Napoleón había muerto. Un oficial recién llegado a Dover lo pregonaba a los cuatro vientos: los cosacos habían dado muerte al emperador, Luis XVIII era reconocido y los ejércitos aliados se disponían a entrar en París. La noticia poseía todo lo necesario para ser creída, hasta el uniforme de quien la portaba. Tan solo adolecía de un defecto: era falsa. Mas, antes de que semejante tacha saliera a la luz, los títulos habían cambiado de manos y las fortunas de bolsillo.
El 21 de febrero de 1814, la guerra señoreaba aún los ánimos, los ministerios y los mercados. En la crónica de Arthur Griffiths, un hombre venido de Dover se hace pasar por edecán de lord Cathcart, comisionado con despachos extraordinarios. No se limita a propalarlo en la posada. Remite la nueva a la autoridad naval de Deal para que sea transmitida al gobierno mediante el telégrafo de semáforo. La impostura busca así cobijarse bajo los cauces de la autoridad. Un rumor de caminante se trueca, o aparenta trocarse, en parte militar.
Las cotizaciones suben como la espuma. Griffiths refiere un alza del diez por ciento y los pingües beneficios de cuantos vendieron en aquel instante. Describe, sobre todo, una mecánica elemental: pregonar la paz antes de que acontezca, dejar que la esperanza infle los precios y retirarse de la plaza antes del desmentido. La nueva no precisa sostenerse una semana; unas pocas horas bastan a quienes saben que no tardará en desmoronarse.
El hombre de uniforme gana Londres en silla de posta. Alcanzada la capital, muda de carruaje y se hace conducir a la mansión de lord Cochrane. Semejante elección otorgará al lance una trascendencia que el viajero acaso no había previsto. Cochrane es un oficial de marina célebre por sus hechos de armas, ocupado por entonces en aprestar el Tonnant para zarpar escoltando un convoy. Su honor, sus preeminencias y sus valedores no lo ponen, sin embargo, al abrigo de la sospecha; tan solo hacen que su caída sea más estrepitosa.
Aquella mañana, Cochrane no se halla en su morada. A tenor de la declaración que prestará en su descargo, supervisa en la City la manufactura de unas lámparas según un modelo ideado por él mismo para los navíos de la flota. Un criado le hace entrega de un billete dejado por un militar. La firma apenas resulta inteligible. Cochrane aguarda noticias de un hermano gravemente herido en la península ibérica; manda responder que regresará tan pronto como le sea posible.
A su vuelta se topa con un hombre a quien apenas conoce: de Berenger. La relación que este visitante le expone nada tiene ya que ver con la muerte de Napoleón. Declara hallarse preso por deudas, sujeto al régimen del King's Bench, e implora a Cochrane que lo lleve a bordo rumbo a América. El oficial rehúsa: el servicio de la armada no consiente disponer a capricho de una plaza de mar. De Berenger muda entonces de ruego: regresar de uniforme concitaría la atención; ¿podría acaso prestarle ropas civiles?
Cochrane sostendrá haberle cedido un sombrero y una casaca tomados de los enseres previstos para su embarque. Una condescendencia de escasos minutos, según su relato; el auxilio prestado a un cómplice para alterar su fisonomía, a ojos de la acusación que lo abruma. Es aquí donde la menudencia doméstica se confunde con la vasta maquinación bursátil. La prenda prestada emparenta materialmente la morada del oficial con el emisario que sembró la falaz patraña.
La visita no constituye el único indicio esgrimido en su contra. Sus agentes de cambio se desprendieron de títulos el mismo día del fraude. Para el ministerio público, ambas circunstancias se conciertan con excesiva precisión: el heraldo de la mentira acude a mudarse de ropa al hogar de un hombre que se lucra con la escalada de precios. Cochrane opone otra explicación. Poseía ya tales valores, aguardaba desde hacía tiempo un desenlace favorable de la contienda y había cursado con antelación una orden de venta supeditada a un precio tasado. A su juicio, la ejecución de dicha orden no requería instrucción alguna aquella mañana.
Añade su defensa que sus fondos eran por entonces más parcos que en otras ocasiones. De haber urdido el alza, ¿por qué no arriesgarse más para exprimir el beneficio? ¿Por qué consagrar la mañana a ocuparse de candiles en lugar de velar por sus caudales? Preguntas son estas de notable fuerza suasoria, mas no dejan de ser alegatos de reo. De igual modo, su presencia en un taller no basta, por sí sola, para dilucidar el grado de conocimiento que abrigaba respecto a la maniobra. Todo el proceso estriba en la distancia que media entre una venta real, un encuentro indudable y la colusión delictiva que la justicia tiene el deber de demostrar.
El veredicto de 1814 le es adverso. Cochrane resulta condenado a doce meses de cárcel, quinientas libras de multa y al castigo de la picota. Esta última pena consta en la sentencia de autos, mas no ha de colegirse de ello que fuera consumada. Las secuelas van más allá de los hierros: se le despoja de su empleo en la armada y su nombre es borrado del orden de Bath. Aquel varón a quien encumbraban las glorias marciales pasa a ser a quien las instituciones cubren de pública infamia.
Griffiths abraza resueltamente su causa. Imputa al juez Ellenborough una inquina política, aduce el testimonio de jurisconsultos que repudiaron el fallo y presenta la ulterior restitución de los honores de Cochrane como un acto de desagravio. Su capítulo es un alegato henchido por las declaraciones del propio oficial. Llega incluso a invocar su condición de caballero para desechar la hipótesis de una complicidad culpable en la trama. Empero, semejante certidumbre de casta no desentraña ninguno de los enigmas que suscitan la visita, las vestiduras y las operaciones bursátiles. Asiste el derecho al lector de ponderar las razones de la defensa sin tomar la devoción del cronista por prueba concluyente.
Cochrane recuperó con los años su rango en la marina y sus dignidades, pero el legajo no se cancela con dicha rehabilitación. Convertido en conde de Dundonald, rinde el alma en octubre de 1860. En su última voluntad, tal como la traslada Griffiths, lega a su nieto los alcances que juzga aún adeudados por la Corona, singularmente las pagas retenidas tras la condena. La fecha estampada en el pliego es la del 21 de febrero: decenios más tarde, el día de la falsa nueva seguía siendo para él el de su desdoro.
Surge entonces para la causa un segundo valedor en lord Playfair, amigo del difunto almirante. Procura este recabar para el heredero el abono de los devengos pretéritos, a cuyo efecto se erige una comisión parlamentaria. Griffiths refiere a renglón seguido, al hilo de las memorias de Playfair, la intercesión de una anciana dama cuyo nombre queda en sombra. Habría custodiado una misiva de puño y letra de Cochrane, redactada desde el penal. En ella, el cautivo proclamaba su inocencia al tiempo que preservaba la reputación de un pariente de su corresponsal, a quien señalaba como partícipe del engaño.
Playfair cuenta haberse negado a presentar formalmente la carta, por lealtad a su amigo, habiéndola exhibido en privado a los miembros del tribunal comisionado. Le atribuye haber decantado la balanza hacia el pago de los haberes. Brinda el relato un desenlace cautivador: un hombre que habría arrostrado el oprobio por salvar un secreto ajeno. Mas solo nos llega a través de un recuerdo indirecto, con una remitente anónima y un documento jamás incorporado formalmente como pieza de convicción ante la comisión. Nada en ello autoriza a pregonar una tardía absolución judicial que estas páginas no acreditan.
La falsa muerte de Napoleón apenas precisó de una mañana para enriquecer a quienes vendieron a sazón. Cochrane consagró buena parte de sus días a expugnar las sombras de aquellas horas. Un uniforme, un ropaje burgués, una orden de venta: idénticos testimonios apuntalaban dos historias irreconciliables. La justicia decantó su sentencia por una de ellas; los paladines del almirante jamás cejaron en relatar la otra.
