El primer relato del drama acusa a tres hombres de haber asesinado a un refugiado francés. El relato opuesto acusa a los hermanos de la víctima de haber atacado a los oficiales y dado muerte a su propio hermano. En la posada de Leith, la noche solo deja una certeza: Elias Poiret ha muerto. El 18 de agosto de 1691, corresponde al jurado dirimir entre dos historias que se cruzan bajo el mismo techo.
Los acusados son John, Master of Tarbett, el alférez Andrew Mowat y James Sinclair. Los querellantes, George e Isaac Poiret, son refugiados protestantes franceses que sirven en la guardia del rey. Su hermano Elias es la víctima. El acta de acusación sitúa los hechos en la casa de John Brown, posadero de Leith, durante la noche del 8 de marzo. Los Poiret se alojaban allí. Según la acusación, los tres hombres entraron en la habitación de George, lo hirieron, salieron y luego regresaron. Los dos hermanos, despertados a deshora y apenas vestidos, acudieron desarmados. Los agresores los acometieron; Elias recibió una estocada en el cuerpo y expiró en el acto.
Los tres hombres dan un vuelco a la acusación. Afirman haber buscado refugio en la posada de Brown a causa de un violento temporal. Bebían con sosiego en la sala cuando irrumpieron los Poiret y otro francés, pertrechados con pistolas y espadas. Se habrían efectuado dos disparos contra Tarbett; a continuación, los hermanos habrían acometido a los escoceses. En esta versión, uno de ellos hiere mortalmente a Elias en mitad de la refriega, sin reconocer a su hermano en la penumbra. Dos bandos, dos lenguas y un cadáver: cada facción señala a la otra como la agresora.
El tribunal toma declaración en primer lugar a Christian Erskine, antigua criada de Brown. No presenció la estocada fatal. Su testimonio comienza antes, en el aposento de George Poiret. Pasada la medianoche, Tarbett entra en él. George se encuentra sentado en el lecho, destapado, con un leve rastro de sangre en la mejilla. Ambos conversan en francés y parecen disputar. Erskine llama a Mowat, quien acude acompañado de otro individuo. George ha desenvainado su espada, y los tres hombres se la arrebatan. La criada no advierte violencia física. Mowat hace salir a Tarbett y al otro hombre, y ruega a la sirvienta que mantenga la puerta atrancada.
Erskine sospecha que Tarbett regresa poco después y golpea la puerta, manifestando su deseo de entrar. George se ha levantado y golpea el techo con unas tenacillas para alertar a sus hermanos. Estos descienden tras haberse puesto algunas prendas. Hablan con George y cruzan la sala común. Isaac lleva la espada desenvainada. Erskine no ve a los prisioneros portar armas ni acometer a los franceses. Sale presurosa a dar la voz de alarma a la guardia. Al bajar, oye una detonación. Cuando regresa, Elias yace sin vida e Isaac muestra la mano ensangrentada, con un dedo prácticamente seccionado. Erskine ignora quién ha disparado y no vio a nadie propinar el golpe letal.
Jean Thomson, otra antigua sirvienta, añade un posible detonante a la primera escena, sin arrojar luz sobre la segunda. Tarbett la había importunado para que se sentara junto a él. Ella se había retirado a una estancia cerrando la puerta tras de sí. Al oír el alboroto, ve cómo Mowat saca a rastras a Tarbett y a otro hombre del aposento de George. Tarbett asegura que regresará a pedir disculpas. Más tarde, los franceses descienden armados; Isaac empuña la espada desnuda. Thomson sale a llamar a la guardia y escucha un disparo en el trayecto. Tampoco ella presencia el homicidio.
La casa comienza a poblarse entonces de indicios materiales. John Brown, el posadero, descubre el cadáver al entrar en la sala. Tras reclamar a la guardia, halla junto al cuerpo una pistola aún cargada cuyo mecanismo ha sido accionado y una espada dentro de su vaina. Participa luego en la búsqueda de Mowat, a quien descubren oculto bajo la escalera, tras un tabique de madera. Un testigo sostiene que el prófugo alega estar desarmado; otros aseguran que bajo su capa se encuentra una espada desenvainada, doblada y cubierta de sangre. Él mismo presenta una herida en la mano.
El cirujano Robert Brown coteja la hoja con el orificio en el sayo de Elias y con la herida del cuerpo. El rasgón del ropaje se corresponde con el arma. En cuanto a la lesión carnal, el cirujano no puede ser tan concluyente: transcurridas diez o doce horas, explica, la forma y las dimensiones de una herida se alteran. La vista judicial, por consiguiente, no resuelve de modo incontrovertible la relación entre esa espada y la estocada mortal. La sangre en el acero era real, según los testigos; su procedencia, sin embargo, no queda demostrada en el informe pericial.
Para dar con Mowat, Brown se sirvió de una vela y un farol. Un vecino le había señalado el hueco de la escalera; tras la tabla, el hombre no respondió al principio a las intimaciones. Los guardias encañonaron sus mosquetes y lo obligaron a salir. En este pasaje del proceso, Brown precisa un límite revelador: rodeado de una multitud, no vio con sus propios ojos cómo desarmaban al prisionero, por más que luego le entregaran la espada. El arma estaba desnuda, sumamente torcida y manchada de sangre tanto en la hoja como en la empuñadura. El objeto parecía acusar; el testigo, no obstante, rehúsa atribuirse un hecho que no presenció directamente.
La acusación pone a prueba asimismo los testimonios vertidos contra los tres procesados. James de la Massie, testigo potencial, es recusado tras demostrarse que abrigaba sentimientos de malevolencia y encono. Sus palabras no podrán respaldar ninguna de las dos versiones. Mowat y Tarbett permanecen vinculados a la escena, pero su proceder antes y después de la estocada difiere con claridad: Sinclair, según las criadas, dormía desde hacía largo rato en otra estancia; Tarbett se hallaba en la alcoba y luego se marchó; Mowat es hallado escondido, herido y en posesión de una espada ensangrentada.
Para los hermanos Poiret, Elias pereció a consecuencia de la irrupción violenta de los tres hombres en su aposento. Para los acusados, la muerte sobrevino tras una embestida encabezada por los propios franceses. Entre ambas versiones solo media la criada que corrió en busca de socorro, el estampido del arma de fuego durante su ausencia y su regreso ante un muerto y un hermano cuya mano no cesa de sangrar. Ningún testigo presenció de principio a fin los sucesos acaecidos en la sala.
El jurado dicta su fallo: «ninguno de los crímenes ha sido probado». George e Isaac no obtienen la condena que reclamaban por la muerte de su deudo. La fórmula judicial no los convierte en los asesinos de Elias; deja, sencillamente, la autoría de la estocada sin determinación jurídica. La crónica concluye aquí: tres hombres absueltos y una familia que llora la pérdida de un hermano.
