Cuando Lyon capituló, el 9 de octubre de 1793, la caída de la ciudad no puso fin a la contienda. Mudó tan solo su escenario y sus instrumentos. Refiere Champagnac que, concluido el asedio, la Convención ordenó prender y juzgar por la vía militar a cuantos hubiesen empuñado las armas, desarmar a la población y arrasar la urbe, destinada a perder su nombre para convertirse en Commune-Affranchie. El decreto preservaba, no obstante, las moradas de los menesterosos, las manufacturas, los hospitales y los monumentos públicos. Semejante excepción, en medio de una orden de exterminio, evidencia en el texto la distancia insalvable entre el lenguaje de la ley y la violencia prometida.
Apenas llegado a la plaza, Collot d’Herbois habría señalado con un golpe de martillo la primera casa condenada a desplomarse. Consigna Champagnac que, a dicha señal, ochocientos operarios acometieron la demolición de las calles más hermosas, con un dispendio de once millones y medio de libras. Mas echar abajo los muros no constituía sino una parte de la empresa. Una comisión revolucionaria de cinco miembros debía proceder al examen de las personas, y el cronista retrata a sus jueces con indumentaria militar, luenga mostacho, penacho carmesí, sable al cinto y una pequeña hacha prendida sobre el pecho. Dos sesiones cotidianas en la Casa Consistorial convertían la justicia en una apremiante sucesión de fallos sumarísimos.
La pauta que él refiere se ceñía a unas pocas preguntas: el nombre, el oficio, la conducta observada durante el asedio y la delación. A la respuesta no seguía debate alguno que ventilase los cargos; zanjaba la cuestión el ademán del magistrado. Escribe Champagnac que el primer juez tocaba su hacha para sentenciar a la guillotina, el segundo se llevaba la mano a la frente para remitir al reo al pelotón de fusilamiento, y el tercero tendía la mano sobre el bufete para eximirlo del cadalso. Los supuestos enumerados por la crónica dilataban aún más el peligro: haber combatido durante el cerco, manifestado compasión hacia los sacerdotes, haberse opuesto a los miembros de los clubes, presentarse sin la escarapela o, sencillamente, ser acaudalado.
Siete individuos, a tenor de esta misma relación, comparecían cada diez minutos; apenas inscritos, cedían su puesto a otros siete. Los sótanos del Hôtel-de-Ville se colmaron de cautivos a la espera de su turno. En torno a ellos, la crónica sitúa a soldados llegados de París y una cadena incesante de mandatos de derribo. Consigna incluso que se barajó hacer estallar una mina para acelerar la destrucción y sepultar a los presos hacinados en las galerías subterráneas, propósito que habría sido expuesto por Collot ante la Convención. Tal idea no prosperó; a los reos se los condujo hacia los cañones.
Una primera expedición, según la refiere Champagnac, se inició con sesenta y nueve muchachos sacados de la prisión de Roanne. Conducidos a Les Brotteaux, atados de dos en dos por las manos, quedaron dispuestos entre zanjas paralelas custodiadas por la tropa. Las piezas de artillería apuntaban en su dirección. Refiere la crónica que las víctimas avanzaron entonando cánticos y que la descarga las abatió sin segar todas las vidas de golpe. Los soldados cruzaron entonces los fosos y remataron a sablazos a quienes aún respiraban. Dos horas más tarde, escribe el autor, no todos habían exhalado el último aliento. El relato no consiente que la ejecución quede reducida al estrépito de una salva: muestra el encarnizamiento de los golpes y la prolongada agonía de los cuerpos.
Al día siguiente, idéntico suplicio debía reservarse a una partida de doscientas ocho personas concentradas en la cárcel. Quince reclusos, asevera la relación, lograron fugarse durante la noche. Para completar la cifra fijada, los agentes apresaron en plena calle a mozos de cordel y agregaron a otros reos; varios protestaron arguyendo que se los detenía en sustitución de un sentenciado, mas fueron igualmente arrastrados ante la comisión, que no se dignó interrogarlos. La cuenta misma acabó por alterarse: sobre el puente Morand, los verdugos encargados del ajusticiamiento hallaron a doscientos diez. Atribuye Champagnac a Collot estas palabras al ser advertido del descuadre: «Poco importa […] que haya dos de más; si pasan hoy, no habrán de pasar mañana».
Los cautivos fueron atados por la espalda a una maroma afianzada a los árboles de una alameda de sauces; enfrente aguardaba la tropa con dos cañones. A la señal convenida, las descargas cerradas y la metralla desgarraron la formación. La cuerda rota permitió que algunos supervivientes mutilados intentaran huir, si bien la caballería les dio alcance, según Champagnac, antes de que las culatas y las bayonetas concluyeran la faena. También allí apunta el autor que varias víctimas continuaban con vida a la mañana siguiente. El cómputo, la escena y las expresiones vertidas pertenecen a su crónica; deben entenderse como el testimonio retrospectivo que él hilvana, y no a título de acta judicial incorporada al capítulo.
En el seno de esta letanía de condenas, el texto aísla destinos que el ademán de un juez o la providencial llegada de un pliego aún podían torcer. Laurenson, oficial municipal, figuraba en la nómina de los condenados a pesar de que su comuna había exigido su excarcelación. Lo describe Champagnac ya tendido sobre el madero cuando un gendarme compareció portando el indulto. Se le desató; estaba a salvo, pero había enloquecido. El cronista pone en su boca palabras que no traslucen alivio, sino la impronta imborrable del cadalso ya clavada en su mente: inquiría si su cabeza no rodaba por el suelo y creía ver brotar la sangre hasta anegar sus zapatos.
Otra de las víctimas consignadas por Champagnac es Marie Adriam, de dieciséis años de edad. Según su testimonio, había vestido ropas de varón y servido en la artillería durante el asedio. Reconvendida por haber hecho fuego contra su patria, replicó que la había defendido. Da cuenta asimismo la crónica de la suerte de otra joven coetánea, condenada por negarse a lucir la escarapela. Un magistrado hizo que le prendieran una en la cofia, advirtiéndole que con ello salvaría la vida; ella se la arrancó y se la devolvió. Estos episodios singulares desvían por un instante la mirada de la masa anónima para fijarla en dos determinaciones inflexibles: la una reivindica su proceder en defensa de la villa; la otra rechaza el emblema que le hubiese franqueado el perdón.
El propio capítulo contrapone al rigor de las condenas actos de entereza y devoción fraterna. El primogénito de los hermanos Bruyset, postrado por la enfermedad, no podía comparecer ante la comisión; su hermano se habría presentado en su lugar. Preguntado sobre si la firma estampada en los billetes de curso fiduciario emitidos durante el asedio era suya, habría contestado que se trataba en efecto de la firma Bruyset, valiéndose del equívoco para poner a salvo a su hermano. Refiere asimismo Champagnac que Badger, cuyo hermano se hallaba malherido, fue apresado en su puesto y guardó silencio, aun cuando una sola palabra le habría valido la salvación. Estos gestos quedan retratados como sacrificios consentidos bajo el peso de la muerte, sin atribuir a tales hombres más motivo que el arrojo filial.
Los clérigos comparecen a su vez en estas páginas como condenados perseguidos por causa de su ministerio. Da cuenta Champagnac de la contestación de un eclesiástico que se avenía a morir si los jueces cumplían con su ley, habida cuenta de que la suya le imponía perdonar a sus enemigos. Atribuye a un párroco de Amplepuis esta réplica al presidente, quien le inquiría si creía en el infierno: «¿Cómo dudar de él —repuso—, si os estoy viendo?». En el trance de la muchacha que imploraba la muerte tras haber perdido a su padre y a sus hermanos, la comisión, siempre al decir del mismo texto, desoyó sus súplicas y mandó retirarla. Semejantes excepciones no quebrantaban el engranaje punitivo; tan solo evidenciaban sus contados titubeos o la postrera resistencia de quienes caían bajo su peso.
Champagnac extiende ulteriormente su cuadro a otras plazas y relata en particular las ejecuciones perpetradas en Tolón tras la reconquista del enclave en diciembre de 1793. No obstante, la tragedia lionesa conserva su pulso privativo: expira el asedio, el decreto sentencia el aniquilamiento, una comisión erige los ademanes de sus miembros en veredictos inapelables y las cuerdas de presos marchan en masa hacia Les Brotteaux. Entre las cuotas prefijadas y los dos individuos añadidos al azar, entre la gracia remitida a Laurenson y el hermetismo de Badger, la crónica deja al descubierto una justicia donde el destino individual no emana de la instrucción procesal, sino del arbitrio instantáneo. La ciudad bien podía mudar de nombre; quienes aguardaban en sus mazmorras carecían por entero de poder alguno para revocar el signo que los enviaba a la muerte.
