La carta estaba dirigida al señor Battine, oficial de aduanas de Chichester. Cuando William Galley la extrajo de su bolsillo en una posada de Leigh, un grupo de contrabandistas reparó en el nombre. Daniel Chater viajaba a su lado; ambos hombres habían abandonado la costa con el cometido de identificar a un individuo bajo custodia tras el asalto a la aduana de Poole. Los desconocidos les aseguraron que se habían extraviado de ruta y se ofrecieron a guiarlos. Acababan de comprender que aquellos viajeros estaban en condiciones de atestiguar contra uno de los suyos.
Desde el saqueo de la oficina de Poole, acaecido en 1747, el resguardo aduanero andaba tras la pista de quienes habían sustraído las mercancías. Un hombre a quien la crónica llama Dimar, arrestado y recluido en Chichester, acababa de ser señalado como posible sospechoso. Chater lo conocía y tenía noticia del robo. Las autoridades le requirieron que acompañase a Galley, oficial del fisco, a fin de identificar a Dimar ante los magistrados instructores. Su trayecto hacia Chichester debía constituir una mera comparecencia testifical; se trocó, en cambio, en la marcha que los entregó a merced de la partida.
Tras aceptar la escolta brindada en Leigh, los viajeros hicieron alto en la casa de una viuda apellidada Payne. Sus vástagos frecuentaban el trato de los contrabandistas. La señora Payne receló de que aquellos dos forasteros fuesen agentes de aduanas; sus hijos salieron de inmediato en busca de correligionarios. Entretanto, Chater y Galley bebieron con exceso. Consigna la crónica que se deslenguaron sobre su encargo y sus valedores. Al ser despertados al caer la tarde, los contrabandistas ya estaban al corriente del motivo de su presencia.
Al disponerse la marcha, William Jackson les conminó a levantarse y abandonar la estancia. La comitiva partió a caballo. Algunos deliberaron sobre la conveniencia de mantener a ambos cautivos y trasladarlos a Francia; otros se opusieron a tal designio. Pronto la banda arremetió contra los viajeros a latigazos. Los tormentos se prolongaron a lo largo de varios tramos del camino, hasta que las víctimas no pudieron sostenerse sobre las monturas. Les ataron las piernas bajo el vientre de las cabalgaduras para impedir que se desplomasen; con todo, sus cuerpos acabaron cediendo y sus cabezas se arrastraron contra el suelo.
Al alcanzar Lady Holt Park, los contrabandistas desataron a Galley. A tenor del testimonio recogido por Borrow, sopesaron arrojarlo a un pozo. Algunos manifestaron reparos y lo acomodaron de nuevo sobre una cabalgadura. Incapaz ya de mantenerse erguido, lo tendieron atravesado sobre el arzón, sujetándole luego las piernas en torno al borrén, con el torso suspendido sobre la cerviz del animal. Rogó que le diesen muerte de un golpe certero antes que prolongar su agonía. Nadie accedió a su súplica. Mientras un contrabandista cabalgaba a su grupa para sostenerlo, Galley cayó en una pendiente y expiró en el acto, según refiere el sumario.
Los hombres trasladaron el cadáver a la vivienda de un cómplice e inquirieron el modo de deshacerse de él. Otro contrabandista les aconsejó cavar en un paraje apartado. Sepultaron a Galley en una fosa. Siete meses más tarde, un cazador dio con la sepultura. En uno de los bolsillos se hallaron la capa, las botas y el nombramiento oficial de Galley. Aquellos efectos devolvieron a la luz lo que se había pretendido borrar: el hombre era, a todas luces, un oficial de aduanas enviado a pesquisar el asalto de Poole.
Chater no había perecido con él. La partida lo condujo a la morada del viejo Mills, un cómplice, y lo encadenó a un poste en un cobertizo destinado al almacenaje de turba. Allí permaneció tres días. Benjamin Tapner desenvainó un cuchillo y le sajó la frente y la parte superior de ambos ojos. Le conminó a rezar, advirtiéndole que los hombres congregados para quitarle la vida no partirían sin consumar el acto. Ninguno intercedió por él.
A continuación, llevaron a Chater a caballo hacia el pozo de Lady Holt. Tapner le echó una soga al cuello. Al divisar una brecha en la cerca, el cautivo intentó escabullirse; Tapner le forzó a cruzar la empalizada. Los hombres lo suspendieron sobre el brocal del pozo y lo mantuvieron así un cuarto de hora. Uno de ellos le trabó las piernas; Tapner aflojó la maroma y el cuerpo se precipitó al fondo. Al manifestar uno de los contrabandistas que creía haberlo oído respirar, arrojaron postes de cercado al interior del pozo antes de alejarse del lugar.
De regreso, los hombres se detuvieron a beber en casa de un allegado. Borrow relata que hicieron mención del crimen cual si fuese una hazaña. Mas la desaparición de los dos viajeros desencadenó unas pesquisas prolongadas y arduas. Varios integrantes de la cuadrilla fueron reducidos a prisión, tras lo cual algunos consintieron en declarar contra sus pares. La instrucción no descansó, pues, únicamente en el hallazgo del cadáver de Galley: articuló los testimonios de cuantos habían tomado parte en los traslados y en las violencias.
Una comisión judicial extraordinaria se constituyó en Chichester el 16 de enero de 1749. Benjamin Tapner, John Cobby y John Hammond fueron procesados como autores materiales de la muerte de Chater; William Carter, los dos Richard Mills y William Jackson fueron imputados como cómplices con anterioridad al hecho. Jackson y Carter fueron encausados, asimismo, por la muerte de Galley. Los cargos diferenciaban de este modo ambos óbitos y la participación atribuida a cada individuo en su preparación. El proceso se sustanció ante unos jurados que oyeron el relato de los tormentos, la relación de los parajes donde se retuvo a las víctimas y las deposiciones de antiguos miembros de la banda. El jurado se retiró cerca de un cuarto de hora antes de declarar convictos a todos los encausados, según los anales del juicio.
El magistrado dispuso su ejecución para el día siguiente. Borrow fija el 18 de enero de 1749 para el ahorcamiento de seis de los condenados; Jackson, por su parte, había expirado en prisión la misma noche de su sentencia. Los restos de Carter, Tapner, Cobby y Hammond fueron expuestos con cadenas: Carter cerca de Rake, Tapner en Rooks Hill, y los dos restantes en el litoral, en las inmediaciones de Selsey Bill. En la costa, las horcas debían divisarse desde la lejanía, tanto a levante como a poniente.
En la faltriquera de Jackson se halló una pequeña cédula piadosa. Invocaba a los Tres Reyes Magos y solicitaba su intercesión en la hora suprema. Una inscripción en lengua francesa aseveraba que aquellos impresos habían tocado sus reliquias en Colonia y preservaban a los viandantes de los percances del camino, las fiebres y la muerte repentina. Borrow se sirve de ello para discurrir sobre la religión del reo; tal documento nada demuestra en cuanto a su intervención en los crímenes. Permanece, no obstante, entre los vestigios conservados de aquella ruta: la carta que delató el cometido de Galley, su credencial exhumada de la tierra y, por último, ese papel que prometía amparo a un hombre condenado por participar en las atrocidades de la banda.
