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Justicia y escándalos · Francia

La fosa en la querella

En el jardín del Rey, una venta degenera en reyerta. Dos hombres heridos acusan a su adversario de haber premeditado su asesinato y su sepultura. Un pintor, unas firmas y un amigo sacarán a la luz una historia muy distinta.

La fosa había sido cavada de antemano, sostenían los querellantes. Debían matarlos y luego sepultarlos en la bodega. Aquella circunstancia otorgaba a la disputa una perfección atroz: el propietario no se habría limitado a golpear a sus visitantes, sino que habría dispuesto su desaparición. Sin embargo, cuando los hermanos Bagarris hubieron de responder por este pormenor, retiraron su afirmación. Habían firmado, explicaron, sin poder calibrar lo que se les daba a firmar. En un litigio nacido de contratos mal trazados, las firmas iban decididamente a causar no pocos tropiezos.

Una propiedad entre varias manos

Joseph Magagnos había regresado de los Estados Unidos con dos navíos cargados de frutos coloniales. Su vuelta había comenzado bajo malos auspicios. Engañado en ciertas operaciones mercantiles, concibió el proyecto de partir de nuevo con su familia, acompañado por su amigo Jean-Baptiste Audry. El temor a una ruptura entre Inglaterra y los Estados Unidos frustró aquel designio. Se estableció entonces durante algún tiempo en Tolón, junto a su madre. Para un hombre a quien los negocios habían decepcionado, aquella estancia podía antojarse un alto en el camino; pero un nuevo asunto le aguardaba allí.

En una diligencia con destino a Marsella, trabó conocimiento con Blanquet, propietario en Tolón del jardín del Rey. La confianza arraigó con la presteza suficiente para pasar de la conversación al préstamo. Magagnos adelantó primero mil quinientos francos, luego doce mil, sin exigir de inmediato un resguardo. Después le fue preciso obtener, no sin dificultades, el documento que debió haber precedido a la entrega del dinero. Una hipoteca sobre la finca acabó por garantizar su crédito. El vínculo personal había engendrado una deuda; la deuda ataba en adelante al prestamista a un inmueble.

Acosado por sus acreedores, Blanquet se vio en la precisión de consentir la venta del jardín. Magagnos y Audry se convirtieron en sus adjudicatarios por cuarenta y seis mil francos. La situación parecía simplificarse: quien corría el riesgo de perder sus caudales se transformaba en propietario. No obstante, Audry, que solo había entregado quince mil francos a cuenta de su parte, falleció poco después en Marsella. Sus herederos y Magagnos no llegaron a entenderse. El superviviente había adquirido una finca con un amigo; ahora se hallaba enredado en las zozobras de una testamentaría.

Los herederos traspasaron su porción a dos antiguos sacerdotes, los hermanos Bagarris. Estos acudieron a ver a Magagnos y le propusieron comprar asimismo su parte. Él pidió los veintitrés mil francos que le había costado. Ellos arguyeron que la de los herederos se les había vendido en quince mil. Se disputaba sobre el mismo terreno, pero cada cual le atribuía el valor que convenía a su posición. Magagnos propuso entonces la operación inversa: puesto que juzgaban su porción en exceso gravosa, él recompraría la de ellos.

Mil francos, luego mil escudos

Los Bagarris reclamaron primero, a guisa de suplemento, los enseres de una fábrica de aguardiente establecida en el lugar. Magagnos se negó. Se convino al fin un beneficio de mil francos, pagadero en el acto. Entregó la suma y los tres hombres acudieron a la escribanía de un notario. No salieron de ella siendo propietarios en términos distintos a como habían entrado. Según el relato de Champagnac, publicado en 1833, la forma del título que ostentaban los Bagarris impidió otorgar la proyectada escritura pública. La venta debía esperar; los mil francos, por su parte, ya habían mudado de bolsillo.

Magagnos exigió su restitución. Sus interlocutores respondieron al principio que nada tenía que temer y que el contrato se formalizaría en breve. Él insistió al cabo de unos días y recuperó su dinero. Entretanto, los Bagarris obtuvieron de los herederos de Audry que su adquisición quedase consignada en escritura pública. Este rodeo habría podido permitir la simple reanudación de las negociaciones. Iba, por el contrario, a poner de manifiesto que los tres hombres ya no guardaban el mismo recuerdo de su acuerdo.

El 16 de octubre de 1808, los dos hermanos regresaron al jardín del Rey. Magagnos propuso concluir el negocio sobre la base convenida: dieciséis mil francos, esto es, mil de ganancia para ellos. Ahora pretendían mil escudos. La discrepancia había dejado de ser una mera dificultad de redacción; afectaba a la palabra empeñada. La disputa subió de tono. Magagnos los conminó a marcharse. Los Bagarris replicaron que estaban en su casa y exigieron las llaves para entrar a su antojo. Él requirió que antes le fuesen notificados formalmente sus títulos.

Se cruzaron golpes de bastón. Los Bagarris salieron maltrechos, dejando tras de sí regueros de sangre. El relato retrospectivo los presenta como los agresores, pero ambos hombres iban a referir una escena enteramente distinta a las autoridades. Magagnos escribió por su parte al magistrado de seguridad para explicar que había repelido la fuerza con la fuerza. Una reyerta en una copropiedad se había trocado en una carrera entre dos relatos. El primero en alcanzar el oído de un juez no por ello se convertía en el verdadero; podía, no obstante, determinar la primera providencia.

El hermano que no estaba allí

Al romper el alba, al día siguiente, prendieron a Magagnos en su domicilio. Los Bagarris no denunciaban únicamente violencias: sostenían que se les había atraído para asesinarlos, con el concurso de André, hermano de Joseph. Afirmaban además haber sido forzados a suscribir una obligación de tres mil francos. Vino luego, en una querella adicional, la historia de la fosa. La petición de las llaves, el altercado y los golpes se desvanecían tras una maquinación consumada, donde hasta la tierra parecía haber aguardado a las víctimas.

André se substrajo en un principio a la acción de la justicia. Joseph compareció solo. Mas un pintor aportó sobre la distribución del tiempo de André una precisión harto menos novelesca que la de la bodega: había acudido a su morada a las dos y media, el día de autos, y no había salido de allí hasta las cinco y media. André no había desamparado su casa durante aquella visita. Para la imputación de complicidad, aquellas horas resultaban decisivas. Cabía desconfiar de un hombre prófugo; convenía, empero, tomar en consideración al testigo que lo situaba en otro paraje.

Las obligaciones entrañaban otra dificultad. Según varios testigos, los Bagarris habían manifestado que se había pretendido hacerles firmar unos compromisos. En su querella, tales compromisos se habían trocado en obligaciones efectivamente suscritas. Entre una exigencia y una firma arrancada mediaba toda la distancia de un hecho pendiente de prueba. En cuanto a la fosa, los denunciantes se retractaron: abrumados por sus heridas, dijeron haber firmado de buena fe la declaración que la mencionaba. Lo que demandaban que los jueces creyeran había excedido, pues, lo que ahora se avenían a sostener.

Un amigo en lugar de una fianza

El letrado De Gastaud hizo resaltar estas contradicciones. A su lado intervino Alby, negociante de Marsella y amigo del encausado. Desde el arresto, había ofrecido una fianza de cien mil francos para obtener la libertad provisional. La solicitud no fue admitida. Desatendió entonces sus negocios para acudir a participar en la defensa. Champagnac ensalza su talento y su elocuencia conmovida; hace de él la figura luminosa de este proceso. Si su oro no había podido franquear las puertas de la prisión, su presencia ayudaba en adelante a rebatir las palabras que habían conducido a Magagnos a ella.

El 25 de abril de 1809, el tribunal de justicia criminal de Draguignan pronunció la absolución de Joseph, en virtud del veredicto del jurado. El fiscal general interpuso recurso; la absolución prevaleció. André se constituyó después prisionero y fue absuelto a su vez. Obtuvo más tarde una sentencia que condenaba a los Bagarris a abonarle tres mil francos por concepto de daños y perjuicios. La cuantía recordaba la de la obligación de la que habían acusado a los dos hermanos: esta vez, el título emanaba de un autor indiscutible: la justicia.

Asegura el cronista que en Draguignan el nombre de Alby se convirtió en prenda de lealtad en la desventura. Semejante fama pertenece a la memoria que su libro prefirió legar. La resolución judicial dejaba, en cambio, algo más concreto: las heridas de los Bagarris eran reales, pero su sangre no bastaba para dotar de veracidad a toda su querella. Magagnos había tenido que defender por separado su hacienda, su versión de los golpes y su libertad. Para librarlo del presidio, fue menester descender de las grandes palabras a las pequeñas diferencias: una hora, un verbo, una firma.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La visita del pintor

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El capítulo de 1833 se muestra favorable a los Magagnos. El altercado ocurre el 16 de octubre de 1808; Joseph es absuelto el 25 de abril de 1809 y el recurso fracasa. André se constituye luego prisionero y resulta absuelto a su vez. Los tres mil francos de daños y perjuicios le son concedidos a título personal. No consta fallecimiento alguno entre los querellantes ni condena penal para los Bagarris. El episodio relativo al embarazo de la señora Magagnos no ha sido recogido.

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