Cuando Jane Gibbs salió de la sala de Westminster, el 24 de octubre, los abucheos la persiguieron. Acababa de ser absuelta de una acusación de agresión contra un mensajero del Almirantazgo. El demandante no había sostenido su testimonio inicial. El presidente del tribunal ordenó que se la retuviera en el banquillo de los acusados hasta que la multitud se dispersara. Borrow añade que los alguaciles tuvieron que protegerla. El veredicto no había acallado los rumores en torno a ella; el público creía conocer de antemano su nombre y cuanto este significaba.
Borrow refiere que había abandonado la granja de su padre a los trece años y marchado a Londres para ganarse la vida con la aguja. Una lavandera la habría acogido sin la anuencia de su patrona; más tarde, Jane pasó de una casa a otra y fue despedida de un empleo debido a que oía mal la campanilla, según su propia versión. Esta semblanza procede de la crónica, no de una investigación independiente.
Pocas semanas antes, otro proceso había planteado la misma cuestión de credibilidad, mas con Jane en el papel de denunciante. John Beck comparecía ante el Old Bailey, encausado por haberle robado en Kensington Gardens. Ella sostenía haberse sentado en un pabellón del jardín, con una labor de costura sobre las rodillas, convaleciente de una enfermedad. Un hombre se había colocado a su lado y le había preguntado dónde vivía. Ella le había respondido que no era una muchacha fácil y que él no se tomaría libertades con su persona.
En su declaración, Jane relató que había sacado una cartera de marroquí rojo para buscar el cambio de un chelín. En ella guardaba diez guineas de oro y algunas monedas sueltas. Beck, según afirmó, le había propuesto dar un paseo. Otro hombre había entrado en el pabellón y conversado con él; ella, demasiado sorda según aducía, no había podido comprender su plática. Al quedar a solas con Beck, este la habría sujetado por los brazos, derribado sobre el banco e inmovilizado con la rodilla para arrebatarle la cartera.
Aseguró luego haberlo perseguido a través del jardín a lo largo de casi tres cuartos de milla, antes de que varios hombres acudieran en su auxilio. Beck habría gritado: «¡Una loca!», mientras ella clamaba por socorro. Una vez alcanzado, habría admitido haberse apoderado del dinero, para luego recogerlo y guardarlo de nuevo en su bolsillo por orden del capitán Willis. Intentó después convencer a Jane de que no lo llevara ante la justicia. Un testigo exhibió las monedas, cuya descripción coincidía con la de Jane. Stephen Leyard y Thomas Winter confirmaron haber tomado parte en la persecución y el arresto de Beck.
La crónica de Borrow da cabida a otra versión en boca del prisionero. Beck sostenía que Jane lo había atraído al pabellón y convidado a seguirla hacia su aposento, y luego hacia los sotos. La había conocido, decía, cuando ella se hacía pasar por viuda de un oficial. Según sus palabras, ella se había apoderado del dinero en cuanto él lo extrajo del bolsillo; él lo había recuperado tras exigirle que lo restituyera, y luego se había marchado. Los braceros que faenaban cerca de allí habrían podido oír los gritos si hubiese mediado violencia alguna, argumentaba. Ambos relatos atribuían a la otra parte el primer ademán del despojo.
La defensa de Beck no fue lo único que menoscabó la declaración. El doctor Ford, que se lo había encontrado por azar en los tribunales, declaró haber vivido con Jane un altercado semejante. Borrow refiere que ella lo había abordado una noche en una calleja mal alumbrada y, acto seguido, lo había acusado de haberle quitado dinero cuando él rechazó sus pretensiones. Varios hombres afirmaron igualmente haberla encontrado en circunstancias que juzgaban parecidas. Uno de ellos recordaba una disputa a cuenta de un pañuelo. Más perturbador aún: tras el veredicto, un miembro del jurado declaró haber sufrido él mismo un trato semejante por su parte. Borrow califica a este hombre de respetable; no se interroga sobre este recuerdo personal, revelado tan solo una vez adoptada la decisión. Un oficial contó que ella le había pedido dinero aduciendo carecer de colocación.
Estos testimonios atañían a otros episodios, mas trocaron el curso de la sala de audiencias. Numerosos espectadores se presentaron sin haber sido convocados. La crónica impresa describe sus declaraciones como una serie de probanzas del «carácter» de Jane, aun cuando no demostraban lo acaecido en el pabellón. El jurado juzgó haber escuchado suficientes testimonios y emitió de inmediato un veredicto de no culpabilidad para Beck. La absolución no probaba la versión ofrecida por este; significaba tan solo que el jurado no había admitido la acusación de robo.
La reacción posterior desbordó el fallo. Jane fue silbada y abucheada a la salida de la sala. Los alguaciles mayores la hicieron escoltar por corchetes para sustraerla a la multitud. Borrow narra entonces el episodio de un mensajero del Almirantazgo llamado Evans, a quien ella habría abordado en el Strand. Este sostenía que ella había caminado a su lado, lo había acusado de haberla despojado y convocado a la guardia en plena vía pública. William Blogg, que conocía su nombre, aconsejó a Evans que la condujera a la prevención. Allí, el inspector de ronda aseguró que ella había sacado dinero de su bolsillo y afirmado que no tenía necesidad de extorsionarlo, pues poseía de sobra.
En esta ocasión, las palabras de Jane contradecían el testimonio del mensajero. Explicó asimismo cómo se había visto en la calle: tras buscar en vano a un antiguo patrono en Woolwich, había descubierto que su vivienda había sido alquilada a otra persona. Había trasladado su baúl a una nueva dirección; el dueño del alojamiento anterior la había seguido y convencido a los nuevos caseros de que le cerraran la puerta. Según su deposición, aguardaba cerca de la iglesia a un hombre a quien debía dar cuenta de su búsqueda. Dijo que Evans la había abordado cerca de la iglesia de San Clemente, que había pretendido que lo acompañara al teatro y que, tras injuriarla, la había conducido a la prevención. Negó haber sostenido jamás que él le hubiese robado. La vista preliminar concluyó con su remisión ante las sesiones de Westminster. En la prisión de Tothill Fields fue conducida a una celda apartada para salvaguardarla de las demás reclusas. El magistrado consideró incoherente su proceder y la creyó tal vez desquiciada; Borrow agrega que aparentaba ser sorda, pero que percibía ciertas palabras. Estas son las valoraciones consignadas por el autor, no un diagnóstico facultativo establecido en el texto.
El 24 de octubre, Evans no ratificó su declaración y Jane fue absuelta. Fue esta la salida bajo escolta evocada al principio de este relato.
Tras Westminster, Borrow le sigue los pasos hasta Windsor. Allí habría acusado a un mozo de cuerda llamado Silver de haberle hurtado quince chelines durante el trayecto entre Slough y Eton. El magistrado, al advertir sus contradicciones, desestimó la querella. Algunos vecinos la habían reconocido; no tardó en abandonar la ciudad. La obra refiere luego que fue encerrada en el New Compter y trasladada después a Bedlam tras haber sido declarada demente. Hace hincapié en sus mudables ademanes —llantos, temblores, miradas de desafío—, pero no aporta acta clínica alguna ni dictamen médico detallado.
Borrow le atribuye, en el instante del traslado, lágrimas y una protesta: sostenía no estar loca. La acompañaba un miembro de su familia. La crónica, que con tanta presteza la había descrito al trasluz de los improperios ajenos, preserva así su desmentido a las puertas del manicomio. Se ignora qué fue después de esta mujer, de quien los tribunales escucharon tantas versiones y cuyo destino tan poco lograron desentrañar.
