Nueve relojes de plata y uno de oro fueron sustraídos en la morada de Andrew Moran. Por este robo, Richard Nichols, barbero y peluquero de cuarenta años de edad, resultó condenado fundándose principalmente en el testimonio de Thomas Neeves. La crónica lo describe como un hombre de conducta hasta entonces civil y respetable; Nichols negó tener conocimiento alguno del delito. Más tarde, al ser conducido a Tyburn, Neeves reconoció no haber visto jamás a Nichols antes de su arresto y suplicó perdón por el perjurio que había llevado a la muerte a un inocente, según rezan los términos recogidos. Los diez hombres referidos en la crónica perecieron en el cadalso el mismo día, si bien pertenecían a cuadrillas distintas y respondían por infracciones diversas.
El 28 de febrero de 1728, Christopher, alias Thomas Rawlins, Isaac Ashley, alias Alseby, y John Rouden, alias Hulks, fueron acusados de asaltar a Francis Williams mientras viajaba en carruaje, despojándole de un reloj de plata, dos guineas y un moidor. Williams declaró haber oído cómo ordenaban detenerse al cochero. Acto seguido, un individuo se aproximó al coche empuñando una pistola, al tiempo que otros cuatro asomaban por las ventanillas, apremiándolo a entregar los caudales. Uno de ellos le registró el bolsillo y se apoderó del reloj. Dalton, uno de los partícipes convertido en testigo de la Corona, aseguró haberse adueñado del dinero mientras Rouden tomaba el reloj; añadió asimismo que, en connivencia con Rawlins, ocultó una guinea a sus cómplices y empeñó el reloj a cambio de dos guineas adicionales.
Otro testigo, Jones, presentó la pieza ante el tribunal afirmando haberla recibido de Dalton. Este último identificó a los tres encausados y a un cuarto hombre que aún no había sido aprehendido, pormenorizando la intervención de cada cual. Los reos lo negaron todo, aduciendo no conocer a Dalton. Wyatt, quien les había dado posada, desbarató tal desmentido: los trataba con íntima familiaridad y aseveró que todos se alojaban bajo su techo. En el momento del prendimiento, los agentes hallaron asimismo armas de fuego y blancas; según las declaraciones, Rawlins y Rouden opusieron resistencia espada en mano, mientras Ashley buscaba refugio bajo un lecho.
La crónica no hace depender a estos tres reos del testimonio de Neeves: el proceso de Williams se sustentaba en otros deponentes y en el reloj exhibido en la sala. La relación pasa luego a ocuparse de imputaciones distintas. Edward Benson, a quien el texto nombra también como Brown y Boyston, fue vinculado a George Gale, apodado Kiddy George, y a Thomas Crowder en el robo perpetrado contra James Colver, a quien habrían arrebatado un reloj y cinco chelines. Neeves, que había compartido correrías con ellos, aportó delaciones en su contra. Los tres resultaron condenados, sin que el texto pruebe que su suerte dependiera exclusivamente de su testimonio.
Gale, mozo de unos diecisiete años, clamó ser víctima de Neeves, quien bien sabía que el muchacho carecía de valedores o influencias para probar su inocencia. Benson corroboró en parte este extremo, manifestando haber consumado en solitario el despojo por el que se le sentenciaba. Hasta el postrer instante, Gale persistió en negar su concurso en dichos asaltos, si bien admitió haber ejercido el oficio de ladrón. El cronista consigna estas palabras sin disponer de averiguaciones ulteriores que permitan dirimir la verdad entre unos y otros.
Thomas Crowder había servido como aprendiz de ebanista antes de echarse a la mar. De regreso de una travesía trabó relación con Neeves, quien le expuso ciertos tratos de comercio con Holanda. El texto asevera que Crowder pasó varios días en su compañía —en particular cuando Neeves contrajo matrimonio—, tras lo cual fue prendido y acusado de haber asaltado a James Colver en unión de Benson y Gale. Crowder rechazó cualquier vínculo con el hecho y sostuvo haber sido embaucado con la promesa de aquel negocio mercantil. El capellán de Newgate, con todo, decía albergar motivos para juzgarlo culpable, pues un caballero le habría confiado una confesión de Crowder pronunciada en la capilla el día de su suplicio. Esta versión discordante procede, no obstante, de un testimonio indirecto, ajeno a la acusación formal de Neeves.
James Toon fue otro de los condenados en virtud de la declaración de Neeves. El auto que le concernía versaba sobre la agresión a James Flemming el 3 de abril, junto a Gale y Benson, y el despojo de un reloj de plata y dos guineas. Toon se había ganado el sustento como marinero y luego como barquero; negó haber tomado parte en dicho latrocinio, si bien reconoció haber llevado una conducta desordenada. El año exacto del 3 de abril no consta en la relación. En su postrera manifestación, Toon sostuvo su negativa y afirmó hallar en el tiempo transcurrido bajo sentencia un espacio para la expiación interior. La crónica lo describe resignado a los designios de la Providencia.
La causa de John Hornby atañía a Edward Ellis, desvalijado en el camino real de un reloj de plata y dos guineas. La fuente retrata a Hornby como un joven carpintero arrastrado al carterismo antes de verse envuelto en asaltos de mayor violencia. Admitió haberse entregado a actividades delictivas, mas no reconoció el hecho concreto por el que debía perder la vida. Refiere la crónica que se había desposado a edad muy temprana, antes de hallarse en condiciones de sostener a su consorte, y que lloraba amargamente por las desventuras infligidas a los suyos. En cuanto a William Sefton, el cargo se fundaba en el asalto a Henry Bunn y el robo de un reloj de plata, dos monedas de oro extranjeras y dos libras con once chelines. Sefton confesó la fechoría, aduciendo haber obrado bajo el influjo de otro individuo cuyo nombre no recoge la fuente.
A continuación, el documento detalla el temple de los ajusticiados sin atribuirles una misma actitud ante el cadalso. Rawlins admitió los crímenes que pesaban sobre su conciencia; Rouden acató la justicia de su castigo. El cronista describe al primero como un hombre que conservaba su antiguo natural bullicioso: alternaba propósitos de enmienda con imprecaciones blasfemas. Al recibirse la orden fatal de ejecución, pareció sosegarse y mostrarse más propenso al rezo. Pocos días antes de morir en la horca, cortó las borlas del cojín del púlpito de la capilla. Ashley confesó numerosos despojos, pero negó haber concurrido al asalto que motivó su condena; el propio Rawlins y Benson lo respaldaron en este punto. El domingo previo a la ejecución, Ashley hurtó todavía varios pañuelos en el recinto sagrado de la prisión. Interrogado por el capellán en el patíbulo, reconoció la falta disculpándose en su necesidad de subsistencia.
Benson, por su parte, reconoció su culpa y exteriorizó hondo pesar por su conducta privada. Confesó haber vivido en adulterio con dos mujeres que se proclamaban, ambas, sus legítimas esposas. Gale negó los asaltos de caminos mientras admitía otros hurtos menores. Crowder mantuvo hasta el final su alegato sobre el proyecto comercial; Toon y Hornby rechazaron los cargos precisos que los condenaban, aun reconociendo sus prácticas ilícitas. Sefton admitió el robo a Bunn. Estas declaraciones contradictorias no revocaron las sentencias dictadas, pero impiden considerar a estos diez reos como una gavilla homogénea, un proceso único o una cuadrilla de culpables con idéntica responsabilidad criminal.
Los diez reos fueron ejecutados el 20 de mayo de 1728. Sus edades oscilaban entre los diecisiete años de Gale y los cuarenta de Nichols. Algunos confesaron los delitos que los conducían a la muerte; otros negaron su concurso, y el testimonio posterior de Neeves arrojó sobre una de las sentencias una confesión demoledora para el propio delator. El destino de este grupo no puede reducirse, por tanto, a un fallo judicial uniforme: preserva la huella de despojos diversos, de pruebas de valor desigual y de unas palabras postreras que ya no alcanzaron a salvar a quien pretendían exculpar.
