John Everett no se convirtió en salteador de caminos tras un solo traspié. Trabajó, sirvió en la guerra, vistió el uniforme de los Guardias de a Pie y obtuvo más tarde una plaza de carcelero en New Prison; cada retorno a la vida ordenada sucumbió ante un nuevo apuro de dinero, un arresto o una promesa olvidada. El último proceso, motivado por el asalto a la señora Manley, pondría término definitivo a semejante carrera.
Nacido en Hitchin, en el condado de Hertfordshire, de padres a quienes la fuente describe como personas honradas y respetadas, Everett fue educado para el comercio y colocado como aprendiz de mercader. Antes de concluir su aprendizaje, partió hacia Flandes y tomó parte en diversos asedios y batallas de la contienda recién librada. Ascendido a sargento en el regimiento de infantería del general Howe, regresó a Inglaterra tras firmarse la paz y, hallándose acuartelado en Worcester, compró su licencia militar.
En Londres se ganó el sustento durante unos siete años como alguacil en el tribunal de Whitechapel. Cuando las deudas amenazaron con llevarle a prisión, volvió a alistarse en los Guardias de a Pie, dentro de la compañía del conde de Albemarle. En casa de cierto señor C——th conoció a Richard Bird, quien, al advertir la penuria de ambos, le propuso buscar remedio en los caminos reales. Everett aceptó. Tras pertrecharse debidamente, comenzaron a cometer asaltos en los condados de Middlesex, Essex, Surrey y Kent.
Entre sus primeros golpes de consideración figuró el ataque a la diligencia de Dartford. Sustrajeron en ella un saco de viaje con joyas, dinero y mercancías de gran valor. Gastaban con tanta premura como robaban y, a pesar de multiplicar sus fechorías, jamás salían de la necesidad. En el coche de Woodford no hallaron más que a un pasajero cuyos bienes despertaron su interés: le despojaron de un reloj de oro y de su dinero. El caballero se lamentó amargamente de la pérdida del reloj, de suerte que los ladrones le ofrecieron devolvérselo si prometía entregar una suma estipulada en un lugar acordado. La fuente no precisa si dicho pacto llegó a cumplirse.
En el páramo de Hounslow asaltaron a dos oficiales del ejército, acompañados por criados provistos de trabucos. A pesar de la resistencia de los militares, les arrebataron sus relojes de oro y su dinero. En virtud de un trato concertado en el mismo paraje, los relojes fueron depositados en el café Young Man’s de Charing Cross; sus dueños los recuperaron a cambio de veinte guineas. La crónica presenta estas transacciones como pactos arrancados bajo amenaza; restituir un bien tras exigir un rescate no alteraba la naturaleza del robo.
El terrateniente Amlow, de Bream's Buildings, fue asaltado en el camino de Epsom mientras viajaba en una calesa descubierta. Desenvainó la espada e intentó acometer a los salteadores, quienes le quitaron dos guineas, un reloj de plata, una espada con guarnición de plata y documentos en pergamino. A ruegos suyos, le restituyeron las escrituras. El reloj, empeñado en casa del prestamista Corket, en Houndsditch, le fue igualmente devuelto. En otro encuentro despojaron a una anciana de un sombrero de copa alta que ella aseguraba haber heredado de su madre; al registrarlo, hallaron tres libras en el forro y le devolvieron la prenda. En el ejido de Acton detuvieron dos carruajes ocupados por caballeros y damas, de los que obtuvieron dinero, relojes y otros bienes valorados en cuarenta libras.
El propio Everett refirió varios asaltos en unas memorias donde la ironía transformaba la violencia en chanza. En Hounslow Heath describe un carruaje con dos cuáqueros que, según él, lo llamaron hijo de la violencia y saltaron a tierra para hacerle frente. Afirma haber quitado a los dos cuáqueros treinta o cuarenta chelines y sus relojes, y haberle arrancado el tupé a uno para encasquetarle una peluca vieja. Añade que Bird despojó al resto de los viajeros. El cronista reproduce este pasaje para ilustrar la ligereza con que Everett exponía sus delitos, advirtiendo de que suprime las blasfemias del original.
En sus memorias refiere también un robo en Millington Common, donde Bird y él detuvieron a dos jinetes y les quitaron unas pocas libras y los relojes. Cortaron las cinchas de las sillas y se llevaron las bridas para retrasar la persecución. Para escapar, cruzaron el Támesis en una barcaza; cuando los viajeros ya casi los alcanzaban, pagaron a los barqueros, los forzaron a arrojar los remos al agua, se lanzaron ellos mismos a la corriente y ganaron la orilla. Everett evoca esta fuga como un lance casi regocijado, sin detenerse en el pavor que semejante coacción infligió a los barqueros.
Fue arrestado finalmente por sospechas e ingresado en New Prison, donde permaneció tres años. Su conducta allí fue tan correcta que los magistrados le concedieron la libertad y lo nombraron carcelero del establecimiento. Para mejorar sus rentas arrendó el Red Lion, una taberna de Turnmill Street, y renunció luego a su cargo penitenciario cuando su sucesor, criado de la duquesa de Newcastle, se lo solicitó. No obstante, este último volvió a llamarlo al constatar que desconocía el oficio, y Everett aceptó regresar. Instruyó al nuevo custodio en el régimen de la prisión y en la atención a las necesidades de los reclusos, pero fue despedido tan pronto como su superior juzgó que ya no le era útil.
Everett tomó entonces otra taberna, cayó en deudas y fue encarcelado en Fleet. En ese penal administró sucesivamente varias dependencias, entre ellas la bodega o Fleet Cellar, antes de que la Cámara de los Comunes enviara a Newgate tanto al alcaide como a él mismo por su complicidad en ciertas maniobras de la administración de Fleet. Durante dicho cautiverio, un cervecero le embargó un cargamento de cerveza valorado en trescientas libras. Everett aseguró después que aquella pérdida lo había empujado de nuevo a los caminos. El cronista duda de que merezca crédito: Everett ya había salvado el cuello al delatar a Bird, quien fue ahorcado en Chelmsford, y había jurado con anterioridad renunciar a semejantes crímenes.
El primer golpe tras esta recaída tuvo por víctima a una dama que viajaba en carruaje con un niño de seis años. A petición de ella, Everett guardó la pistola para no espantar al menor y solo tomó una guinea y algo de plata suelta, dejando el reloj de oro y otros efectos de valor. El marido de la dama y otro jinete salieron en su persecución. Everett alcanzó a duras penas la taberna Globe de Hatton Garden, despachó su caballo a otro sitio y se ocultó en una modesta posada de Holborn; sus perseguidores pasaron por delante sin reconocerlo.
El último asalto se perpetró contra la señora Manley y otra dama, en un coche donde también viajaba el joven criado William Coffee. Everett burló en un primer momento a los perseguidores y regresó a la ciudad, pero sus vecinos sospecharon de él; detenido de inmediato, fue liberado poco después por falta de pruebas. Apresado de nuevo, compareció ante el tribunal de Old Bailey por este hecho. La señora Ellis testificó que era él quien había interceptado el carruaje, pues lo había visto seguirlo a la salida de la ciudad. La señora Manley lo identificó de idéntica manera. William Coffee, situado en la trasera del vehículo, aseveró reconocerlo sin vacilación. Varios hombres presentes en el arresto declararon que portaba una pistola, una daga, seis balas, pedernal y un cuerno de pólvora bajo una capa roja.
Su defensa pareció endeble al jurado, que lo declaró culpable tras una breve deliberación. Condenado a muerte, Everett abrigó al principio la esperanza de que las damas a quienes había asaltado intercedieran por su indulto. En una misiva les suplicaba perdón por el espanto provocado a los pasajeros y al niño, aduciendo que su único propósito era reunir cincuenta libras para establecerse como tabernero y vivir honestamente. Atribuía asimismo su miseria a los malos consejos de un amo a quien decía haber servido. La carta impetraba una petición al Recorder para que el rey conmutase la pena. La solicitud no obtuvo fruto alguno; la orden de ejecución llegó con presteza.
Los relatos de sus postreros días no concuerdan del todo. El cronista replica al capellán de Newgate, quien había trazado una semblanza enteramente desfavorable: juzga que Everett albergaba también cualidades estimables, entre ellas una benevolencia innata, y señala que asistía a la capilla con patente decoro. Otras tentativas para salvarle la vida le invitaron a revelar detalles sobre un asunto de importancia, mas resultaron infructuosas. Everett fue ejecutado el 20 de febrero de 1730, fecha registrada como 1729-30 en la fuente. Contaba unos cuarenta y cuatro años de edad. El relato añade que el verdugo se encaramó a sus hombros para abreviar su agonía y rompió la soga; Everett hubo de ser atado de nuevo y permaneció colgado hasta que los demás reos fueron descolgados.
