John Smith sostenía que solo pretendía amedrentar a Sarah Thompson, sin ánimo de matarla. La amenazaba con una pistola en un paraje cercano al Hermitage, hacia Wapping, cuando varios viandantes procuraron arrancarla de sus manos; el arma se disparó e hirió de muerte a Matthew Walden, quien figuraba entre los que acudieron a auxiliarla. La crónica de Newgate no describe un homicidio premeditado, sino a un hombre que empuñó un arma de fuego para doblegar una voluntad ajena y cuya violencia segó la vida de un tercero.
Smith era un antiguo soldado. El cronista ignora cuanto atañe a su linaje o a sus orígenes, mas lo presenta como un militar de buena reputación que sirvió en un regimiento de infantería durante las guerras de la reina Ana en Flandes. Su capitán lo apreciaba y compartía, según la semblanza, su inclinación por las empresas audaces. En el frente, la búsqueda de víveres solía provocar escaramuzas entre ambos ejércitos; fue en ese marco donde Smith ejecutó los actos que la crónica califica de «singulares hazañas».
Cierto día, el capitán regresó al campamento tras verse superado su destacamento por las tropas francesas; los soldados habían abandonado los cargamentos de forraje. Smith recibió la orden de llevar el caballo de su amo a pacer en el campo tendido entre ambos frentes. Pronto avistó a un muchacho que guiaba dos cabalgaduras cerca de las defensas francesas. Su librea amarilla y su pésimo valón bastarían, según calculó, para hacerlo pasar por francés. Ató el rocín del capitán y se aproximó a pie. El mozo lo tomó por uno de los suyos y contestó a sus preguntas sobre la hora y la identidad de su señor.
Smith aguardó a que los accidentes del terreno los ocultasen de nuevo de los soldados franceses. Abalanzándose sobre el muchacho, le encajó en la boca una mordaza que traía prevenida, le ató las manos a la espalda y huyó a lomos del mejor de los animales. Se dio la alarma y se abrieron fuegos en su dirección, pero logró reintegrarse a sus líneas. Este episodio, consistente en capturar a un niño y robar una montura, lo refiere la crónica como muestra palmaria de audacia; revela asimismo la propensión del narrador a embellecer con tintes pintorescos el arrojo de los criminales valerosos.
No siempre afrontaba Smith el peligro en solitario. En otra ocasión, hallándose de forrajeo con su capitán, un oficial de su partida, que portaba cien pistolas en oro, cayó muerto en una refriega. Caía la noche y ambos bandos aguardaban refuerzos; resultaba imposible recoger el cadáver sin exponerse a ser descubierto. Smith propuso arrastrarse hasta el dinero a condición de percibir la mitad. Su capitán aceptó. Smith avanzó a gatas doscientas yardas sobre el vientre, desvalijó los bolsillos del difunto y retornó sin suscitar sospechas ni ser visto.
Licenciada la tropa, Smith se hizo a la mar y sirvió a las órdenes del almirante Byng en la batalla de Mesina. La anotación agregada a la crónica rememora la expedición de Byng contra la armada española en 1718, mas omite la fecha exacta de su retiro del servicio de armas. Desembarcado a su regreso del Mediterráneo, recaló en Londres. Despilfarrado el dinero, recurrió a hurtos menores para allegar recursos. El cronista vincula este extravío a la compañía de un sujeto apellidado Woolford, que acabó ahorcado. Smith presenció su suplicio y pasó a convivir con su mujer.
El desenlace involucra a una antigua amante. Sarah Thompson había abandonado a Smith para marcharse con otro hombre. La crónica relata la ruptura enumerando los agravios que la mujer le habría infligido, sin conceder jamás la palabra a Sarah. Al cruzarse con ella cerca de Wapping, Smith, lejos de apartarse, le encañonó el pecho con una pistola y la colmó de improperios. Varios testigos se precipitaron para arrebatarla de su poder e impedir una desgracia.
En medio del forcejeo, Smith abrió fuego. Matthew Walden fue alcanzado y pereció en el acto. La multitud congregada se abalanzó sobre el agresor y logró reducirlo. Afirma el texto que el hecho quedó plenamente probado en juicio, prescindiendo del pormenor de las testificaciones y de los debates de la sala. Smith fue hallado culpable en las siguientes sesiones del Old Bailey. Pudiera Smith discutir su intención para con Sarah; nada borraba el cadáver que su arma había dejado tendido entre quienes acudieron en su socorro.
En prisión, Smith se mostró resuelto, asegurando deplorar sus vicios y la última acción que lo conducía al patíbulo. Aconsejaba a los visitantes precaverse de las «trampas» de las mujeres disolutas; tales expresiones, tributarias de la moralina de la fuente y de su propia declaración escrita, desplazaban la censura hacia el sexo femenino. No obstante, en la carta que entregó en el cadalso reconocía haber maltratado a su esposa legítima, admitiendo que era demasiado buena para él. Justificaba haberla desamparado en su día acuciado por las deudas y por su enrolamiento naval. De Sarah aseguraba no haber tenido intención homicida, aduciendo que templó su furia cuando el arma amartillada descansaba sobre su pecho; según su particular versión, se conformó con arrojarle un candelero, detalle que esgrimía como prueba de moderación en su descargo.
Smith reconoció asimismo hurtos cometidos a bordo de navíos, mas negó haber robado jamás en tierra. Esta negativa desmiente la crónica, que refiere los saqueos consumados tras su retorno a Londres; el documento preservado al pie de la horca dista de constituir, pues, una relación fidedigna de sus delitos. Rogaba finalmente que nadie reprochara su conducta a su esposa ni a sus vástagos, a quienes calificaba de inocentes. Esta inquietud tardía arroja luz sobre la familia que abandonó, sin atenuar la contradicción manifiesta entre sus disculpas y los actos imputados por el cronista.
John Smith fue ahorcado en Tyburn el 8 de febrero de 1722, rondando los cuarenta años. Una vida inaugurada bajo el uniforme militar, en los rigores de una contienda donde el arrojo merecía el elogio de los jefes, se extinguió en un altercado callejero donde un inocente murió por una disputa que le era enteramente ajena. La crónica insiste en las malas compañías y en las seducciones femeninas; la certidumbre primordial del caso es harto más sobria: Smith encañonó a Sarah Thompson, disparó al verse sujetado y Matthew Walden pagó con su vida.
