Hacia las siete de la mañana, la señora Lloyd acudió a casa de su prima, la señora Lowen. Ignoraba entonces que la jornada concluiría con la muerte de su esposo. Richard Lloyd llegó cerca de una hora más tarde, de camino a Acton por motivos de negocios. Roger Lowen lo acogió con cortesía y lo invitó a comer. Lloyd debía acudir primero a Acton, regresar a su morada para dejar el caballo y volver luego a pie. Mientras se ausentaba, Lowen manifestó una marcada inquietud ante la sospecha de que aquel no cumpliera su palabra. La señora Lloyd lo tranquilizó: salvo que mediara un fuerte aguacero, su marido regresaría.
Volvió poco después del mediodía. Lowen los recibió en el salón. Como el almuerzo no estaba dispuesto, propuso un paseo por el jardín para mostrarles sus plantas. Caminaron durante cerca de media hora. De vuelta a la casa, Lowen habló de la comida con su mujer y los tres regresaron al salón. Lloyd había dejado la espada y el bastón en un rincón. Lowen tomó la espada, la desenvainó ligeramente y elogió su temple; preguntó quién la había forjado. La señora Lloyd creyó que deseaba adquirir una semejante. Nada, según declaró, permitía presagiar una disputa. No tenía noticia de rencilla alguna entre ambos hombres.
Lloyd permanecía junto a la ventana, con las manos a la espalda, contemplando la calle. De pronto, Lowen desenvainó la espada por completo, dio una patada en el suelo y se la hundió en el pecho, cerca del seno derecho. La señora Lloyd gritó que lo estaban asesinando y aferró la hoja para retirarla. Lowen tiró de ella a través de sus manos, seccionándole un dedo hasta el hueso, y asestó a Lloyd una segunda estocada en el brazo. Herido, este alzó los ojos y se dirigió hacia la puerta para apoyarse en una barandilla. Su esposa lo siguió, suplicándole que le hablara. Él se limitó a alzar las manos. Con ayuda de terceros, logró introducirlo de nuevo en la estancia; tras dos gemidos, expiró.
El magistrado Hawlly acertó a pasar por allí. La señora Lloyd le informó de que un hombre acababa de matar a su marido. Se procedió a interrogar a Lowen. Confesó haberlo herido y manifestó que ya había tenido intención de hacerlo con anterioridad. Según dichos testigos, temía sobre todo no haber acabado con su vida. El acto no se presentaba, pues, como una reacción improvisada ante la escena del jardín o a raíz de un cruce de palabras: el acusado afirmaba haber concebido ya el designio.
Preguntado acerca de su móvil, adujo una excesiva familiaridad entre Lloyd y su mujer, así como burlas u ofensas reiteradas, en particular por haberle pisado Lloyd los callos. Durante el proceso, Lowen sostuvo que Lloyd lo había insultado, mas no pudo precisar qué improperios le había dirigido. Explicó asimismo que había abandonado Inglaterra unos nueve años antes, que había pedido a su esposa que partiese con él y que esta se había negado; aseguraba haber regresado para buscarla. La crónica no permite determinar la naturaleza exacta de sus relaciones durante aquella separación.
Lowen añadió haber oído que su mujer había vivido en la opulencia durante su ausencia, disponiendo de carruaje, tiro y criado. Varios testigos declararon que tales rumores eran falsos. El contraste reviste suma importancia: las sospechas que alimentaban sus celos no se vieron confirmadas por las pruebas aportadas en la vista. En el discurso que redactó antes de su ejecución, reconocería explícitamente haberse equivocado y declararía inocente a su esposa.
El acusado era un alemán de unos cuarenta años, natural de Hannover. A tenor de la crónica, había servido como caballerizo junto al duque de Celle, tras haber sido enviado a Francia para formarse en los ejercicios cortesanos a expensas del príncipe. Su padre servía al duque en calidad de montero. La semblanza lo describe como hombre de crianza y rango, circunstancia que tornaba el crimen aún más sobrecogedor para los testigos; con todo, no ofrece una biografía independiente que permita corroborar tales pormenores.
En el juicio, Lowen disfrutó de un jurado compuesto en parte por compatriotas suyos y de un intérprete, en atención a su condición de extranjero. Algunos testigos procuraron atenuar su responsabilidad aludiendo a antecedentes de desvarío mental en su familia y a su propio descontento. El jurado desestimó tales alegaciones y lo declaró culpable de homicidio voluntario premeditado.
Tras el fallo, Lowen se entregó a la religión, asistido por dos eclesiásticos. Al principio había parecido dudar de que Lloyd estuviese verdaderamente muerto. Incluso después de la vista oral, reiteraba su incredulidad ante el hecho de que las heridas hubiesen resultado mortales. Una vez convencido del deceso, consigna la crónica que manifestó un hondo pesar y admitió la gravedad del delito. No debe confundirse esta vacilación con una impugnación de los hechos: había reconocido ser el autor de las estocadas, mas le costaba aceptar que hubiesen acarreado la muerte.
En el patíbulo, Lowen entregó a un amigo un alegato en alemán, vertido al inglés en la crónica. En él reconocía haber derramado la sangre de un inocente y aceptaba el castigo. Justificaba sus celos por el rumor según el cual su mujer se habría desposado con Lloyd en su ausencia; achacaba dicha especie a un individuo mencionado en el texto con una grafía dudosa, «Mr. Crusras», cuya identidad no resulta posible esclarecer aquí. Afirmaba haberse dejado arrastrar por la pasión, la venganza y los celos, para luego impetrar el perdón de la reina, de la viuda y de su propia consorte. Había dejado para la señora Lloyd una misiva abierta en manos del señor Rup, pastor de la Savoy, a fin de que se la hiciera llegar. Su petición debía pasar, pues, por la mediación de un tercero antes de alcanzar a quien había sujetado la hoja con sus propias manos desnudas.
Declaraba, sobre todo, no tener a su mujer por culpable. Sostenía amarla, no haberse desposado jamás con otra y saber al fin que había estado celoso sin motivo alguno. Le deseaba ventura y prosperidad. Tras la redacción del escrito y antes del suplicio, la viuda le remitió una carta de perdón, rogando que Dios se apiadase asimismo de su alma. La crónica no refleja una reconciliación entre ambos hogares, pero deja entrever lo que la condena por sí sola no alcanzaba a expresar: tras haber segado la vida de su huésped y malherido a la mujer que intentaba salvarlo, Lowen reconoció la falsedad de las sospechas que él mismo había esgrimido a guisa de justificación.
