El cadáver de Étienne Merle fue hallado en una cañada el 16 de agosto de 1779, tres días después de la noche en que su esposa y su sirvienta, según la instrucción consignada por Champagnac, resolvieron acabar con su vida. La casa había quedado abierta; la sangre mancillaba la alcoba y el lecho. La viuda, el hijo de nueve años y la criada habían pasado la víspera en el lugar, tras lo cual la madre y el niño desaparecieron. Élisabeth Phélut se hallaba en casa de su padre. En el curso de unas pocas horas, una muerte propagada al inicio por el rumor devino en pesquisa judicial y, más tarde, en la crónica de un crimen doméstico donde la culpabilidad de los adultos y la coacción padecida por el menor jamás debieron confundirse.
El procurador fiscal de la bailía de Brassac tuvo noticia el 16 de agosto de que Étienne Merle, vidriero de oficio, había sido asesinado en su hogar, sin que su mujer, su hijo ni la criada hubiesen abandonado de inmediato el paraje. Ese mismo día se descubrió su cuerpo inerte en un vallejo de la jurisdicción. La justicia acudió en primer término a la vivienda; todas las puertas permanecían de par en par. Distintas manchas de sangre se advertían en el dormitorio conyugal, alrededor del lecho y sobre las propias ropas de la cama. Los convecinos declararon que la viuda y el muchacho se habían esfumado, en tanto que Phélut se encontraba con su padre; la sirvienta fue puesta bajo arresto de inmediato.
Dos cirujanos examinaron los despojos. Constataron diversas violencias corporales, entre ellas varias heridas de arma blanca y un traumatismo infligido con un instrumento contundente, concluyendo al término que Merle había perecido por estrangulamiento. Semejante dictamen fijaba la mecánica del fallecimiento según el sumario de instrucción, mas no designaba todavía a los ejecutores materiales. La causa fue remitida a la senescalía real de Riom; las deposiciones y las subsiguientes confesiones de Charlotte Plaix, viuda de Merle, no tardarían en orientar las sospechas hacia los sucesos acaecidos durante las semanas previas a la noche del 13 al 14 de agosto.
Plaix declaró que mantenía desde tiempo atrás trato carnal con un carretero de la comarca. Aseguró asimismo que su esposo la colmaba de malos tratos y que en reiteradas ocasiones la había amenazado de muerte a punta de cuchillo. Por las festividades de Pentecostés, refirió, él pareció determinado a ultimarle la vida, obligándola a rezar el acto de contrición. Añadió la acusada que su hijo, de apenas nueve años de edad, sobrevino en aquel preciso instante, y que ignoraba qué habría sido de ella sin la presencia del muchacho. Champagnac consigna tales pormenores como meras alegaciones de la rea; no conviene ignorar la distancia que media entre los malos tratos por ella invocados y las atrocidades en las que tomaría parte activa.
A decir del texto, Plaix confió sus criminales intenciones a Élisabeth Phélut, su criada y confidente amatoria, silenciando los supuestos ultrajes de los que decía ser víctima. El cronista imputa a la joven doncella la idea de solicitar los servicios de un sicario capaz de dar muerte a Merle. Ambas resolvieron ensayar primero la vía del veneno. El cardenillo, administrado en dos ocasiones mezclado en la sopa, provocó severos vómitos sin llegar a segar la vida del vidriero. Plaix entregó seguidamente tártaro emético a la sirvienta; Phélut no virtió la dosis íntegra, y la tentativa resultó igualmente vana.
Phélut marchó a Brioude a fin de proveerse de agua fuerte. Al parecer pensó recurrir al arsénico, mas ningún boticario consintió en expendérselo. De regreso al domicilio, mezcló la sustancia con agua templada; Plaix, advertida por la fetidez del brebaje, arrojó la pócima. Un segundo ensayo con menor graduación de ácido fue asimismo desestimado, pues ni el vino lograba disimular el hedor. La redoma quedó abandonada al alcance de Merle en la confianza de que la ingiriese de forma involuntaria; la crónica no constata que tal celada surtiera efecto. Estos preparativos no lograron el fin perseguido, mas atestiguan una tenaz determinación homicida a despecho del fracaso de las tentativas iniciales.
Quedaba en el hogar el hijo menor. El zagal oyó mentar el plan y suplicó con lágrimas a su madre que no quitase la vida a su progenitor. Intentó expulsar de la casa a Phélut, conminándola con prevenir a Merle si persistía en permanecer allí. La respuesta que Champagnac pone en labios de Plaix consistió en la amenaza del más absoluto abandono: le aseguró que se fugaría dejándolo solo a merced de su padre, quien en modo alguno velaría por su crianza. El muchacho, aterrorizado ante semejante perspectiva, depuso toda resistencia. Con nueve años no estaba en su mano huir ni oponerse a lo venidero; el relato lo sitúa aprisionado entre el mandato materno y el horror que infructuosamente intentó conjurar.
Durante la noche del 13 al 14 de agosto, ambas mujeres consumaron el designio. A tenor de los autos, habían perforado una abertura en el tabique entre la estancia superior y la planta baja, disponiendo un lazo corredizo con objeto de estrangular a Merle en el lecho. Plaix advertiría a su cómplice mediante un golpe de tos; correspondía a Phélut tirar del cabo desde la parte inferior. Merle despertó sobresaltado indagando qué le hacían. Su esposa vaciló en un principio dentro del aposento, tras haber mandado al niño a la planta baja. La crónica refiere que, vencida la duda, Plaix descendió a su vez y tomó parte material en el suplicio. El relato se atiene a dicha intervención, prescindiendo de los detalles de mayor crudeza.
Consumado el óbito, el cadáver yació varios días oculto en la vivienda. En la noche del 14 al 15 de agosto acudieron Benoît Virat y François Perrin, apodado «Saint-Just», para prestar auxilio en el transporte del fardo mortuorio. Refiere el texto que cargaron el cuerpo sin vida sobre una cabalgadura con el propósito de arrojarlo a la sima de una mina. El estrépito alborotó a los mastines de las granjas colindantes; la montura se desbocó al galope y el cuerpo cayó al suelo. El infante sujetaba la brida y se vio forzado a soltarla. Phélut huyó despavorida; Plaix y los dos secuaces trataron en vano de encaramar de nuevo el cadáver a lomos de la bestia antes de ganar los campos. Al amanecer, Merle fue hallado en el exacto punto de su caída. Virat y Perrin eludieron la acción de la justicia consignada en la crónica.
Los tribunales impusieron penas diversas a los culpables. El 1 de septiembre de 1781, la senescalía de Riom condenó a Charlotte Plaix y a Élisabeth Phélut a la abjuración solemne y a la pena de horca, previo sometimiento a la cuestión ordinaria y extraordinaria. Condenó asimismo a Jean-Baptiste Merle a reclusión perpetua en una casa de corrección. Los caudales de los tres encausados fueron declarados confiscados. El texto retrata de tal suerte, bajo el tipo de complicidad, a una criatura sometida a la coacción inexcusable de su progenitora; el auto no lo considera un testigo inocente, sino que le impone privación de libertad de por vida. Las sanciones de los adultos y la impuesta al niño distaron, no obstante, de ser idénticas.
El procurador general interpuso apelación *a minima*. El 29 de enero de 1782, el Parlamento dictó contra Plaix un castigo harto más riguroso: abjuración pública con cartelón de infamia, amputación de la mano derecha y muerte en la hoguera previa tortura en el tormento. Preciso es no confundir esta providencia, relativa a la viuda Merle, con el proceso incoado con posterioridad a Phélut. Ésta fue definitivamente juzgada el 20 de junio de 1782; resultó condenada a la humillación solemne, a la horca y a que sus restos fuesen arrojados al fuego. La crónica fija las penas sentenciadas, mas no ofrece constancia documental de su cumplimiento fáctico. Consigna, por el contrario, que Virat y Saint-Just lograron esquivar el rigor de los tribunales.
El vástago de la casa no sólo perdió a su padre en aquella jornada atroz: la relación judicial lo sitúa en el núcleo mismo de la tragedia, testigo forzoso de los preparativos y conminado bajo amenaza a obedecer a su madre y a Phélut. Conviene no considerarlo un ejecutor voluntario por el mero hecho de que un tribunal le impusiera condena penal. La sentencia de 1781 mandó su encierro perpetuo; nada aclaran los legajos sobre la efectividad material ni la duración real de dicho cautiverio. De igual modo, la suerte de los varones que acarrearon los despojos no admite parangón con la de las sentenciadas: fugados a tiempo, se hallaban libres de la vindicta pública cuando Champagnac dio estas líneas a la imprenta.
La causa penal, forjada íntegramente al amparo de un hogar donde la violencia se urdió y encubrió en silencio, no concluyó con un único pronunciamiento judicial. El fallo primigenio alcanzó a la madre, a la criada y al menor; el recurso parlamentario endureció el cadalso para Plaix, mientras que Phélut conoció su sentencia definitiva meses más tarde. El cronista condena con vehemencia el homicidio e increpa la infame cooperación impuesta al niño. Su pluma nos confronta, en fin, con una distinción cardinal que la cómoda etiqueta de «cómplices» amenazaría con borrar: quienes concertaron y perpetraron el crimen, el chicuelo que sostenía la brida y debió soltarla ante el espanto de la montura, y los cómplices huidos de la justicia jamás habrán de ocupar idéntico asiento en la memoria histórica.
