A las once y cuarto, una serie de gritos rasgó el quinto piso de una casa de la calle Croix-des-Petits-Champs. Se oyó clamar: «¡Socorro! ¡Al asesino!». Thuilard corrió hacia la puerta de Mariette Villain; estaba cerrada por dentro. La forzó. Tras el batiente yacía un hombre que, al incorporarse, fue sujetado de inmediato por Thuilard. En el otro extremo de la estancia, dos mujeres, con los cabellos deshechos y cubiertas de sangre, ya no podían defenderse. Geneviève Lougueux yacía muerta; Mariette aún respiraba. El agresor era Philippe-François Debacker, el hombre cuyo hogar había abandonado Mariette apenas unas semanas antes.
Antes de ocupar aquella habitación, Mariette había sido dependienta en el comercio de Debacker en Nantes. Este, natural de Malinas, había servido en la artillería de marina antes de afincarse en Brest. Había contraído matrimonio en 1806 y engendrado doce hijos, todos vivos al ocurrir los hechos. En 1814 trasladó a su familia a Nantes y abrió una sastrería que pronto prosperó. Tiempo después, Mariette, que apenas contaba dieciséis años, entró a trabajar en su establecimiento. Champagnac refiere que Debacker se prendó de ella y que, transcurridos menos de tres años, abandonó a su esposa y a sus hijos para seguirla.
La pareja se instaló en París. Mariette pasaba por ser la legítima esposa de Debacker, mientras la verdadera consorte quedaba sumida en el desamparo con los hijos, careciendo incluso de lo más indispensable, según el cronista. Champagnac refiere que, arrastrada por la desesperación, la desdichada acabó arrojándose a un pozo. Los doce hijos seguían con vida en el momento del crimen. Champagnac recuerda que el negocio nantés auguraba un porvenir dichoso; en cambio, la madre padeció con ellos la mayor penuria mientras Debacker vivía en París con Mariette.
Tras la muerte de la esposa, Mariette instó a Debacker a cumplir la promesa de matrimonio que le había hecho. Él no ofrecía sino dilaciones. El 2 de enero de 1829, la joven le anunció su ruptura definitiva y abandonó el domicilio común. Alquiló una pequeña alcoba en el quinto piso del número 21 de la calle Croix-des-Petits-Champs, que compartió con su amiga Geneviève Lougueux, apodada Maria. Debacker quedó, a decir de Champagnac, profundamente afectado por la separación. Pronto supo que Mariette frecuentaba a Mocloury, un sastre; las sospechas no tardaron en transformarse en celos. En la misma casa, en aquel idéntico descansillo, aún le resultaba posible averiguar su paradero. La marcha de la mujer había quebrado la vida marital, pero no la cercanía de las puertas y de las estancias donde se cruzaban los inquilinos.
En el pasaje Véro-Dodat, Debacker coincidió con Mariette y Mocloury. Tras un cruce de palabras, golpeó a Mariette en el rostro con tal violencia que la dejó ensangrentada. Aquella agresión constituyó un antecedente inmediato que varios testigos pudieron vincular con el hombre que más tarde se presentó en el inmueble de la calle Croix-des-Petits-Champs.
El 26 de febrero, hacia las seis de la mañana, Debacker llamó a la puerta de la muchacha Durand, que residía en el mismo piso que Mariette. No inquirió al principio por su antigua amante, sino por el aposento de Geneviève Lougueux. La joven, que conocía el rencor que Debacker guardaba a Mariette, le aseguró que su amiga se hallaba en el campo. Debacker no se conformó con tal respuesta. Bajó a interrogar al portero y lo acribilló a preguntas. Este le reveló que Mariette se había mudado de alcoba y ocupaba ahora el número 17. Debacker volvió a subir; a partir de ese instante, el portero no volvió a verlo. Transcurrieron cerca de cinco horas antes de que los clamores de las once y cuarto resonaran en el quinto piso.
Hacia las once y cuarto, los alaridos congregaron a los vecinos en el descansillo. Thuilard los escuchó, corrió hacia la puerta atrancada y no vaciló: la derribó. El hombre que se alzaba tras el batiente acababa de herir a las dos mujeres. Thuilard lo redujo. Otras personas acudieron a su vez. Hallaron a Mariette tendida en el suelo y a Geneviève sentada, desplomada sobre una silla, ambas empapadas en sangre.
Se prodigaron los más solícitos auxilios a las dos víctimas, pero Geneviève había recibido varias heridas mortales y ya había exhalado el último suspiro. Mariette aún respiraba. Debacker, en pie, clavaba los ojos en aquella de quien decía haber querido vengarse. Champagnac le atribuye estas palabras: aún no se daba por satisfecho, puesto que Mariette seguía con vida. La joven expiró poco después. En ese instante, Debacker extrajo del bolsillo el cuchillo empleado contra ambas mujeres y se asestó varias puñaladas en el pecho.
Al personarse el comisario de policía y el juez de instrucción, dispusieron que se curara a Debacker antes de examinar los cadáveres. La autopsia se practicó ante su vista. Geneviève presentaba cuatro heridas: en la parte superior del pecho izquierdo, en dos puntos del cuello y en la región lumbar; las hojas habían alcanzado el pulmón y la médula espinal. Mariette Villain había recibido seis puñaladas en los brazos, el rostro y el seno izquierdo. Las lesiones de Debacker revestían gravedad, pero no eran mortales. En cuanto estuvo en condiciones de responder al interrogatorio, reconoció haber perpetrado el doble homicidio. Declaró que la desesperación y los celos lo habían armado contra Mariette, y que Geneviève, al intentar proteger a su amiga, había sido alcanzada a su vez. Según su testimonio, había herido a Geneviève sin saber lo que hacía. Al mostrate el arma ensangrentada, reconoció que le pertenecía y explicó que la había mandado afilar por ambos filos porque estaba resuelto a acabar de una vez.
El 6 de junio de 1829, Debacker compareció ante el tribunal de lo criminal del Sena. Durante la lectura del acta de acusación, el cronista lo retrata ora abatido, ora entre lágrimas, sumido luego en el mutismo y con la mirada extraviada. Consigna que tenía la frente bañada en sudor, que el semblante le mudaba de color y que por momentos se hundía la cabeza entre las manos. En otros instantes, parecía ajeno a la tragedia que se ventilaba, de tan imperturbables como permanecían sus facciones. Al ser interrogado, Debacker admitió la autoría material, pero rechazó la premeditación. Relató que, al entrar en la alcoba de Mariette, la había encontrado cosiendo; ella le habría replicado, entre risas, que aquella labor provenía de Mocloury. Según su versión, semejante respuesta lo enfureció hasta hacerle perder el juicio. Negó ciertas expresiones atribuidas por los testigos, en particular el pesar de no haber dado muerte a Mariette mucho antes. Así, la confesión del acto no zanjaba la cuestión capital que el jurado debía dilucidar: si el asesinato de Mariette había sido premeditado.
Cuando Mocloury fue introducido en la sala, el semblante de Debacker se descompuso. Lo increpó, lo acusó de ser el causante de todo y exclamó: «¡Monstruo! ¡Tú lo has hecho todo! ¡Tú eres quien me ha perdido!». Luego dejó caer las manos sobre las rodillas y las lágrimas asomaron a sus ojos. Los celos, esgrimidos por Debacker para justificar su arrebato, resurgían ante el jurado encarnados en el rival a quien imputaba su propia perdición.
Tras dos horas de deliberación, los jurados respondieron afirmativamente respecto a la muerte de Mariette y a la concurrencia de premeditación. En cuanto a Geneviève, contestaron igualmente que sí a la cuestión del homicidio, pero declararon que Debacker había obrado sin voluntad criminal. La distinción entre ambas víctimas quedó así estampada en su veredicto, en tanto que el acusado era condenado a la pena capital. Escuchó la sentencia sin dar muestras de turbación, según la crónica.
El cuchillo de doble filo, reconocido por Debacker ante el comisario, permanecía indisolublemente unido a su confesión. La sentencia se pronunció el 6 de junio de 1829; Champagnac no consigna si llegó a subir al cadalso.
