Desde el fondo de la sala, no se distinguían las manchas de sangre. Se veían, en cambio, los sellos de cera roja adheridos al chaleco. Édouard Brierre se había puesto de nuevo, por orden del tribunal, las ropas que vestía la noche en que sus cinco hijos fueron asesinados. El doctor Dieudefoy lo hacía girar ante los miembros del jurado; el presidente había abandonado su estrado, los letrados su banco. En medio de aquel círculo atento, un hombre exponía su espalda, su pecho, sus costados, mientras las etiquetas de los precintos judiciales ofrecían al público el único matiz rojizo que este podía reconocer con certeza.
Esta escena, descrita por Edmond Frank en su crónica judicial de diciembre de 1901, resume parte de la honda turbación que despertó el caso. Los peritos examinaban vestigios. Los espectadores contemplaban a un hombre. Desde hacía ocho meses, se trataba de averiguar si Brierre había sido, él también, víctima de la agresión que denunciaba o bien el autor de la masacre. No obstante, en la pequeña sala de la audiencia provincial de Chartres, la manera de sostener la gorra, de responder al presidente o de mirar a sus vecinos parecía a veces pesar tanto como las piezas de convicción custodiadas bajo sello judicial.
La mañana del lunes 22 de abril, los niños habían sido hallados muertos en la casa de aquel labrador, cerca de Chartres. Viudo desde hacía tres años, Brierre vivía con cinco de sus seis hijos. Él mismo yacía ante su puerta, malherido. Relató que, tras una velada en la taberna, unos ladrones lo habían asaltado al regresar a casa. En los primeros instantes, los auxilios y la compasión se volcaron en el padre; se buscó a los desconocidos a quienes atribuía el ataque. Una misma casa parecía haber albergado a las víctimas, y su umbral entregado al único superviviente en condiciones de hablar.
Luego, el relato mudó de rumbo. Según Frank, apenas dos días después, el rumor señaló a Brierre. Habría matado a los niños, fingido el asalto y causado él mismo sus propias heridas. Los registros practicados en la vivienda habían sacado a la luz indicios que la acusación juzgó comprometedores. Detenido e interrogado, el campesino no admitió el crimen. La instrucción se prolongó durante meses sin arrancar la confesión esperada. Llegado el juicio, fue preciso examinar una acusación que su principal encausado persistía en rechazar, y no escuchar la ratificación de una culpa ya conocida por todos.
La sala disponía de unas trescientas plazas; cerca de cincuenta se habían reservado a los periodistas. Presidía el magistrado Belat, y el fiscal Voisin sostenía la acusación. Comby, abogado parisino, encabezaba la defensa junto a Guitter y Duparc. Brierre, escoltado por gendarmes, vestía chaqueta negra y llevaba una gorra nueva en la mano. Tenía cuarenta y dos años. Aquel atuendo de luto, con el que debía escuchar la narración de la muerte de sus hijos, contrastaba con las ropas de faena que luego le harían vestir de nuevo para la demostración pericial.
Frank dedicó un extenso pasaje al retrato del acusado y al modo en que se le miraba. Un rostro anguloso, la frente, las mandíbulas, la mirada: todo era susceptible de transformarse en cargo inculpatorio para quienes creían reconocer el delito en las facciones del criminal. Frank ironizó sobre esa ciencia complaciente, que comenzaba por dictaminar la culpabilidad de un hombre para descubrir después, en su nariz o en su boca, la justificación del veredicto. Los testigos que acudían a deponer contra Brierre, señalaba el cronista, ostentaban a menudo las mismas huellas del trabajo rudo y de la intemperie. Una fisonomía campesina difícilmente podía constituir una prueba contra un solo campesino.
A esta lectura del rostro se añadía la del carácter. De Brierre se decía que era hosco, taciturno, obstinado, poco querido. El presidente le oponía los resultados de las pesquisas y los juicios de sus convecinos; el procesado respondía con parquedad. Que se pudiera murmurar de él cuanto se quisiera no significaba, en su defensa, que todo fuese cierto. Rechazaba de plano la hipótesis de la simulación e impugnaba las conjeturas del médico forense. «Siempre se puede decir eso», replicaba ante los juicios sobre su temperamento; ante la sospecha del fingimiento, su réplica era más seca: «¡Es ridículo!». Frank rehusaba, sin embargo, vislumbrar en ello una distinción fehaciente entre el inocente y el culpable: ambos podían defenderse con idéntico aplomo.
Quedaban las heridas y los objetos. Las de los cinco niños, las del padre y las del perro Ravachol habían sido sometidas a examen. Un cuchillo, una cuchilla de arado y las manchas de sangre entraban en el debate. Para ilustrar al jurado, el tribunal requirió algo más que informes y explicaciones orales: ordenó aquella exhibición de las vestimentas que transformó por un instante la audiencia en demostración forense. Tras unos minutos de ausencia, Brierre regresó en ropa de labor y se prestó a los movimientos que le exigían. Frank juzgó teatral la escena. No negaba la necesidad de examinar los indicios; describía el malestar que causaba ver a un procesado expuesto como una pieza de convicción.
Cuarenta y nueve testigos de cargo desfilaron por el estrado, según su crónica. Entre ellos figuraba Martin, el alcalde, que reprochaba a Brierre su soberbia. Lubin, hacendado acomodado y antiguo amigo, se le había vuelto hostil a raíz del drama. El maestro Hubert y el guardia de campo Bordier declararon haberlo visto al acecho en su establo, cuando se le creía agonizante. Otros lugareños dieron de él una pésima opinión. Estas declaraciones no decían todas lo mismo: unas describían una conducta observada, otras manifestaban un juicio de valor sobre un vecino. Su acumulación, no obstante, dibujaba ante los jurados el cuadro de una aldea singularmente implacable con uno de los suyos.
Véronique Lubin introdujo en el litigio la cuestión de las segundas nupcias. Frank daba cuenta de un idilio y de la posterior negativa que ella habría opuesto a las proposiciones de aquel viudo con hijos a su cargo. He aquí un móvil verosímil, sostendrían los partidarios de la acusación: deshacerse de una familia para rehacer su vida. Mas la existencia de una relación amorosa y de una negativa no explicaba, por sí sola, la noche de la matanza. Al periodista le turbaba con precisión el paso de una explicación concebible a la certeza de un crimen. ¿Exigía la monstruosidad de la felonía una explicación tanto más sólida, o hacía más seductora la primera razón que parecía dotarla de sentido?
Los cuarenta y tres testigos de descargo mostraron a otro hombre. Amigos y parientes hablaron de un marido abnegado, de un buen padre. No bastaba, pues, con preguntar al pueblo qué pensaba de Brierre para obtener una respuesta unívoca. El juez de instrucción Cornu, citado por la defensa, acudió también a declarar y aseveró haber cumplido con su deber. Entre recuerdos favorables, enemistades, comprobaciones materiales e hipótesis, el jurado debía dirimir la culpabilidad de un encausado que seguía sin confesar falta alguna.
Germaine, de catorce años, era la única superviviente de los seis hermanos. Vestida de riguroso luto, cayó de rodillas al pie del estrado y suplicó a los jueces que absolvieran a su padre, a quien proclamaba inocente. Frank da cuenta de la emoción que embargó a los jurados. La plegaria de la joven, con todo, no bastó para persuadirlos. Tras el informe del fiscal y el alegato de la defensa, respondieron afirmativamente a la acusación; Brierre fue condenado a muerte. Al término de más de ocho jornadas de vista oral, el veredicto zanjaba la causa judicial sin disipar la duda de cuantos habían seguido el proceso.
Los acontecimientos posteriores impidieron que aquella sentencia condujera al cadalso. La ficha documental de Criminocorpus confirma que Brierre fue indultado en 1902, enviado a cumplir trabajos forzados a la Guayana y falleció en Saint-Laurent-du-Maroni en 1910. La gracia real no equivalía a una absolución. Mudaba la pena, pero dejaba intacta la condena. En la crónica de aquel juicio perduran, sin embargo, dos imágenes que nada logra conciliar con facilidad: un padre enfundado en sus ropas ensangrentadas, girando sobre sí mismo ante quienes iban a juzgarlo, y su hija de rodillas, implorando su absolución.
