A las nueve de la noche del 3 de marzo de 1848, la princesa Luisa Sulkowski se hallaba en su aposento junto a su doncella de cámara, Rosalie Reindel, y su hija adoptiva, Julie Welzig. Los postigos permanecían aún abiertos. La princesa, aquejada de agudos dolores reumáticos, deseaba retirarse al lecho antes de lo acostumbrado. Rosalie acababa de quitarle la mantilla para guardarla en un armario; Julie había salido de la habitación en busca de algún objeto. Luisa ordenó entonces que se clausurasen los postigos y la puerta de la pieza contigua. La sirvienta obedeció. Apenas se volvía hacia la ventana cuando un relámpago cruzó la estancia. Sonó un estampido venido del exterior.
«Me han herido», habría gritado la princesa. Rosalie acudió presurosa a sostenerla y la condujo hacia la cama, creyendo en un primer instante que la señora sólo estaba sobrecogida por el pavor. Mas la sangre no tardó en brotar a través de sus vestiduras. Los clamores de auxilio atrajeron al secretario Gerstenberg y al mercader Polizer, quien acababa de abandonar la mansión tras saldar sus cuentas con la princesa. La hallaron agonizante. Según el relato del Pitaval, Luisa señaló a su hijo Maximiliano: «¡Ha sido mi hijo Max quien me ha hecho esto!». Al recordársele que el príncipe no se hallaba allí, ella habría replicado que la había amenazado.
Menos de una hora después del disparo, la princesa expiraba. Esta escena y aquellas palabras nos han sido transmitidas por una compilación impresa once años más tarde, y no por un acta judicial hallada directamente aquí. Su fuerza dramática no las transmuta en una prueba independiente sobre la complicidad del hijo. Maximiliano se encontraba por entonces en Viena, adonde había viajado a finales de febrero; es precisamente semejante ausencia la que obliga a separar la acusación proferida en la agonía del aposento de la cuestión judicial, harto más tardía y compleja, de averiguar quién empuñó el arma.
El examen del cadáver, tal como lo consigna el cronista, constató una muerte violenta. Dos balas habían penetrado por el omóplato derecho, atravesando el pecho de abajo hacia arriba antes de lacerar los pulmones. Fueron halladas cerca de la estufa, a cierta distancia la una de la otra. El proyectil había traspasado el cristal. El tirador, razona la crónica, difícilmente pudo apuntar desde el suelo: la ventana quedaba a excesiva altura. Pudo haber colocado una banqueta arrimada al muro. Sin embargo, el texto señala esta hipótesis como una mera conjetura; nadie vio al ejecutor ni se halló, en medio de la zozobra nocturna, arma alguna ni mueble volcado que permitiese delatarlo.
El temor a una agresión de mayor envergadura prevaleció en un principio sobre la persecución del homicida. Europa entera se estremecía bajo las sacudidas revolucionarias de 1848; el Pitaval evoca la zozobra ante un posible motín o saqueo en torno al castillo. Con todo, las pesquisas policiales se decretaron sin dilación. La crónica pone de relieve el contraste entre la violencia doméstica del crimen y el tumulto político que lo rodeaba. Dibuja asimismo el caso a la manera de una tragedia familiar trazada de antemano: la víctima acababa de señalar a su hijo, mientras que las sospechas no tardaron en extenderse a una amante, un intendente, un capataz y un jornalero. Dicha arquitectura pertenece al relato retrospectivo; no constituye por sí sola la demostración fehaciente de una conjura.
El entorno familiar brindaba ya móviles plausibles, mas de ningún modo una certeza concluyente. El príncipe Maximiliano estaba abrumado de deudas y tropezaba, según la crónica, con una madre cuya presencia limitaba sus disposiciones pecuniarias. Flora Tschaskalik, hermana de la esposa del capataz Joseph Franke y amante del príncipe, habría manifestado en cierta ocasión que hallaría a alguien dispuesto a «quitar de en medio a la vieja». El maestresala Michael Paffy afirmó haber oído semejante frase antes de referirla a los pesquisidores, para luego negar todo recuerdo de ella ante el tribunal de jurados. El compilador presenta tales palabras como el instante germinal de la maquinación. Procede mantener la reserva del condicional: leemos la relación de un testimonio mudable, transmitido por un autor que a su vez interpreta los autos.
La crónica hace mención de otro suceso inquietante, acaecido presumiblemente hacia finales de febrero. Dos desconocidos habrían asaltado a la princesa en un corredor; ella logró zafarse y ganar su estancia. Se habló entonces de un puñal vislumbrado en el forcejeo, si bien el texto advierte que no parece haberse incoado ninguna investigación formal en aquel momento. Semejante precedente confirió un sentido póstumo a las siluetas entrevistan de noche en el patio y a las idas y venidas atribuidas a Franke. No autoriza, en cambio, a vincular con rigor aquella agresión con el crimen del 3 de marzo.
El nombre de Karl Obst, antiguo talabartero trocado en jornalero, acabó ocupando el primer plano. Había frecuentado a Franke y al séquito del príncipe. Según una versión de sus dichos recogida en la fuente, Obst se habría vanagloriado en una taberna de haber dado muerte a la princesa. El Pitaval aventura diversas interpretaciones de tal manifestación: jactancia de un hombre ya comprometido, bravata para impresionar a una mujer o confesión genuina. Obst fue finalmente juzgado en calidad de ejecutor material y condenado. No obstante, en su lecho de muerte habría ofrecido un testimonio bien distinto: aseveró que Franke le había ofrecido caudales y ascensos a cambio del asesinato, que él los había rehusado y que tan sólo vio a Franke manipular o disponer el arma. Ambas versiones son irreconciliables. El compilador se inclina por esta última, reputándola psicológicamente más convincente; tal preferencia no pasa de ser el juicio subjetivo del cronista.
El primer juicio no sentó en el banquillo a todos los sospechosos que señalaba la narración. Obst fue hallado culpable. La esposa del obrero y Paffy resultaron absueltos en aquella primera vista. Paffy había imputado en un principio a Franke la promesa de matar a la princesa, para desdecirse poco después. No cabía, por ende, tenerlo por testigo fidedigno. La ausencia de Franke enmarañaba aún más el sumario: tras el crimen, había desaparecido de la comarca. La fuente documenta una fuga a través de múltiples países y bajo nombres supuestos, desde Austria hasta Turquía, para seguir por Inglaterra y Heligoland. La crónica confiesa ignorar cómo quebrantó la prisión de Ofen y quién facilitó su evasión.
Franke reapareció en Hamburgo, donde la policía lo apresó tras años de infatigable persecución. Conducido de vuelta a Silesia, compareció ante el tribunal de jurados de Gleiwitz los días 28 y 29 de octubre de 1856. El ministerio fiscal sostenía que había encomendado el crimen a Obst, instigándolo mediante dádivas y facilitándole las armas a sabiendas de su destino criminal. Esta tesis encallaba en el dilema suscitado por las dos declaraciones de Obst: de darse crédito a la confesión inicial que lo incriminaba como autor material, no era lícito esgrimir sin más su retractación postrera como prueba de cargo contra Franke. Los autos no apuntaban en una sola dirección.
En aquella vista, Paffy retiró nuevamente las imputaciones que abrumaban a Franke, alegando no recordar ya las palabras que antaño consignara. Se examinaron otros indicios: visitas de Franke a la residencia del príncipe, frases atribuidas a Flora, armas, sumas de dinero y los recuerdos encontrados de diversos testigos. La defensa impugnó la credibilidad de tales testimonios y el sesgo impreso a cada encuentro. El Pitaval procura tejer una trama inteligible entre tan dispersos retazos, pero deja al descubierto sus costuras: lo que se había aseverado en el sumario inicial no siempre se ratificaba bajo juramento; lo que parecía abrumador contra un reo perdía su fuerza probatoria en cuanto se prefería un relato divergente.
La sesión de octubre de 1856 no zanjó el litigio: el tribunal suspendió las actuaciones tras afirmar un testigo que el hermano mayor de Maximiliano, el duque Ludwig, a la sazón en América, tenía conocimiento del homicidio. Refiere el Pitaval que los magistrados procuraron recabar su deposición allende los mares. El proceso se reanudó ante el jurado de Gleiwitz los días 17 y 18 de junio de 1857. El reconocimiento óptico del extracto arroja un guarismo erróneo en este punto, mas la página impresa consultada consigna fielmente 1857. En esta nueva vista volvieron a cotejarse la presencia de Franke en la comarca antes y después del crimen, las armas, sus tratos con Obst y las veleidades testificales de Paffy. Un declarante recién llegado de América mencionó a un desconocido avistado en las inmediaciones de la casa; una misiva atribuida a un polaco apellidado Kośchielski insinuaba una suplantación de identidad, pero la acusación tachó la carta de apócrifa o incoherente. Nada de ello equivalía a una observación presencial del disparo fatal.
Al reanudarse la causa, el jurado declaró culpable a Franke. El tribunal pronunció la sentencia de muerte. Con todo, el Pitaval no da cuenta de ejecución alguna. A mediados de 1858, al momento en que el cronista concluye su pluma, Franke aún sobrevive entre rejas: el monarca no ha estampado su firma al pie del fallo. La crónica recoge conjeturas que circulaban por la región —los quebrantos de salud del soberano o la esperanza de nuevas revelaciones— sin poder acreditarlas fehacientemente. Menciona asimismo el rumor de que Flora habría escrito desde Londres anunciando su pronto retorno a Silesia. Una vez más, el texto confunde en ocasiones los debates de la audiencia, las noticias oficiosas y la pura conjetura, distinciones que el lector perspicaz no debe perder de vista.
El proceso deparó, pues, una condena contra Franke, mas no una verdad enteramente desvelada. El asesinato aparece fechado por el Pitaval el 3 de marzo de 1848; una reseña biográfica posterior señala el 3 de marzo de 1849, discrepancia cronológica que las fuentes aquí reunidas no permiten dirimir. La madre sucumbió a un proyectil disparado desde el exterior, el hijo residía en Viena, Obst fue condenado como ejecutor para dejar luego una confesión contradictoria, y Franke resultó sentenciado como inductor, sin que conste jamás que subiera al patíbulo. El compilador mismo da por inconclusa la causa. Su último folio no se abre a un desenlace irrefutable ni a una inocencia demostrada: permanece sellado sobre los indicios que el tribunal estimó bastantes y sobre aquellos otros que la crónica no acertó a hacer hablar.
