Las sentencias que segaron las vidas del mariscal de Marillac, del duque de Montmorency, de Cinq-Mars y de François-Auguste de Thou se escalonaron entre 1632 y 1642. Champagnac las congrega bajo el signo de la venganza de Richelieu; no obstante, los episodios que consigna revelan acusaciones dispares, jurisdicciones distintas y pruebas que la crónica no examina con idéntica minuciosidad. Conviene, por ende, discernir entre los hechos expuestos, los juicios del autor y las intenciones que este imputa al cardenal.
El mariscal de Marillac mandaba un ejército en el Piamonte y gozaba de amplios poderes delegados por el rey para concertar allí la guerra o la paz. La crónica lo presenta como un adversario manifiesto de Richelieu y asevera que Luis XIII habría prometido destituir a su ministro ante las vivas instancias de la reina. Tras la «jornada de los engañados», locución que consagró el brusco viraje del favor regio, un ujier despachado en nombre del monarca ordenó el arresto de Marillac en mitad de sus tropas. La orden le fue notificada poco después de haber tenido noticia de la supuesta caída en desgracia del cardenal; fue prendido por los mariscales de La Force y de Schomberg.
Richelieu, afirma Champagnac, pretendía condenar a muerte al general. Al resultar imposible imputarle un delito de traición, el cargo versó sobre concusiones y exacciones perpetradas en el ejercicio de su mando. En lugar de comparecer ante las salas reunidas del parlamento, Marillac hubo de presentarse ante comisarios especialmente designados. Los primeros jueces estimaron de rigor admitir sus descargos. Refiere el relato que tal resolución fue anulada y que se constituyó una nueva comisión, integrada por sujetos hostiles al mariscal; la causa prosiguió en Rueil, en la casa de campo de Richelieu.
Se escudriñaron las antiguas operaciones de Marillac. La crónica, haciéndose eco de un apunte de Voltaire, refiere que se le reprocharon abusos y pretéritos lucros ilícitos presuntamente obtenidos por él o por sus criados durante la edificación de la ciudadela de Verdún. El mariscal arguyó que los agravios versaban sobre heno, paja, piedras y cal, y protestó contra el rigor de que era objeto. El veredicto lo condenó por peculado, concusiones y extorsiones; asimismo, ordenaba detraer cien mil escudos de sus bienes para reintegrar lo presuntamente expoliado. Marillac rebatió los cargos y declaró que su patrimonio distaba de alcanzar la cuantía exigida.
Sus allegados imploraron la gracia del soberano. Sostiene la narración que Richelieu, incomodado por su presencia, los hizo desalojar. El 10 de mayo de 1632, Marillac fue conducido a la plaza de Grève, con las manos atadas a la espalda. Un caballero de la guardia nocturna le expresó su pesadumbre al contemplarlo en semejante estado; el mariscal repuso, según Champagnac, que la compasión debía recaer sobre el rey antes que sobre su persona. Fue degollado. Añade la crónica que varios amigos le habían propuesto facilitarle la fuga, pero que él rehusó; achaca esta negativa a la confianza ciega en su inocencia, si bien no aporta testimonio independiente alguno que lo corrobore.
La segunda condena de aquel año fue la del duque de Montmorency, mariscal y gobernador del Languedoc. Coligado con Gastón, duque de Orleans y hermano del rey, levantó huestes contra los ejércitos reales. En las inmediaciones de Castelnaudary, advirtió las vacilaciones de Gastón y arremetió en solitario contra los batallones del rey. Se abrió paso entre sus filas, cayó acribillado a heridas y fue capturado. Asevera la crónica que Gastón y los suyos no hicieron ademán de socorrerlo; refiere así el desamparo del duque a través de un prisma netamente desfavorable al hermano del monarca.
La causa fue sustanciada por el parlamento de Toulouse. Varios grandes del reino rogaron al rey que mitigara la pena; Champagnac consigna que el soberano les respondió que un monarca no podía albergar los sentimientos de un particular, tras lo cual ordenó al mariscal de Matignon ejecutar a Montmorency. Otra anécdota, tenida por incierta por el propio texto, sostiene que se halló entre las ropas del reo un brazalete con el retrato de la reina Ana de Austria. La relación no presenta esta joya en calidad de prueba judicial. Montmorency fue decapitado en el ayuntamiento de Toulouse el 30 de octubre de 1632, a los treinta y ocho años. La crónica juzga esta muerte como un crimen político y ensalza su denuedo, mas omite las actas procesales que permitirían ponderar las pruebas de su sedición.
Diez años más tarde, el proceso de Cinq-Mars y de su amigo de Thou volvió a situar ante el lector la cuestión de los crímenes de Estado. El propio Richelieu había introducido a Henri d'Effiat, marqués de Cinq-Mars, junto a Luis XIII en calidad de valido, granjeándole diversas dignidades, entre ellas la de gran caballerizo de Francia con apenas diecinueve años. Afirma la fuente que Cinq-Mars acabó por aborrecer al cardenal que lo había encumbrado, al tiempo que alimentaba un hondo descontento hacia el rey; atribuye a Richelieu palabras humillantes que habrían espoleado su rencor. Tal móvil emana de la pluma de Champagnac y no del resultado de pesquisas acreditadas.
Cinq-Mars concertó alianzas con el conde de Soissons, el duque de Bouillon y Gastón de Orleans. Concluyó asimismo, según la crónica, un tratado secreto con el conde-duque de Olivares para que un ejército español penetrase en Francia y desatara el caos. Al descubrirse el concierto, Cinq-Mars se hallaba junto al monarca en Narbona; Richelieu yacía postrado por la enfermedad en Tarascón, mas conservaba incólume su poder. Una copia del tratado cayó en manos del cardenal, quien dio cuenta inmediata al rey. Cinq-Mars fue detenido en Narbona y conducido a Lyon. La causa exigió, según el cronista, nuevas probanzas; Gastón reveló los pormenores a cambio de obtener el perdón regio. El duque de Bouillon también fue prendido mientras mandaba el ejército en Casale, pero salvó la vida; la crónica atribuye su indulto a la preeminencia estratégica de su principado de Sedán.
Cinq-Mars fue condenado y decapitado en Lyon el 12 de septiembre de 1642, a la edad de veintidós años. Champagnac pone en labios de Luis XIII un comentario cínico sobre su antiguo favorito, proferido en el instante presunto de la ejecución. La sentencia, incontrastable en este punto, sirve al cronista para ilustrar la frialdad del soberano, mas no debe confundirse con los testimonios de las actas procesales.
François-Auguste de Thou, hijo del célebre historiador Jacques-Auguste de Thou, había mantenido una estrecha intimidad con Cinq-Mars. Recayeron sobre él sospechas de haber conocido los designios de los conjurados sin haberlos denunciado. Sostuvo ante los magistrados que no había podido aportar pruebas contra Gastón, el duque de Bouillon o Cinq-Mars, y que acusarlos sin fundamento legal lo habría expuesto a él mismo a una condena por calumnia. La crónica reproduce una versión de Voltaire según la cual de Thou intentó en verdad disuadir a Cinq-Mars de su empresa y le instó a revocar el tratado. Cita asimismo un careo en el que Cinq-Mars habría corroborado las advertencias de su amigo. Semejante testimonio, en la arquitectura editorial de Champagnac, sustenta la tesis de la inocencia; con todo, no nos suministra ni el texto íntegro de la resolución de la comisión ni los legajos de la causa.
Asegura la fuente que, al enterarse de la condena de su compañero, Cinq-Mars se arrojó a sus pies bañado en lágrimas; de Thou lo alzó del suelo y lo exhortó a morir cristianamente. Fue ajusticiado junto a él a los treinta y cinco años de edad. Si la condena de Cinq-Mars descansaba, según el texto, en la copia del tratado estipulado con España y en las revelaciones de Gastón, la de Thou castigaba estrictamente su silencio. Champagnac tacha esta justicia de imposición de comisarios antes que de sentencia auténtica, y ensalza por contraposición la entereza de magistrados como Molé y Bellièvre, quienes habrían desafiado las presiones de la corte en otros célebres procesos.
Lo que amalgama estas causas en las páginas de Champagnac no radica, pues, en la identidad del cargo, sino en la gravitación del poder sobre el tribunal: una comisión designada a capricho por el ministro, un parlamento de provincias, las delaciones de un allegado o el silencio de un amigo. Incumbe al lector discernir entre el veredicto formal y la incriminación política que lo envuelve. Las ejecuciones son hechos ciertos; la sed de venganza que el cronista atribuye a todas ellas permanece como una mera conjetura de su ingenio.
