En el castillo de Lichtenburg no se le exigió al visitante que acreditase su nombre. Traía consigo una carta. Era aún mejor: alguien de renombre respondía por él. Una tarde de agosto de 1613, dos jinetes se detuvieron ante la residencia de la electora Eduviges de Sajonia, viuda desde hacía dos años. El primero lucía un porte distinguido, barba cuidada y cabellera negra; el segundo era su joven sirviente. Al mayordomo de la casa, August Pflugk, el viajero le entregó la recomendación de un amigo, Gerhard von Ranzau. El portador era presentado como un primo del mismo linaje. Las puertas se abrieron de par en par.
El castillo albergaba a una princesa caritativa y, según se decía, inmensamente acaudalada. Las dádivas de Eduviges alimentaban su fama de opulencia; sus joyas danesas hacían el resto. Con todo, no había guarnición alguna en torno a sus arcas: el servicio, el portero, Pflugk y el encargado de las caballerizas, Veit Heidekampf, bastaban para la guardia diaria. Una casa hospitalaria tiene muchas puertas, y no todas dan al patio de armas.
El recién llegado no mostraba prisa alguna por marcharse. Había viajado mucho, sabía narrar con agrado y no tardó en trabar confianza con Heidekampf. Llegó a proponerle compartir su aposento, a condición de desalojar al muchacho que allí dormía. La oferta fue declinada. En cuanto a la audiencia que solicitaba ante la electora, una indisposición de esta la obligaba a aguardar. Se impuso, pues, la paciencia: rondar, observar, preguntar. El caballero se interesó por las cocinas. Interrogó a Christine, doncella de cámara, sobre las joyas y el lugar exacto donde se custodiaban. Al criado encargado de la platería le prometió una suma considerable si Christine lograba concertarle una entrevista a solas con la princesa.
Pflugk acabó inquietándose ante tanta curiosidad. Encomendó a un sirviente, Drandorf, que vigilase a su huésped. Este regresó con un hallazgo rayano en lo cómico: los hermosos cabellos negros eran postizos. Bajo la melena, un casquete de tela cubría un cráneo ralo y desprovisto de pelo. Una peluca no probaba crimen alguno; mas para Pflugk, poco familiarizado con semejante artificio, terminó por convertir al personaje en sospechoso consumado. Decidió hacerle comprender, con los miramientos debidos al linaje que ostentaba, que su estancia se había prolongado en demasía.
Sin embargo, el visitante cayó repentinamente enfermo. ¿Cómo poner en la calle a un caballero convaleciente? Aguardaba además ciertos despachos, aseguraba, y había enviado a su criado a recogerlos. El criado, en efecto, había partido a caballo. Pero no regresó. Las normas de la cortesía retenían todavía en el castillo al hombre de quien su anfitrión deseaba fervientemente deshacerse.
Llegado a este punto, el antiguo relato confiesa una laguna en las actas de las que se nutre. Se reanuda tras una agresión con cuchillo contra Heidekampf, quien logró sobrevivir. A continuación, el falso caballero intentó quitarse la vida en el cementerio; Drandorf se lo impidió y procedió a su arresto. El 30 de agosto, el interrogatorio mudó brutalmente de métodos. Se conminó al reo con el tormento. Suplicó que le perdonasen la tortura y prometió hablar. El informe judicial asevera que no fue torturado, para luego describir de inmediato su sujeción a la escalera de suplicio y la aplicación de un instrumento de compresión sobre la pierna. Conviene sopesar ambas frases al unísono: las confesiones que siguen no son las de un hombre en libertad de guardar silencio.
Declaró llamarse Klaus Horn. El plan, según sus palabras, consistía en envenenar a la electora mediante una sustancia denominada «azogue», para apoderarse después de su tesoro. Había intentado acercarse a sus viandas en las cocinas; al no conseguirlo, procuró la audiencia privada. Heidekampf poseía la llave de una puerta por la que se pretendía franquear la entrada a tres cómplices en el castillo. El muchacho había sido enviado a buscarlos. Nada en el resto de la crónica revela qué fue de ellos. El veneno, según aseguró Horn, lo había arrojado a las aguas del Elba.
A esta confesión se sumó la revelación de una carrera delictiva entera. El Nuevo Pitaval, que la consigna mucho después, se apoya en gran medida en cuanto el reo relató sobre sí mismo. Procede, por tanto, interpretar sus periplos como declaraciones testificales, con sus vacíos e incoherencias, y no como un itinerario verificado paso a paso. Horn afirmó haber nacido en 1582, hijo de un hombre que había dejado una hacienda a repartir entre varios herederos. Su primer papel, a los doce años, habría sido el de un endemoniado, interpretado en la corte de Heidelberg. Fue encadenado por ello, hasta que un pariente logró sacarlo de prisión.
El oficio, no obstante, distaba de haber sido abandonado. Ante sus interrogadores, Horn se ofreció a demostrar de qué suerte embaucaba a cuantos creían que el demonio habitaba en su cuerpo. Se desplomó, se retorció en convulsiones, mudó la voz y profirió aullidos de bestia. Los presentes estaban sobre aviso; aun así, el acta procesal los describe presas del espanto. Se había requerido una explicación a un impostor; se había obtenido una función teatral.
Surgió luego el nombre de Ranzau. Era ilustre, respetado y fácil de esgrimir lejos de aquellos que pudieran rebatirlo. Horn explicó que lo había elegido para granjearse una mayor estima. En Dinamarca, una promesa de matrimonio le habría abierto la bolsa del padre de Katharine Krabe. En Noruega, otros esponsales le procuraron valiosas cadenas de oro; las sortijas ofrecidas a la nueva prometida procedían del préstamo anterior. De este modo, los regalos daban la vuelta a Europa a mayor velocidad que los maridos. Cuando las mujeres burladas ordenaron la búsqueda de su pretendiente, fue apresado, aunque no tardó en evadirse merced al soborno de un posadero.
El mecanismo se tornó patente en el episodio bávaro. En Augsburgo, el platero Matthias Wolbaum poseía un libro sobre el linaje de los Ranzau. El cliente sabía lo bastante para superar el examen. Consiguió a crédito piezas de plata y obsequió parte de ellas a la esposa del consejero Lorenz von Wehnsin. Los presentes le aseguraron la hospitalidad de tan respetable morada. En Augsburgo, residir bajo el techo de un varón honorable multiplicó su solvencia. Podía, en consecuencia, pedir más prestado, dar con mayor largueza y parecer a cada instante más digno de crédito. Los mercaderes sufragaban la generosidad cuyo autor eran luego invitados a ensalzar.
Fueron los buenos modales de un amigo los que desbarataron la tramoya. Horn anunció la llegada de unos compañeros de viaje a Augsburgo y partió a su encuentro. Wehnsin despachó a un mensajero para brindarles a todos hospedaje en su casa. El emisario no halló a los compañeros ni a Horn. La señora Wolbaum concibió sospechas, ordenó la captura del viajero y logró su encarcelamiento. El asunto bien pudo terminar allí. Empero, un comerciante dio crédito a sus explicaciones, salió como fiador y le devolvió la libertad. Antes de que regresara el emisario enviado a comprobar sus supuestos bienes en Holstein, Horn ya se hallaba muy lejos.
No todo en sus declaraciones pertenecía a la comedia. Refirió haber acompañado a una partida de salteadores en el brezal de Luneburgo durante cuatro sangrientos asaltos. Negó haber asestado los golpes de propia mano, si bien reconoció haber tomado parte en el botín. El contraste con las alhajas regaladas no atenuaba su culpa: esta vez habían perecido viajeros. La sentencia dictada en su contra retuvo tales confesiones, el complot contra Eduviges, la agresión a Heidekampf, las estafas e incluso las posesiones fingidas, consideradas ultrajes contra la religión.
El tribunal de Jena condenó a Klaus Horn a la rueda. La pena se ejecutó en Lichtenburg el 4 de enero de 1614. Antes de morir, solicitó la asistencia de un diácono. La carta de recomendación, los caudales eternamente esperados de Holstein y el ilustre parentesco ya de nada le servían. Durante años, según su propio relato, había ganado el tiempo preciso prometiendo el retorno de un mensajero. En Lichtenburg, el criado había partido; Horn, esta vez, se había quedado atrás.
