Se había cambiado de pantalón, pero conservaba la chaqueta. En la plaza de Nissan, Pierre Lamur se mezcló con los vecinos que comentaban el hallazgo de un cadáver. Nadie sabía aún a quién pertenecía aquel muerto cuyo rostro había sido golpeado con tanta saña. Circulaba ya una conjetura: acaso una riña entre operarios de gremios rivales. Lamur dio su parecer junto a los demás. Entonces alguien advirtió las manchas en su ropa. En medio de una conversación en la que cada cual buscaba al culpable lejos de sí, los ojos se volvieron hacia aquel que acababa de sumarse al corro.
La víctima era un comisionista de vinos llamado Pomié. Establecido en Nissan, en el departamento de Hérault, despachaba toneles con destino a Béziers. Semejante faena requería cargas, carretas y desplazamientos de cuyas rutinas los lugareños estaban bien al tanto. Lamur, a quien también apodaban Doumairon, había preguntado a un carretero por el vino enviado la víspera y por el que debía salir de inmediato. La crónica sitúa estas indagaciones al comienzo del proceso. Parecían simples averiguaciones mercantiles; la acusación acabaría leyéndolas como un acto preparatorio.
A tenor de la reconstrucción transmitida por la crónica, Lamur partió luego con su pertrecho de caza y aguardó apostado en una viña que orillaba el camino real. Los sarmientos le brindaban abrigo sin restarle visión del sendero. Hacia las dos de la tarde, apareció Pomié. El hombre emboscado bajó hacia la calzada y disparó. El comisionista se desplomó; fue rematado a golpes con la propia arma. La violencia ejercida sobre el rostro dificultaría cualquier reconocimiento. Arrebatada la bolsa de dinero que portaba la víctima, el agresor emprendió el regreso a Nissan.
El texto consigna esta escena como el crimen imputado a Lamur, quien lo negaría hasta el último instante. Lo decisivo, para comprender qué impulsó a las autoridades a encausarlo, estriba en su regreso a la aldea y en la ropa que vestía. Al llegar a su morada, habría ordenado a su esposa que lavase las manchas de su pantalón. Salió a la calle, sin embargo, con la misma chaqueta de terciopelo verde oliva. Quien tanto empeño había puesto en sanear una prenda dejaba la otra al descubierto. Aquel detalle ordinario, mucho más que su presencia en la plaza, terminaría por aislarlo entre los vecinos.
En torno al difunto, aún innominado, la primera fábula ya había cobrado forma. Las hermandades obreras, se decía, solían dirimir sus disputas con sangre; no faltaban enemistades gremiales capaces de explicar un homicidio. Aquella suposición asignaba al cadáver una categoría antes de restituirle su nombre. Lamur, al unirse al corrillo, participaba en esa pesquisa colectiva. Pero en cuanto su chaqueta llamó la atención, la distancia de la sospecha mudó de escala: ya no se trataba de hipotéticas reyertas entre forasteros, sino de un vecino presente, de sus pasos y de los rastros indelebles sobre su cuerpo.
Fue detenido y compareció ante el juez de instrucción con aquella misma prenda. La crónica alude a manchas de sangre, sin detallar peritaje científico alguno que permita rastrear el método empleado. Resume la tesis fiscal antes que reproducir los legajos de la causa. Con todo, la vestimenta se erige en el eje de la acusación: conservada sobre el cuerpo del sospechoso, a la vista de los vecinos y luego de los magistrados, tendía un puente directo entre la plaza de los rumores y el camino donde yació Pomié. Había dejado de ser una humilde prenda de diario; en adelante, constituía una evidencia que urgía explicar.
El 4 de agosto de 1828, la audiencia de lo criminal de Hérault condenó a Lamur a la pena capital. Al oír el fallo, exteriorizó una honda consternación. Interpuso recurso de casación, mas fue desestimado. La ejecución debía verificarse en Béziers, en la plaza mayor del mercado. La sentencia designaba así un recinto público, donde la población pudiera congregarse para presenciar el cumplimiento de la ley. El curso del expediente retornaba de este modo a la ciudad adonde el comisionista enviaba su vino, aunque por un derrotero muy distinto: el de un reo custodiado bajo escolta, no el de las carretas colmadas de mercancía. La crónica abandonaría en adelante la instrucción para centrarse casi por entero en sus postreros días.
El traslado se prolongó durante tres jornadas. Lamur viajaba en una carreta, cargado de cadenas, cercado por gendarmes y soldados. A su paso se apiñaban los curiosos. El cronista recalca su aparente jovialidad y los cigarros que fumaba de tanto en tanto; observaciones que no permiten desentrañar lo que en verdad sentía. Revelan, ante todo, el violento contraste que los testigos pretendían subrayar entre la gravedad del trayecto y los modales del reo. El hombre que había clamado contra su condena ya no exhibía ante ellos el menor abatimiento.
Llegó a Béziers el 15 de octubre. Se le recluyó en la capilla de la cárcel, donde se le había dispuesto un jergón de paja. Al divisar al gendarme que lo había prendido, lo increpó acusándolo de haber jurado en falso. Ante el carcelero reiteró sus quejas sobre falsos testimonios y aludió al alcalde, de quien aseguró que le guardaba rencor a causa de una copla. Tales reproches corresponden a los desahogos de un condenado; el relato no los valida. Resultan, no obstante, indispensables para calibrar su actitud: no se limitaba a impetrar clemencia, sino que combatía la verdad judicial que acababa de decretar su muerte.
Al dar la hora un reloj, preguntó a qué momento vendrían por él. El gendarme titubeó antes de responder. Lamur aseveró que conocía de sobra su suerte y que solo deseaba saber a qué atenerse. Poco después, el alguacil le leyó la sentencia y la liquidación de las costas procesales. A esa suma, el reo añadió de su propia cuenta una deuda que ya tenía contraída con la caja hipotecaria. Habló entonces de sus hijos, que no heredarían nada. Las cuentas introducían otra zozobra entre los muros de la capilla: tras su desaparición, las cargas pervivirían, y los suyos tendrían que subsistir despojados de cuanto poseían.
El sacerdote lo exhortó a confesar. Lamur persistió en proclamar su inocencia y reservó a Dios y a sí mismo el conocimiento de la verdad. El lector podría verse tentado de rastrear en semejante frase el indicio de un remordimiento velado o de una tenacidad fingida; no autoriza tal certeza. Existía un veredicto firme y el sentenciado continuaba impugnándolo. El cronista, persuadido de su culpa, interpretaba cada una de sus negativas a la luz de esa convicción. Entre la palabra del tribunal y la del prisionero, ningún acuerdo postrero vino a clausurar el pleito.
A las dos, fue entregado a los verdugos. Le retiraron los grilletes y dispusieron la marcha. Aún halló arrestos para bromear. Caminó hacia el cadalso flanqueado por el clérigo, al compás del tambor que redoblaba ante la tropa. Entre la multitud reconoció a varios vecinos de Nissan y los saludó. Quienes lo habían visto incorporarse al corro en la plaza de la aldea al comenzar las pesquisas presenciaban ahora su figura en una asamblea de muy distinta índole. Esta vez nadie inquiría el nombre del muerto ni el del sospechoso. Todo estaba ya dicho.
Lamur fue ejecutado en Béziers sin haber flaqueado en su negativa, según la crónica que ha llegado hasta nosotros. El relator hace de su aplomo una última lección moralizante; cabe también reparar en el desmesurado espacio concedido a este desenlace, frente a la extrema parquedad con que se consignaron los debates del juicio. Pomié, por su parte, se había desvanecido del relato en cuanto la bolsa de monedas abandonó su faltriquera. Resta la chaqueta oliva: interrumpió una hipótesis cómoda sobre facinerosos de paso y escoltó a Lamur ante el juez. Un hombre había acudido a departir con sus semejantes; sus ropas habían hablado antes que él.
