En junio o julio de 1692, en Fraserburgh, el estampido de los disparos de pistola acompaña una escena pública que Lord Fraser no necesitará relatar por sí mismo para que acabe persiguiéndolo. La cruz del mercado congrega las voces, los brindis y los ademanes. Un hombre lanza tres pregones ceremoniales y proclama a continuación al rey Jacobo y al príncipe de Gales. Lord Fraser permanece sobre el monumento junto a los demás. En el juicio, un testigo declarará que allí se encontraba; otro, que allí bebió. La cuestión decisiva resultará mucho más ceñida: ¿qué proclamó exactamente y qué escucharon en verdad los testigos?
La acusación sitúa la escena en el epicentro de un conflicto de soberanía. Jacobo II había perdido la corona; Guillermo y María reinaban ya sobre la nación. El pliego de cargos no reprocha únicamente a Fraser haber alzado su copa por un monarca depuesto: describe una ceremonia destinada, a ojos del fiscal, a despojar a Guillermo de su título, a reafirmar la legitimidad de Jacobo y de su hijo, y a incitar a la población a tomar las armas. La proclama se habría repetido tres veces consecutivas. Se habrían proferido insultos contra Guillermo, disparado armas de fuego desde la cruz y conminado por la fuerza a los vecinos a beber. La pena solicitada es la muerte y la confiscación de bienes.
Sin embargo, el sumario deslinda pronto el suceso presenciado de la interpretación que se le atribuye. Thomas Piper, tejedor, ve a Fraser salir de la casa del mercader de vinos John Hay y encaminarse hacia la cruz. Escucha a alguien gritar tres «Oyez» y proclamar seguidamente a Jacobo y al príncipe. No señala a Fraser como el hombre que pronuncia la fórmula: ve al noble sobre la cruz, junto al pregonero, y escucha luego a la concurrencia beber y el chasquido de las pistolas. Esta diferencia, minúscula en medio del tumulto, se erige en la frontera entre la presencia física y el delito imputado.
John Wood confirma varios extremos sin identificar tampoco la voz que habla. Ve a Fraser y a otros hombres subir a la cruz; un criado anuncia a Jacobo y al príncipe, tras lo cual resuenan dos detonaciones de pistola. Wood lleva vino al grupo. Su testimonio no describe una turba anónima: alguien debe sujetar los caballos mientras los gentilhombres ocupan el monumento, alguien más acerca las copas. La escenificación cuenta con sus testigos, sus auxiliares y su atrezo. Con todo, la crónica judicial no permite transformar cada uno de esos papeles en prueba concluyente de un complot de mayor escala.
Henry Finlayson aporta otro pormenor, harto más comprometedor para Fraser. Ve al noble y a sus acompañantes brindar por varias saludes; los sirvientes le aclaran que se trata de Jacobo y del príncipe de Gales. Fraser y otro caballero le colocan las espadas contra el pecho para obligarle a vaciar el vaso. El testigo no es un mero espectador: afirma haber sido objeto de coacción. John Hay, el comerciante de vinos, corrobora haber oído a Fraser beber a la salud de entrambos pretendientes y haber escuchado detonaciones. La presencia del noble y su adhesión al brindis descansan así en múltiples declaraciones, aun cuando las palabras precisas del pregón sigan siendo objeto de disputa.
Alexander Robertson abre la ventana al oír el alboroto. Distingue a un hombre vestido de rojo que convoca tres veces a la multitud y proclama a Jacobo rey legítimo. Fraser se halla sobre la cruz; las palabras que el testigo logra discernir a continuación son «Burgar», «La Haya» y «Orange». Tampoco aquí Robertson pretende haber oído la totalidad de la arenga inculpatoria. James Hardie, mozo al servicio de Hay, ve a un lacayo hacer las llamadas y dar inicio al brindis. Escucha amenazas contra quienes rehúsen beber, observa a Fraser tomar parte en la libación y percibe los disparos. James Scot, por su parte, atribuye a Fraser improperios y maldiciones contra todo aquel que rechazase la copa.
El proceso judicial se abre con una cuestión de forma jurídica. El tribunal estima que el acta de acusación posee pertinencia bastante para acarrear las penas que solicita. El procurador de la Corona protesta de antemano contra cualquier absolución que pudiera juzgar errónea; Fraser replica sosteniendo que semejante proceder constituye ya de por sí un agravio procesal. Pares del reino y hombres de linaje, llamados a formar el jurado, no comparecen a la cita: siete pares y ocho gentilhombres son condenados al pago de cien marcos de multa cada uno.
Lord Bargeny preside el jurado. Los miembros del tribunal del pueblo emiten sus conclusiones punto por punto. Por unanimidad, no dan por probado que el propio Fraser haya proclamado a Jacobo y al príncipe, ni que hubiera ordenado formular dicha proclama. Reconocen, no obstante, que se hallaba presente en el lugar. Por mayoría, admiten que una proclama tuvo en efecto lugar en Fraserburgh, mas no en los términos estrictos que figuran en el pliego acusatorio: no se acredita que declarase a los dos pretendientes soberano legítimo y sucesor legal del reino.
El veredicto no desmiente la escena acontecida; acota su alcance. Los jurados determinan probado que Fraser bebió a la salud de Jacobo y del príncipe de Gales. Desestiman, en cambio, los cargos relativos a que hubiese maldecido a Guillermo, brindado por su ruina, pronunciado los ultrajes consignados en el sumario o forzado a los vecinos a secundar el brindis. Hacen constar que se dispararon pistolas, mas sin demostrar que Fraser diera orden de abrir fuego. Varios hechos ruidosos permanecen, pues, en torno a su persona, pero el tribunal se niega a engarzarlos en una única intención criminal.
Cuatro de los jurados exigen que conste en acta su voto discrepante: consideran la proclama plenamente probada en los mismos términos que sostiene la acusación. Su reserva queda consignada al margen del veredicto mayoritario.
El 16 de mayo de 1693, el tribunal condena a Lord Fraser a una multa de doscientas libras esterlinas. La Corona había reclamado su vida y sus posesiones; la sentencia dictada se resuelve en una sanción pecuniaria, después de que el jurado desechara varios elementos capitales de la tesis de traición. La resolución deja fijada una estampa precisa: al pie de la cruz, un sirviente proclama, las copas circulan y las armas detonan. Fraser es declarado culpable de presencia y participación en el brindis, mas sin que puedan atribuírsele ni la proclama ni la orden de disparar.
Una apostilla genealógica de Borrow precisa finalmente que la dignidad nobiliaria de Fraser, concedida bajo el reinado de Carlos I, se extinguiría para siempre con el procesado, quien murió sin dejar heredero.
