La primera alarma no fue un grito, sino una puerta abierta. Al amanecer del 16 de febrero de 1857, la criada de la posada de Meisdorf entró en la habitación de Christian Heidecke para dejar allí unas sillas. El hombre ya no estaba en el lecho; su capote y sus botas habían desaparecido. Su hija Marie, de ocho años, parecía continuar dormida. A las siete, el hijo del posadero advirtió que la niña no se había levantado. El posadero acudió a comprobarlo y la halló muerta. Una marca violácea le rodeaba el cuello.
La reseña del Nuevo Pitaval abre el capítulo sobre este contraste: el hombre huido, la pequeña abandonada en la estancia. Mas la fuga no bastaba para esclarecer el deceso. Se ordenó la autopsia. Los médicos describieron una equimosis circular y atribuyeron la muerte a una estrangulación mediante un objeto blando, verosímilmente un paño. Heidecke ya no estaba allí para responder. La pesquisa debía primero localizar al padre y luego desentrañar lo acaecido durante la noche.
Christian Heidecke había trabajado largos años en los molinos. Nacido en 1806, contrajo matrimonio con Dorothea Gräger en 1831; cuatro hijas nacieron de aquella unión. La primogénita murió joven, y la madre en octubre de 1851. Las otras tres niñas crecieron, pero Heidecke ya no disfrutaba de un hogar estable. Había servido cerca de veintiséis años a las órdenes de un propietario molinero llamado Rohbe, primero como bracero y después rigiendo el establecimiento. En 1852, Rohbe, aquejado de enfermedad, vendió el molino. Ofreció a Heidecke un puesto en su otra propiedad, pero este rehusó: pretendía en adelante establecerse por su propia cuenta.
Heidecke procuró entonces prosperar como independiente. Malvendió unas tierras heredadas, adquirió una taberna, y luego la traspasó para arrendar otra, vinculada a un comercio que apenas dominaba. Su menguado caudal mermó todavía más. En 1853 tomó por segunda esposa a Johanne Scharfe, viuda y madre de tres hijos. La armonía del nuevo matrimonio se quebró pronto, en particular a causa de la prole. Louise, la hija mayor de Heidecke aún viva, abandonó la casa; Marie, nacida en 1848, permaneció con su padre. Consigna la crónica que, al separarse, los cónyuges tomaron aposentos distintos.
El padre y la chiquilla habían hallado, no obstante, cierto amparo. En 1856, el molinero Ganse contrató a Heidecke como ayudante y acogió a Marie bajo su techo. A la muchachita la vistieron y la enviaron a formarse con la mujer del carpintero. Mas cuando se advirtió que faltaba a las lecciones y traía piojos, Ganse resolvió colocarla en otra parte para salvaguardar a su propia familia. El proyecto de confiarla a un matrimonio de Weissdorf tropezó con la rotunda negativa de Heidecke. Declaró que no consentiría en dejar a su hija con tales gentes y que, de haber de permanecer ella, se quedaría a su lado.
El propio Heidecke presentó su dimisión; Ganse admitió su marcha. El 21 de enero de 1857, Heidecke abandonó el molino llevando consigo a Marie y sus escasos enseres. Apenas recibió una liquidación de catorce táleros y unos pocos groschen. Tomó una alcoba en la posada de Meisdorf, anunciando que no se demoraría más de ocho o catorce días. Puntual, pagaba el arriendo cada lunes. Corrieron las jornadas sin que lograra nuevo empleo.
El 3 de febrero visitó a su mujer en Oberdorf. Lejos de revelarle la crudeza de su situación, fingió emplearse como mozo de molino y ganar lo bastante para atesorar ahorros. Mencionó un destino inminente en la comarca. Su esposa, según refiere la crónica, le expuso que la penuria la constreñía a volver a servir como criada. Él no le brindó auxilio alguno y partió con el pretexto de pernoctar en una hostería vecina antes de regresar al día siguiente. Volvió, en efecto, reiteró sus falaces promesas y se marchó de nuevo. Entre ambas escenas, el relato dibuja el retrato de un hombre que se negaba a confesar la pérdida de su sustento y se mostraba incapaz de recuperar su lugar junto a los suyos.
A comienzos de febrero se personó ante Ganse rogando que lo readmitiera. El molinero se negó. Heidecke replicó que tornaría junto a su mujer; si lo acogía, bien estaría, y si no, se marcharía lejos. No regresó jamás con ella. El sábado 14 de febrero vagó por los arrabales; el dinero se había agotado ya por completo. Pasó el domingo en la taberna, bebió dos jarras de cerveza y contempló a los otros jugar a los naipes. Hacia las nueve o las diez de la noche, subió a acostarse.
A las dos de la madrugada, la posadera entró en la alcoba para revisar unas provisiones. Vislumbró una cuerda bajo el lecho. Heidecke y Marie parecían dormir, la pequeña vuelta de cara a la pared. No se demoró la mujer y entornó la puerta. Una hora más tarde, a tenor de la confesión que consigna el texto procesal, Heidecke despertó al oír al sereno pregonar las tres. Se inclinó sobre su hija, la besó y le musitó que debía reunirse con su madre, aun cuando él no pudiera acompañarla. Tomó luego un pañuelo, lo anudó en torno a la garganta de la criatura y apretó. Marie no profirió queja alguna; expiró casi al instante.
El padre emprendió la fuga a pie. En la negrura de la noche, entre las tres y las cuatro, dos peones y sus esposas lo vieron junto a un árbol, con una soga colgada de una rama. Sostenía el nudo corredizo y parecía dispuesto a ahorcarse. Uno de los hombres le increpó; Heidecke negó que pretendiera quitarse la vida, recogió la cuerda y se alejó con premura. Los testigos no le conocían y nada sabían aún del crimen. Más entrada la mañana, un alguacil que acudía a alertar a las autoridades lo reconoció en el camino. Heidecke logró escabullirse antes de que pudieran prenderlo.
Cuatro días después, el 20 de febrero, un leñador lo halló sumido en el sueño tras una maleza. Llevaba días sin apenas probar bocado. Despertado por el mercader Berg y el jornalero Michael, Heidecke no ocultó su identidad. Relató haber intentado en varias ocasiones ahorcarse, viéndose siempre interrumpido. Le ofrecieron pan seco; lo devoró con avidez. Aquella escena, descrita con cierta ironía por el cronista, precedió a su traslado bajo escolta a Meisdorf.
Durante el primer interrogatorio, Heidecke reconoció haber dormido junto a su hija y haberse despertado hacia las tres. Aseguró haberla asfixiado tal vez de modo involuntario con el brazo en mitad del sueño, hallando luego su cuerpo yerto al despertar. Dijo que entonces tomó la cuerda para ahorcarse. Alegó al principio que ignoraba cómo había perecido la niña. Hacía días, explicó, que repetía que no deseaba seguir viviendo y que no soportaba la idea de dejar a Marie desamparada entre extraños. Aquel alegato de desesperación no exculpaba el acto: situaba en el centro la resolución de arrastrar a la niña consigo a la tumba.
En un interrogatorio posterior ofreció una versión más circunstanciada. La miseria y la falta de trabajo le habían hecho concebir el exterminio de ambos; no quería mendigar ni toleraba entregar a Marie a manos ajenas. Había madurado días enteros el proyecto, dudando en cuanto al modo de ejecutarlo. La noche del crimen, dijo, la decisión se impuso de súbito. Admitió la estrangulación, sosteniendo entonces haber obrado en pleno juicio. En la vista del 3 de julio, no obstante, se retractó de semejante lucidez: si lo había declarado, adujo, era con el fin de acelerar su propia condena a muerte. Justificó su acción por el desmedido amor que profesaba a la criatura y por el pavor de dejarla expuesta a una existencia sin recursos. Tal era su exculpación; correspondía al tribunal dirimir si esta borraba la culpa o ratificaba el asesinato premeditado.
La defensa sostuvo que había obrado privado de discernimiento. El ministerio público alegó que había preparado su partida, que había premeditado la muerte de Marie y que había escogido el medio de estrangularla mientras dormía indefensa. Los testigos corroboraron los pormenores de su fuga y su miseria; el examen forense concordaba con su confesión. El jurado declaró a Heidecke culpable de asesinato con premeditación y rechazó la tesis de la enajenación mental. El tribunal pronunció la sentencia de muerte.
Heidecke imploró el indulto. Escribió que anhelaba consagrar el resto de sus días al arrepentimiento y a la expiación de su culpa. Los propios jurados solicitaron la clemencia soberana. El 26 de octubre de 1857, el príncipe regente conmutó la pena capital por la de trabajos forzados a perpetuidad. Heidecke ingresó en el presidio de Halle el 18 de noviembre; allí falleció el 15 de marzo de 1861. La crónica custodia su última justificación: afirmaba haber querido ahorrarle a Marie la desdicha, incapaz de tolerar que quedara sola en el mundo. El móvil que invocó no alteró la sentencia judicial. Deja más bien al lector ante el dilema moral del proceso: un padre que adujo el terror por el porvenir de su hija tras haber decidido cercenar para siempre ese porvenir.
