En la noche del 23 al 24 de junio de 1751, un lienzo de pared de adobe cedió tras la tienda de Schüller, comerciante de Blankenheim, en el Eifel. Al clarear el día, los anaqueles altos estaban desiertos: habían volado piezas de damasco, tafetán y cotón, tasadas en trescientos táleros. Los paños de menor precio permanecieron intactos. En el interior, la puerta que mediaba entre el almacén y las piezas de habitación había quedado trabada con una liga. Fuera, al pie de la brecha, yacían la reja de un arado y una escala de mano. Aquellos despojos habrían de orientar las pesquisas, si bien uno de ellos devendría en la prueba más palmaria de la causa.
El tribunal se constituyó en el lugar de los hechos, dio fe de la fractura y ordenó batir setos y malezas circundantes. La relación de 1889 puntualiza que ningún indicio fundado justificaba la sospecha que de inmediato recayó sobre los hebreos que residían en la comarca al amparo de cartas de salvaguardia singulares. Se ordenó la busca de Joseph, vecino de la aldea cercana de Engelgau; su cónyuge fue puesta bajo custodia por hallarse en el condado sin salvoconducto. En un principio declaró que su marido había pernoctado en el hogar la noche del suceso. Poco después mudó el dicho, recordando que partía a menudo por varios días sin enterarla de su destino. El arresto obedeció tanto a su condición estamental como a las exigencias de la sumaria.
Otra pista condujo a Bergheim. El mozo del tratante Moser había consignado en Kuchenheim una cofia de noche recién hecha y un corte de paño, declarando que dos forasteros se los habían entregado antes de enderezar camino hacia Bonn. Schüller reconoció parte de sus géneros en casa de Moser. Este recordó que Joseph de Engelgau se había presentado la mañana del 24 de junio en compañía de dos desconocidos y bien provisto de fardos. Tomándolos por mercancías de lícito comercio, le adquirió una partida. El mozo porteó luego un fardo por el camino de Bonn, hasta que los caminantes dieron con otro esportillero.
La justicia despachó a las villas comarcanas las señas de los encartados. En Bonn se supo que los viandantes se habían albergado en la judería; Schüller siguió el rastro hasta Siegburg. Allí fueron aprehendidos Nathan Levish y Joseph Salomon con el grueso de las piezas sustraídas. Al procederse al registro de Salomon, el pesquisidor extrajo de su faltriquera un pedazo de liga. Coincidía de plano con el cabo que había servido para atar la cancela de la tienda. El memorial refiere el clamor del Schultheiß de Siegburg: «La liga te ha perdido». El objeto parecía trabar la escena del robo a uno de los presos; mas aún callaba qué parte cupo a cada cual en la fechoría.
Dos versiones del camino
Durante la cuerda de presos hacia Blankenheim, Levish admitió su culpa. Adujo, empero, que sólo había servido de esportillero forzado por Joseph de Engelgau y por Salomon. Su relato arrancaba en los Países Bajos, tocaba Neuwied y remontaba la orilla del Rin hasta Bonn y Engelgau. Al avecinarse a Blankenheim, según sus palabras, sus cofrades le mandaron descalzarse; Salomon llegó a conminarle al advertir su resistencia. Dijo haber quedado de posta mientras los otros dos sacaban los fardos, antes de emprender juntos la marcha hacia Siegburg. Su deposición participaba tanto de la confesión llana como de un calculado designio de descargar su responsabilidad.
Salomon, por el contrario, lo negó todo de plano. Sostuvo haber comprado las piezas a un mercader de Neumagen por veinticinco pistolas. Cuando le pusieron por delante el jirón de liga hallado en su ropa, acusó al corchete de habérselo deslizado de maña. Incurrió luego en notorias contradicciones al justificar una guía de aduanas hallada en su cartera de mano, la cual pugnaba con el derrotero mercantil que pretendía haber seguido. Los testigos juraron haberle visto con las telas; Schüller las reconoció merced a las muestras que había cortado antes de la expoliación. Moser y su sirviente corroboraron su paso por Bergheim. Una inspección ocular sobre el terreno acreditó que el apostadero donde Levish dijo haber hecho la guardia dominaba en efecto la calle mayor.
Aquélla instrucción, que tan fundada parecía en punto a géneros y andanzas, distaba de colmar el proceso. Los careos e interrogatorios se sucedieron en Blankenheim hasta el 15 de julio, fecha en que los autos pasaron a la corte superior del Oberhof de Coblenza. El consejero ponente evacuó un dictamen de ciento dieciocho folios. Juzgaba acreditado que a ambos reos se les había seguido el rastro al pie de las mercancías y que su culpabilidad apenas consentía duda. Sin embargo, el rito procesal exigía más que una convicción moral vehemente. Salomon perseveraba en su negativa. El derecho punitivo de aquel siglo no reputaba la mera acumulación de indicios como equivalente a la propia confesión de parte.
La confesión no basta
La sala mandó practicar nuevas diligencias a fin de tasar los tejidos y precisar las circunstancias de la fractura. Schüller estimó las pérdidas en cincuenta y tres táleros por las piezas que pudo pormenorizar, y en otros veinte por las que no acertó a deslindar. Su mujer y un cerrajero atestiguaron la presencia de la reja de arado y de la escala al pie de la pared maestra. El 15 de noviembre, el tribunal dictó un primer auto: Levish, que había reconocido el latrocinio, debía ser examinado de nuevo para que delatara a sus cómplices. Su propia confesión hacía fe contra él, pero no bastaba con arreglo a derecho para dictar sentencia contra terceros.
El Oberhof adjuntó al auto las oportunas instrucciones para aplicar el tormento judicial, medio convalidado entonces por la ley para arrancar o contrastar la verdad. El protocolo atestigua que Levish ratificó su dicho; tras apretársele brevemente los tornillos de pulgar para que sintiese el rigor del dolor, nombró a Joseph de Engelgau como el sujeto que había acarreado la escala. La crónica describe a renglón seguido el tormento padecido por Salomon, quien no cedió en su empeño. Hace constar el acta que cayó en un extraño letargo, quedando insensible a los requerimientos del juez. Estos pormenores procesales se han conservado en la fuente como piezas de autos; no por ello el silencio de Salomon resulta menos equívoco, ni los testimonios de Levish cobran mayor viso de espontaneidad.
Para Levish, el curso de la justicia criminal quedó sellado. Había confesado, y la confesión se erigía entonces en «reina de las pruebas». El conde soberano, no obstante, quiso entreverar la fe con el castigo. Levish demandó ser instruido en la religión católica, acudiendo a su celda dos clérigos del seminario. En enero de 1752, el señor dispuso que la pena capital se ejecutase por degüello a espada y no en la horca, previo bautismo del condenado. La cancillería sentó en autos que recibió el sacramento y fue ajusticiado el 20 de enero. El autor decimonónico recalca la paradoja entre aquella conversión postrera y la dureza del suplicio; mas la fuente calla qué mercedes temporales o espirituales abrigaba el reo al abrazar la fe ajena.
Salomon superó interrogatorios y suplicios sin aflojar la lengua. Conforme a las reglas de la Carolina, el código criminal de la época, el encausado que soportase la cuestión de tormento sin confesar debía ser absuelto de la instancia, por más indicios graves que militasen en su contra. La consulta de Coblenza admitía que el rigor legal forzaba a decretar su soltura, pero propuso al conde una vía supletoria: retenerlo en prisión perpetua en calidad de vagabundo de mala estofa, invocando la razón de Estado y la quietud pública. El conde aprobó la reclusión perpetua. La cancillería de Colonia afeó la manifiesta irregularidad de tal resolución y se negó a darle acogida en su correccional de trabajos forzados, aduciendo que no cabía imponer una pena que la ley no tenía tipificada.
La cancela que no abre
Las representaciones y consultas entre Blankenheim, Coblenza y Colonia se dilataron en el tiempo. La justicia condal resolvió finalmente no remitir los autos íntegros a los oidores coloneses. Alegaba el conde que el fallo ya era firme y no procedía mudarlo a peor; su letrado asesor, Uphoff, le replicó que a un reo purgado por la tortura no se le podía encerrar en el «Stockhaus» sin título legítimo. Ideó entonces una cláusula que facultaba al soberano para señalar por sí mismo el término del castigo. El debate ya no versaba sobre los cortes de damasco, sino sobre los confines del poder soberano de un diminuto feudo frente a sus propios tribunales y al derecho común que decía sustentar.
A falta de presidio propio, Salomon peregrinó por varios castillos y mazmorras. El cronista señala que fue conducido a Gerolstein y más tarde a la fortaleza de Dettingen. Un postrer asiento del libro de registro, datado en marzo de 1755, corta allí el rastro de su cautiverio. La arcaica dicción del legajo no permite colegir con certeza cómo sobrevino su fin. Semejante penumbra contrasta vivamente con la prolijidad del sumario: horas, asientos de alcabalas, varas de paño, carruajes, costas procesales y honorarios quedaron escrupulosamente asentados. El fragmento de una liga había bastado para trabar una faltriquera a una puerta violentada. No alcanzó, sin embargo, a infundir coherencia a la ley, ni a descorrer para siempre los cerrojos de aquel presidio.
