En mayo de 1827, en Caroline Court, cerca de Lambeth Street, un niño fue hallado muerto pocos minutos después de que su madre saliera de la estancia. Las sospechas recayeron de inmediato sobre el padre, William Sheen, quien desapareció casi al punto. Las pesquisas condujeron a un oficial de justicia hasta Gales; mas, cuando el acusado compareció por fin ante el tribunal, no fue la falta de testigos lo que detuvo el brazo de la ley. Fue un nombre, el del propio niño, consignado de forma incompleta en el primer pliego de acusación.
El relato publicado por Camden Pelham aporta escasos pormenores sobre la vida de Sheen. Nacido en Radnorshire, en el país de Gales, hacia 1803, se ganaba el sustento vendiendo leña cortada por las calles de Londres. Su esposa y el hijo de ambos habitaban en una casa de Caroline Court, bajo el techo de un tal Pomeroy. El enlace matrimonial se había celebrado en febrero de 1827; la criatura había nacido antes de esa fecha. Según consigna la crónica, los celadores parroquiales de Santa Catalina habían entregado cinco libras al padre con la condición estricta de que tomase a la madre por legítima esposa.
Pelham refiere que, desde el alumbramiento del pequeño, Sheen abrigaba contra él una aversión inquietante. Sucedía con frecuencia que, mientras la criatura reposaba sobre el regazo materno, la golpeaba con la mano o con cualquier objeto que tuviese a su alcance. El domingo que precedió a la muerte, le habría asestado un golpe en la cabeza con un trozo de madera, causándole una hinchazón de consideración. Con todo, afirma el cronista, los vecinos no dedujeron de aquello que albergase la intención de matar al niño. La alarma general no provocó separación alguna: el pequeño continuó viviendo en la misma habitación que sus padres.
Un jueves al anochecer, cerca de las siete y media, Sheen regresó al hogar. Su mujer sostenía al hijo dormido contra el pecho. Le dio dinero para la cena y le pidió que acostase al pequeño en la cama, aduciendo que dormía profundamente. Ella salió a hacer las compras. Transcurrió cerca de un cuarto de hora. Cuando regresó y empujó la puerta, descubrió al niño degollado y decapitado. Bajó de inmediato pidiendo socorro. La señora Pomeroy y varios vecinos acudieron a su vez; la policía fue prevenida.
Los agentes Dalton y Davis procedieron a registrar la estancia. El arma del crimen no apareció. En un rincón, el grueso capote de paño y el sombrero de Sheen mostraban manchas de sangre. Varios testigos lo habían visto alejarse en mangas de camisa en dirección a la morada de su padre, sita en Rosemary Lane; al parecer, ambos hombres habrían partido juntos. Sheen pidió prestado un capote y diez chelines a un tal Pugh, a quien relató que una disputa con un irlandés le obligaba a poner tierra de por medio. La investigación supo luego que había abandonado Londres con el propósito deliberado de eludir a la justicia.
El magistrado encomendó a Davis la captura del fugitivo. El oficial emprendió viaje hacia Birmingham, donde un viajero había señalado la presencia de un individuo conforme a su filiación. Buscó hasta bien pasada la medianoche, reanudó las pesquisas el domingo y localizó por fin en una posada al sujeto reseñado: no era Sheen. Davis retomó entonces el camino, pasó por Worcester y arribó a Kington. Convencido de haber tomado la delantera al prófugo, montó guardia durante cinco horas sobre el puente a la entrada del pueblo. Luego eligió una posada apartada, confiando en que su llegada pasase inadvertida. La familia de Sheen contaba con abundantes parientes en la comarca; cualquiera de ellos podía proporcionarle cobijo, pero también prevenirlo de la persecución. Davis mudó de aspecto y recorrió los mesones con atuendo de campesino. En uno de ellos, escuchó a unos arrieros galeses leer en un diario la relación del asesinato y las señas del hombre perseguido. Temió entonces que la noticia hubiese corrido con mayor presteza que sus propios pasos.
En Kington solicitó la asistencia de Edward Cheese, magistrado y banquero local. Un lance imprevisto le advirtió de que su identidad podía haber quedado al descubierto: sus grilletes se habían deslizado fuera del bolsillo del capote que dejara en la cocina. Los encontró sobre una silla. Llevaban grabado su nombre; quienquiera que los hubiese recogido había adivinado su oficio. Aquel hombre acudió a buscarlo a su cuarto para ofrecerle informes. Lo que Davis había tenido por un descuido comprometedor abría, en verdad, una nueva senda. El oficial tomó nota de las indicaciones y partió con Yates, un condestable de Kington, rumbo a Penny Bont. En la posada de Severn Arms, un hombre entró solicitando el periódico de Londres. Lo leyó con detenida atención, miró a su alrededor y salió con presteza. La posadera reconoció en él a James, marido de una tía de Sheen. Davis lo siguió hasta Lane House, en Radnorshire, y regresó luego a la posada a reunirse con Yates.
Ambos hombres volvieron a apostarse ante la casa. Davis resolvió no entrar de golpe, temeroso de dar la alarma si Sheen no se hallaba dentro. Tras sopesarlo, penetró en el inmueble: había varias personas, pero no el fugitivo. Tres horas después, avisado por nuevos informes, volvió por tercera vez y lo sorprendió sentado junto al fuego, tomando el almuerzo. Bajo sus ropas, Sheen llevaba aún una camisa manchada de sangre en el cuello y en el puño derecho. Se entregó sin oponer resistencia. Davis puntualizó que no había obtenido una confesión expresa a solas, mas declaró haber escuchado cómo Sheen respondía a la mesonera que le inquiría cómo había podido cometer semejante atrocidad: «No fue obra de Dios, sino del diablo». Aquella respuesta recogida se sumaba a las observaciones del oficial; Sheen no prestó ante él declaración pormenorizada sobre los hechos.
Entre tanto, el jurado del forense había dictaminado que se trataba de un homicidio doloso y había señalado formalmente al padre. El proceso se abrió en Old Bailey el 1 de junio. El auto de acusación llamaba al niño «William Sheen». Ahora bien, la criatura había sido bautizada con el nombre de William Charles Beadle Sheen. La defensa arguyó que semejante omisión viciaba la acusación de nulidad por defecto de forma. El tribunal le dio la razón y el jurado declaró al acusado no culpable del cargo así formulado. El ministerio fiscal solicitó su permanencia en prisión para poder redactar una nueva inculpación, esta vez consignando el nombre completo.
En la siguiente sesión judicial, el nuevo pliego fue presentado ante el gran jurado y Sheen compareció de nuevo el 13 de julio. Alegó formalmente la excepción de haber sido ya absuelto por ese mismo hecho. Los testigos acreditaron que el verdadero nombre del niño era sobradamente conocido para que los fiscales lo hubiesen consignado con exactitud desde un principio. El juez Burrough dictaminó que, tras aquella primera absolución, el acusado no podía ser juzgado por segunda vez. Sheen fue puesto en libertad, no sin recibir una severa admonición de la corte. Pelham refiere asimismo, con las debidas reservas, posteriores comparecencias del sujeto por embriaguez y alteración del orden público. No proporciona, empero, los autos respectivos.
Davis había seguido una pista falsa en Birmingham, aguardado horas sobre un puente, recorrido los campos bajo disfraz y acabado por apresar al reo. El obstáculo que restaba ya no era una distancia por recorrer ni una casa por registrar. El primer pliego de cargos había omitido parte de un nombre harto conocido. Aquel yerro, sumado a la imposibilidad de reabrir el juicio tras la absolución previa, selló la suerte judicial del padre. El pequeño, por su parte, llevaba cuatro nombres: William Charles Beadle Sheen.
