El 19 de septiembre, el carruaje aguardaba la partida de Joseph-Arthur Deixonne rumbo a Bruselas. Alexandrine Bedouet, que aún no había cumplido los dieciséis años, acudió a su encuentro en la rue Gabrielle. Subieron juntos y se dirigieron a la estación del Norte. Cuando el asunto compareció ante los tribunales de París, unos meses más tarde, aquella misma secuencia se quebró en dos relatos incompatibles: para el padre, su hija había sido raptada; para el joven, ella le había suplicado que se la llevara; para Alexandrine, cuanto declaró ante el tribunal no hacía sino confirmar la palabra que aseguraba haber sostenido siempre.
La Audiencia de lo Criminal debía juzgar a Joseph-Arthur Deixonne, estudiante de veterinaria de veintidós años, bajo la acusación de rapto y corrupción de una menor de edad. La Gazette des Tribunaux dio cuenta de los debates del 24 de marzo de 1873 y de la sentencia absolutoria dictada ese mismo día. El expediente no ofrece la lectura de un idilio clandestino, sino la de una audiencia donde una jovencita es conminada a tomar la palabra entre su padre, el acusado y un estrado de adultos empeñados en definir qué era lo que ella en verdad había deseado.
La cita en el mercado de las flores
Alexandrine era hija de un tabernero y florista de Charenton. El padre afirmó haber advertido las asiduidades de Deixonne y haberle prohibido terminantemente volver a la casa. La acusación sostenía que el mozo había entablado con ella una correspondencia secreta, concertado una cita y, por último, conducídola a Bruselas a espaldas de sus progenitores. La denuncia paterna había transformado una ausencia doméstica en causa criminal.
En estrados, Deixonne sitúa el inicio de sus relaciones en julio de 1872. Alexandrine, relata, le había dado cita en el mercado de las flores de París, adonde acudía cada mañana en compañía de su padre. Asegura no haber hecho nada para seducirla y pretende que fue ella quien lo buscó. Él debía partir hacia Bruselas para proseguir sus estudios; Alexandrine le habría rogado que la llevara consigo. Ignoraba, asevera él, que fuese menor de dieciséis años, pues sus modales y presencia aparentaban mayor edad.
El 19 de septiembre partieron en coche hacia la estación del Norte. Residieron en Bruselas durante unos tres meses. Deixonne no niega el viaje ni la estancia común; impugna, en cambio, el vocablo penal que los ata al sumario. Se le reprocha haber apartado a una doncella de la potestad paterna; él sostiene que ella insistió en seguirlo y que él terminó por ceder. Admite haber obrado mal, mas sin la menor conciencia de perpetrar un crimen.
El padre de Alexandrine ofrece una versión bien distinta. Refiere haber vedado a Deixonne la entrada a su morada tras observar sus visitas, para luego tener que ir a buscar a su hija hasta Bruselas. Quería, según explica, oponerse al matrimonio. Ciertos informes sobre el joven lo habían convencido de que tal enlace jamás debía consumarse. Cuando la halló, la muchacha y su pretendiente ya habían rebasado los límites donde la autoridad familiar podía resolver el litigio por sí sola.
Una voz en medio de los adultos
Alexandrine comparece ante los miembros del jurado. Nació el 12 de enero de 1857. Al momento de la partida no contaba aún dieciséis años; la audiencia lo recalca con insistencia, y el presidente interrumpe en varias ocasiones el interrogatorio para precisar los términos de sus respuestas. La crónica periodística la retrata resuelta y dueña de sí. El magistrado la conmina a mostrar mayor acatamiento a la autoridad paterna. Ella replica que hoy sostiene con exactitud lo que siempre ha dicho.
El padre asegura que el acusado le «ha sorbido el seso» y que la coaccionan para defenderlo. Alexandrine rechaza de plano semejante idea. No afirma haber sido forzada ni raptada; asevera haberle suplicado que huyera con ella. El padre responde que la crio con esmero y blandura, consintiéndola en todo. Ella evoca, por el contrario, amargas disputas y escenas violentas recientes, y recuerda que su propio padre, en accesos de cólera, le había gritado que se marchara de la casa.
Esta pugna no reduce los debates a un mero arbitraje entre dos varones adultos. Alexandrine es la persona cuya voluntad constituye el núcleo mismo de la acusación; sin embargo, se ve obligada a responder bajo el fuego cruzado de las preguntas del presidente, las protestas de su padre y los alegatos de la defensa. Confiesa amar a Deixonne. Reconoce no haber abrigado la certidumbre de que él se casara con ella. Inquirida por el juez sobre las razones que la movieron a partir a su lado, responde llanamente que ya no le era posible convivir con su padre.
La cuestión del matrimonio asoma una y otra vez en el proceso. Deixonne afirma haber escrito al padre tras creer advertir signos de gravidez, manifestándole entonces su intención formal de desposar a la hija. El progenitor no se dignó contestarle; en su lugar, viajó a Bruselas para hacerlo encarcelar. La crónica de la Gazette refiere asimismo que un facultativo examinó a Alexandrine a finales de agosto, con anterioridad a su partida, y dictaminó que se hallaba «pura». Tal mención pertenece por entero al léxico médico y moral de la época; no prueba lo que ella en verdad sentía ni la naturaleza íntima de su trato con Deixonne. Demuestra, ante todo, el implacable escrutinio corporal al que una muchacha de quince años era sometida antes incluso de que la justicia la oyese hablar.
El juicio saca a la luz diversas misivas de Alexandrine dirigidas a Deixonne. Leídas por su letrado defensor, expresan un devoto apego y el pavor a ser abandonada. Le escribe que anhela marcharse con él, que la vida junto a su padre le resulta insoportable y que preferiría la muerte antes que permanecer en aquel hogar. Son las palabras de una joven de quince años, vertidas en una coyuntura donde su porvenir pendía casi por completo de las resoluciones tomadas por adultos. Las cartas no borran su minoría de edad; dificultan, no obstante, reducirla a una sombra pasiva y silenciosa cuya voluntad ajenos pudieran inventar o usurpar.
La frontera y el retorno
Deixonne relata que el padre acudió a Bruselas y promovió su arresto. Se entabló un procedimiento de extradición; el joven afirma haber aceptado allanarse para eludir un dilatado cautiverio procesal y consentido en ser conducido a la frontera. El expediente no indica que intentara ocultarse bajo nombre fingido ni que negara la fuga común. Regresó a París para hacer frente a la justicia.
Durante la vista, la defensa exhibe las cartas que acreditan que la menor manifestó el deseo ferviente de seguirlo. El ministerio público se escuda en la edad de Alexandrine, la ausencia de consentimiento paterno y la conducta moral de Deixonne. El padre clama por una condena ejemplar. Mas la firme presencia de la joven en el banquillo impide que los hechos se narren únicamente como el atropello de un hombre sobre una criatura desvalida: ella recalca que fue la instigadora de la huida y no varía un ápice su declaración.
No se trata de consagrar su testimonio como una verdad intemporal ni de fingir que la brecha de edades carecía de relieve. Deixonne cuenta veintidós años; Alexandrine no alcanza los dieciséis. Los códigos y las categorías jurídicas son rigurosamente las del siglo XIX. La sentencia no erige el testimonio en principio doctrinal; dirime la acusación penal a la luz exclusiva de las pruebas y testimonios vertidos en estrados.
El jurado contesta negativamente a las preguntas formuladas sobre la culpabilidad de Deixonne. El presidente proclama la absolución y ordena su inmediata excarcelación. Dicho veredicto no convierte aquella huida en un modelo de conducta, ni otorga la razón al padre en sus agravios; significa únicamente que la tipicidad delictiva invocada no fue hallada por los jurados. La resolución judicial clausura el proceso penal sin disipar las dolorosas fracturas familiares que traslucen las actas de la sesión.
La última escena del expediente no es, por consiguiente, la marcha clandestina hacia Bruselas, sino la salida de la sala de justicia tras pronunciarse el fallo. Una querella había otorgado al padre la potestad de incoar la persecución criminal; la vista oral devolvió a la muchacha la posibilidad de declarar que había partido por su propia determinación. No fue un mero testigo mudo en la querella de los hombres. Su palabra pesó en la balanza de la ley, aun cuando la prensa de la época la consignara a través de un prisma moralizante que la amonesta, la corrige y se pasma ante su aplomo.
En 1873, un jurado parisino declaró inocente a Joseph-Arthur Deixonne del delito de rapto y corrupción que pesaba contra él. La Gazette custodia ambas versiones de la fuga, las réplicas de Alexandrine y el desenlace judicial. La historia concluye allí donde la tinta del cronista se detiene: ningún dictamen posterior del entorno familiar ni la suerte ulterior de aquella relación han quedado consignados en el archivo. Lo que perdura es una frontera cruzada de a dos y, más tarde, una audiencia en la que una muchacha debió recordar a los adultos que ella también era la dueña de su propia historia.
