bañado en sangre y el cuerpo de un viajero que aún alentaba debilmente. El posadero juraba haber acudido tan solo al oír la alarma, al igual que los demás. En 1736, un jurado de Oxford lo declaró culpable. Dieciocho meses después de su suplicio, una relación añadía que un criado había confesado la autoría del crimen. El proceso había concluido; mas la cuestión de la prueba permanecía abierta.
Una posta en el camino
Llega hasta nosotros la escena merced a una compilación de 1871, y no por las actas originales del tribunal de las assizes. Dicho testimonio sitúa la venta en el camino real de Londres a Oxford y describe a Bradford como hombre de honrada estimación. Su huésped, maese Hayes, viajaba con el propósito de visitar a ciertos parientes. El cronista le atribuye notable fortuna, mas no consigna su nombre de pila completo ni documento alguno que certifique la suma de caudales que consigo llevaba.
Otros dos caballeros compartían mesa aquella noche. A decir del Pitaval, Hayes se ufanó durante la cena del dinero que portaba. Tal es el pormenor que dota a los hechos de un móvil perentorio: el forastero alardea de riquezas; pocas horas más tarde, yace malherido sobre su lecho. Con todo, semejante nexo no pasa de ser una ilación propia del relato retrospectivo. Carecemos en absoluto de testimonios coetáneos que transcriban la conversación o de declaraciones que permitan justipreciar el alcance y tono de aquellas palabras.
Recogióse la concurrencia a sus aposentos. Los dos viajeros ocuparon una estancia con dos camas y dejaron la lumbre encendida junto al hogar, tal como el cronista refiere que solía estilarse en las posadas. Transcurrió la noche hasta que uno de ellos creyó percibir un gemido ahogado en la alcoba contigua. Dudó en un principio de importunar a su compañero. Reanudóse el quejido, ya más perceptible; ambos hombres se incorporaron y avanzaron con cautela.
La puerta no estaba trancada; un tenue fulgor se filtraba por la rendija. En el interior, Hayes se debatía entre charcos de sangre, al tiempo que un hombre se erguía junto a la cama empuñando una linterna sorda en una mano y un cuchillo en la otra. Los dos forasteros reconocieron a su hospedero. Arrojáronse sobre él y le arrebataron el arma. El Pitaval retrata a un Bradford trémulo y mudo, pretendiendo que sus ademanes traslucían culpabilidad. Tales precisiones pertenecen al fuero del compilador; distan de ser el testimonio directo de los presentes.
Bradford negó haber herido a Hayes. Su versión, tal como la transmite la obra, era sencilla: despertado sobresaltado por ruidos y lamentos, había empuñado un cuchillo para resguardarse y corrido hacia la estancia. Afirmaba haber franqueado el umbral casi a un tiempo que los dos viajeros. Según este descargo, ni el arma ni la sangre delataban una agresión criminal, sino un apresurado socorro ante un moribundo.
Empero, el cuchillo aparecía ensangrentado, y tintas en sangre se hallaban asimismo las manos de Bradford. Los testigos lo habían sorprendido al pie del lecho. Los indicios más adversos parecían confabularse contra él. La relación calla el nombre de los dos testigos, no reproduce el tenor íntegro de sus declaraciones ni establece con exactitud los lapsos que mediaron entre el alarido, su entrada y la llegada del mesonero. Lagunas de peso: la escena comparece articulada como un bloque compacto, previamente ordenado por quien lo relata.
La estancia convertida en prueba
Los dos hombres retuvieron a Bradford bajo custodia hasta el alba y convocaron a un juez de paz. Según la versión del Pitaval, el magistrado le habría espetado que por fuerza uno de los dos —o Bradford o él mismo— había de ser el asesino. Sentencia expeditiva que condensa la impresión fatal causada por las apariencias. No aclara, empero, cómo se descartó la presencia de los demás moradores de la posada ni si se indagaron otras pistas.
Hayes expiró antes de que llegara auxilio alguno, asevera la compilación. El texto no refiere dictamen facultativo, autopsia ni requisa minuciosa de la estancia. Apunta que el dinero del viajero se había desvanecido, interpretando de inmediato tal falta como señal irrefutable de expolio. A falta de autos judiciales o piezas de instrucción directas, semejantes extremos no pueden adjudicarse sino a la relación de 1871.
La causa compareció ante las assizes de Oxford. El Pitaval sintetiza los cargos a partir del testimonio de los dos viajeros: habían cenado con Hayes, dormido en la pieza colindante, escuchado sus estertores y sorprendido a Bradford sobre su cuerpo. El posadero sostenía un cuchillo sangriento y tenía las manos mancilladas. Según el compilador, la acusación se apoyaba asimismo en el dinero sustraído y en la turbación que atribuía al acusado.
Bradford reiteró ante el tribunal las alegaciones sostenidas la noche del crimen. Había oído ruidos, temido la intrusión de un malhechor y asido el primer cuchillo a su alcance. El espanto, argüía, justificaba su turbación. Tropezaba la defensa con un obstáculo insalvable: el Pitaval no cita a ningún testigo independiente que atestiguara el momento de su ingreso en la estancia. Este vacío acusa las limitaciones del relato retrospectivo, incapaz de suplir el sumario original. Menos aún podía invocar una coartada, hallándose en el recinto de su propia hospedería.
El cronista recalca el peso demoledor de los indicios y refiere que el jurado no necesitó retirarse a deliberar. Consigna el fallo condenatorio y asegura que Bradford fue ajusticiado poco después. En ausencia de las minutas judiciales o de la providencia de ejecución, nos limitamos a transmitir el desenlace según figura en dicha obra, sin conjeturar fechas exactas.
Asegura asimismo el libro que Bradford proclamó su inocencia al pie del cadalso. Tal afirmación no revoca la sentencia, mas abre paso a la segunda parte de la crónica: consumada la muerte, otra voz vendrá a contradecir a la primera. El testimonio del reo no basta para zanjar el dilema. Pudo ser sincero, premeditado o simplemente incontrastable para quienes ya no tienen acceso al pleito.
Una confesión tras la horca
Dieciocho meses después de la ejecución, un individuo que había servido a Hayes cayó enfermo y confesó en su lecho de muerte haber asesinado a su amo para despojarlo. El Pitaval omite su nombre. Consigna que el mozo se apoderó del dinero, de un reloj y de una tabaquera, retirándose luego a su cuarto. Según este testimonio tardío, había huido instantes antes de que Bradford entrara en la habitación.
Semejante revelación habría alterado de raíz el valor de los indicios: el hombre sorprendido junto a la cama no habría sido el matador, sino un desventurado posadero llegado a destiempo, cuchillo en mano. Mas el cronista no aporta fecha cierta, ni testigos de la confesión, ni documento alguno que la protocolice. Mal podemos erigir este episodio en prueba de descargo: constituye una segunda versión, trasmitida a distancia, cuya única escena confesional procede tan solo de plumas posteriores.
Aporta entonces el Pitaval un giro aún más intrincado. Bradford, afirma, habría confesado a un capellán haber acudido a la estancia con el designio resuelto de matar a Hayes y robarle. Al encontrar a la víctima ya agonizante, se habría acercado a comprobarlo, soltando el arma al oír irrumpir a los testigos. Remata el libro asegurando que Bradford distaba de ser inocente, aun cuando no hubiese asestado el golpe postrero.
Esta supuesta confidencia muda por entero los términos del problema. Pudo el posadero ser ajusticiado por un homicidio que materialmente no cometió, albergando no obstante un designio criminal; mas tal matiz depende por entero de una declaración que la compilación reproduce sin referencia documental alguna. Ignoramos si el capellán tomó nota por escrito, si hubo terceros presentes o si el lance fue intercalado para apuntalar una cómoda lección moral: que las apariencias condenan con justicia y que el ajusticiado merecía, al cabo, su destino.
El cotejo de las versiones descubre la trabazón que la crónica pretende armar. Los dos viajeros sorprenden a Bradford con el cuchillo; el criado moribundo lo exculparía del golpe mortal; el capellán habría recibido la confesión de una intención parricida. Cada revelación zanja una contradicción sólo para engendrar otra. La trama se sostiene sobre este encadenamiento de asertos imposibles de verificar, no sobre pruebas que nos sea dado escudriñar hoy en día.
Lo que subsiste del fallo
La única fuente histórica aquí empleada es la compilación del Pitaval aparecida en 1871. En ella confluyen tanto una condena como dos confesiones sobrevenidas, huérfana de las actas de las assizes o de los autos que sustentaron tales revelaciones. Procede deslindar, por ende, el fallo histórico recogido en la crónica de estos testimonios tardíos, inhábiles para elucidar retrospectivamente la efectiva culpabilidad de Bradford.
Tal prudencia no atenúa la crudeza de lo acaecido. Un hombre fue condenado tras ser sorprendido por dos huéspedes junto a un cliente moribundo, empuñando un arma manchada; y, según las fuentes retrospectivas, fue conducido al patíbulo. Tan elocuente proximidad permite comprender la celeridad del veredicto; no nos restituye, sin embargo, el contenido íntegro de las testificales, de los interrogatorios ni de las probanzas examinadas por el jurado.
Se impone discernir lo que cabe aseverar de los aditamentos de la leyenda. La memoria judicial preserva una condena y una ejecución acaecidas en 1736. Añade que un criado se inculpó andando el tiempo y que Bradford habría revelado un designio previo. Sin consulta de legajos coetáneos, no es dable certificar ni su inocencia en la ejecución material del crimen ni su culpabilidad por tentativa.
En el origen, Bradford comparece frente al lecho de Hayes con una linterna y un cuchillo. En el recuerdo de la causa, ese instante se erige en prueba inapelable, luego en presunto error judicial y finalmente en testimonio de una culpa de distinta índole. Lo que se echa en falta entre estas versiones no es un golpe de efecto final: son los autos auténticos que permitirían discernir qué tuvieron realmente los jueces y el jurado ante sus ojos.
