En 1415, mientras Enrique V preparaba su expedición contra Francia, Edmund Mortimer dispuso de una hora para responder. Richard, conde de Cambridge, Henry Scrope y Thomas Grey acababan de revelarle un plan concebido para alzarlo al trono. Le exigieron jurar que no los delataría. Mortimer se negó al principio. Los tres hombres insistieron; según la crónica, acabó por consentir a condición de obtener una hora de reflexión. En cuanto se vio a solas, acudió ante Enrique V y le refirió cuanto había escuchado.
La narración de George Borrow se abre así con la traición descrita por la acusación. El propio autor subraya que ignoramos quién urdió el complot, cómo se gestó o de qué modo pretendían dirigirlo sus artífices. Reproduce a continuación los cargos, la confesión y la petición de Cambridge, mas no un acta procesal completa de la audiencia. Su capítulo permite seguir el curso que medió entre el secreto desvelado y el cadalso; no basta, empero, para reconstruir la totalidad de los debates judiciales.
El acusado distaba de ser un hombre ajeno a la dinastía. Richard de Conisburgh, conde de Cambridge, había desposado a Anne Mortimer, hermana y luego heredera del conde de March. Su esposa pertenecía a la estirpe de Clarence, cuyos derechos al trono, según la crónica, precedían a los de la casa de Lancaster. El conde se hallaba en la confluencia de la rama de York por vía paterna y de los Mortimer por su matrimonio. Dicho parentesco otorgaba a la conjura su pretexto y su gravedad: no se trataba únicamente de deponer a Enrique, sino de sustituir su autoridad por una corona en nombre de Edmund Mortimer. Este último, sin embargo, no había promovido la empresa ni respondió con una adhesión inmediata. Su primera reacción, según refiere Borrow, consistió en ganar tiempo y zafarse del compromiso que pretendían imponerle.
A juicio de Borrow, los conjurados habrían prometido al rey de Francia, Carlos VI, dar muerte a Enrique durante su travesía a cambio de un millón de oro o, en caso de fracasar, entregárselo cautivo. La crónica da cuenta de tal trato; no aporta, empero, convención firmada alguna. Ante Mortimer, presentaron la empresa como un intento de restituirle su legítima herencia. Un estandarte con las armas de Inglaterra debía ostentar el nombre del conde como heredero de derecho. Una corona de España, depositada como prenda en Cambridge, figuraba asimismo entre los caudales que los conjurados planeaban trasladar a Gales. La trama aunaba así pretensiones dinásticas, la codicia de un estipendio francés e insignias materiales de soberanía.
El plan de proclamación iba más lejos. El acta de acusación refiere que pretendían conducir a Mortimer al país de Gales e investirlo del gobierno en caso de que Ricardo II hubiera muerto. Proyectaban entonces señalar a Enrique como «usurpador» y traer de Escocia a un individuo de gran parecido con Ricardo, a fin de avivar la creencia de que el antiguo monarca seguía con vida. El nombre del impostor y los pormenores de dicha misión discrepan en los documentos reproducidos por Borrow; las acusaciones mezclan una supuesta suplantación, hombres de armas y la eventualidad de una batalla campal contra las huestes del rey.
La epístola de Cambridge añadía otra fase a la empresa: ciertos emisarios debían partir hacia Escocia en busca de aquel Ricardo supuestamente vivo, acompañados por Henry Percy y contingentes escoceses prestos a entablar combate. Un tal Davy Howell le habría prometido asimismo auxilio para tomar castillos en Gales si estallaba una sublevación en el norte. Cambridge aseguraba que Grey estaba al corriente del plan, mas sostenía que Scrope no había sido informado por él. Tales precisiones proceden de su propia súplica; no concuerdan plenamente con la versión más sucinta del acta acusatoria. No obstante, perfilan la logística que el conde pretendía hacer valer: un derecho dinástico no bastaba por sí solo; se precisaban un pretendiente visible, tropas venidas de Escocia y plazas fuertes dispuestas a rendir sus puertas.
La revelación de Mortimer confirió a Enrique tiempo para actuar. Borrow señala que el monarca no divulgó de inmediato lo que sabía. Preguntó a los acusados qué castigo merecían quienes urdían semejante crimen. Ellos respondieron que se les debía dar muerte entre atroces tormentos para escarmiento general. El rey ordenó entonces su arresto. A tenor del texto, confesaron los cargos durante el interrogatorio ante Enrique y los nobles congregados. Dicha confesión les fue atribuida por el acta; la crónica no pormenoriza las circunstancias en que se obtuvo.
El documento sitúa el 20 de julio, en el tercer año del reinado de Enrique V, un concierto acordado en Southampton. Menciona a Cambridge y a Grey, y añade a Henry Scrope, lord de Masham, en calidad de cómplice. La acusación es puntual en la fecha y en los actos proyectados, mas el procedimiento judicial permanece en la penumbra. Borrow refiere que Cambridge fue declarado culpable sin precisar quién emitió el fallo ni bajo qué fórmulas. El rey confirió a su hermano Thomas, duque de Clarence, una comisión para examinar la causa y proceder en nombre de la corona, junto a los pares convocados al efecto. La intervención de dicha comisión en el proceso no disipa el silencio procesal sobre el modo exacto en que se dirimió la culpabilidad.
Cambridge dirigió al soberano una misiva que Borrow reproduce en su grafía arcaica, fechada el 6 de agosto. Esta fecha, consignada por la compilación, no permite determinar por sí sola y con certeza la secuencia de los postreros acontecimientos. En ella reconocía haber consentido en el plan de conducir a Mortimer a Gales y proclamarlo soberano en el supuesto de que Ricardo II hubiese fallecido. Admitía también que una proclama tacharía a Enrique de usurpador, que Grey conocía el designio y que se preveía traer de Escocia a un hombre idéntico a Ricardo II con tropas de apoyo. En ciertos puntos, distinguía lo que Scrope sabía de cuanto él mismo había manifestado. Por último, remitía su suerte entera a la clemencia real.
Aquella carta no constituía una declaración de inocencia. Cambridge imploraba perdón y admitía haber obrado con malicia; sostenía, con todo, que terceros lo habían arrastrado al abismo y atenuaba la participación atribuida a Scrope. La precisión de esta súplica contrasta con la generalidad del pliego acusatorio, que refunde a los conjurados en un mismo designio criminal. Escribía al soberano cuya autoridad había intentado derrocar, suplicando conmiseración por la pasión de Cristo y por la gracia que Dios había depositado en manos del monarca. El documento conserva esa amalgama de confesión, delación parcial y desesperada esperanza de perdón.
Enrique no otorgó el indulto al conde. Cambridge, Scrope y Grey fueron decapitados en Southampton, al tiempo que el rey concedía el perdón a Mortimer el 7 de agosto. Borrow no precisa en este capítulo el día exacto de cada ejecución; la carta de Cambridge lleva fecha del 6 y el indulto de Mortimer, del 7. La cabeza y el cuerpo del conde recibieron sepultura en la capilla de God’s House. Su hijo Richard heredaría más tarde los derechos de la línea de Clarence. Sería el vástago de este último, nieto del ajusticiado, quien ceñiría la corona bajo el nombre de Eduardo IV.
El conspirador que pretendía situar a su cuñado en la cúspide del reino dejaba tras de sí a un vástago llamado a recoger la pretensión dinástica que había servido de pretexto a la traición. No podía sospechar que el cetro acabaría recayendo en su propio nieto. La crónica de Borrow reviste la conjura con estandartes, una corona empeñada, un doble de Ricardo II y promesas de oro francés; deja en mayor penumbra las razones íntimas del conde y los pormenores de la audiencia que lo condenó. La traición late en la carta remitida al rey. El destino de la dinastía, en cambio, sólo habría de zanjarse mucho después de su muerte.
