La condesa se había levantado de la mesa para no alarmar a los suyos. Cuando regresó, ya era demasiado tarde para interrumpir el almuerzo: sus hijas experimentaban los mismos malestares. En el castillo de Rasay, el 6 de septiembre de 1828, unas sopas de pan servidas a las diez de la mañana introdujeron el peligro en la comida familiar. Se llamó a un médico, se atendió a los enfermos y pronto una sospecha recorrió toda la casa: ¿procedía el mal de la cocina, de algún recipiente o de alguien que hubiera podido acercarse a él?
La señora de Saint-Chamans se hospedaba en casa del conde Louis de Saint-Chamans con sus hijas, las señoras de Marray y de Tourette. Los dos hijos de esta última, Henri y Ernest, también se encontraban presentes. Los adultos lograron restablecerse. Henri recibió los cuidados prescritos; Ernest dormía en el momento en que el médico prohibió que se le despertara. Su estado empeoró durante la noche y falleció a la tarde siguiente. La crónica subraya esta disparidad en la atención médica, sin aportar elementos bastantes para determinar si aquello habría podido salvar la vida del pequeño. La familia había perdido a uno de los suyos y la investigación debía comenzar en las estancias de la servidumbre.
Se examinaron las cacerolas. No se halló rastro alguno del cardenillo de cobre que en un principio se sospechaba. Esta primera pesquisa parecía descartar una explicación cómoda: la de un utensilio mal conservado. Ahora bien, la limpieza de la cocina era precisamente objeto de reiteradas quejas por parte de Marie Plessé, doncella de la señora de Marray, conocida en la casa con el nombre de Julie. La cocinera, la viuda Bordier, ocupaba un puesto que Julie ambicionaba. La sospecha adoptaría así la forma de una rivalidad por asegurarse un empleo.
Marie debía desposarse en breve con Gambier, ayuda de cámara del conde. El matrimonio los obligaría a marcharse, pues sus señores no deseaban conservarlos a su servicio una vez casados. Pensaban trasladarse al norte, de donde era natural Gambier. Julie, sin embargo, anhelaba permanecer en Rasay como cocinera. Su porvenir dependía de una decisión ajena: contraer matrimonio significaba perder su colocación, y quedarse en el castillo requería que quedara vacante el puesto ocupado por otra mujer. Para la acusación, predisponer a la familia contra la viuda Bordier habría allanado el camino hacia ese relevo. Tal conjetura dotaba de un móvil a aquel percance de mesa, pero aún quedaba por demostrar que el afán por un empleo se hubiera traducido en un acto criminal.
El día del almuerzo, Julie atribuyó los malestares a la falta de aseo de la cocinera. Al día siguiente sostuvo ante esta lo contrario, asegurándole que su cazuela no tenía culpa alguna. Se recordó asimismo que no había comido con los demás sirvientes, que había bajado más tarde y que había permanecido cerca de los fogones. La viuda Bordier había entrado y salido en repetidas ocasiones. La instrucción buscó en tales ausencias la ocasión propicia para un ademán que nadie afirmó haber presenciado. Los trajines ordinarios de la cocina se convirtieron en los intervalos donde situar una acción encubierta.
Tras su detención, Marie negó los hechos en un principio. Más tarde reconoció haber vertido una sustancia nociva en la preparación, aunque atribuyendo a su acción un propósito muy distinto. Afirmó que pretendía indisponer a Ferrand, el criado que había llevado la fuente a la mesa, para vengarse de sus requerimientos amorosos. Creía, según dijo, que aquel plato estaba destinado a él. Su relato admitía un acto deliberado, pero rebatía tanto a las víctimas alcanzadas como la gravedad pretendida. No coincidía, por tanto, con el móvil profesional que se le había atribuido en primera instancia.
Varios facultativos examinaron el objeto del que, según ella, procedía la sustancia. Dictaminaron que la cantidad susceptible de haberse extraído de él no podía explicar los graves síntomas observados ni la muerte de Ernest. La propia cocinera había enfermado tras probar el caldo. La confesión parcial no resolvía el origen del mal: o bien la explicación de Marie era incompleta, o bien faltaban aún otros elementos. La justicia se hallaba ante una mujer que admitía haber querido causar daño y ante unos efectos que su propia versión resultaba insuficiente para explicar.
La autopsia de Ernest no ofreció, sin embargo, ningún signo incontrovertible de envenenamiento. Tampoco se demostró que Marie hubiera obtenido otra sustancia. En la casa había arsénico adquirido para uso doméstico; una parte se guardaba en un secreter que no se cerraba con llave. La servidumbre tenía libre acceso a él. Esta circunstancia alimentaba la acusación, pero no demostraba que Julie hubiera tomado nada de allí. Entre la presencia de una sustancia en una morada y su empleo por una persona determinada, mediaba una distancia que las meras sospechas no lograban salvar materialmente.
La instrucción abrió entonces una segunda causa dentro de la primera. Varias personas habían creído advertir que Marie estaba encinta en primavera. Hacia finales de mayo había caído enferma; se habían visto manchas de sangre en su alcoba y en su ropa blanca. Por entonces ofreció explicaciones que se tuvieron por satisfactorias. Tras el almuerzo mortal, tales recuerdos cobraron un nuevo sentido. Todo aquello que había quedado postergado en la vida de la sirvienta regresaba ante la justicia, mezclado ahora con una acusación cuyas pruebas debían, no obstante, deslindarse con rigor.
Cuando se ordenaron las pesquisas, Marie reconoció haber quedado embarazada de Gambier. Declaró haber dado a luz a un niño muerto el 27 de mayo, tras haberse lastimado al acarrear un barreño. Dijo asimismo haber ocultado el cadáver varios días antes de deshacerse de él. Fue hallado en las letrinas, en avanzado estado de descomposición. Los peritajes lo describieron como un feto a término, lo cual no cuadraba con la fecha de concepción alegada por Marie. Esta contradicción afectaba a la duración del embarazo, mas no bastaba por sí sola para transformar un parto clandestino en un homicidio probado.
La crónica añade testimonios recogidos de antiguos señores: sospechas de embarazos, defunciones acompañadas de síntomas que algunos relacionaban retrospectivamente con el veneno. Estas conjeturas extendieron en torno a Marie una sombra de peligro, sin constituir en modo alguno delitos demostrados. Revelan sobre todo cómo una primera causa judicial puede atraer hacia sí sucesos que habían permanecido largo tiempo inconexos. El tribunal debía pronunciarse sobre dos acusaciones precisas: la de envenenamiento y la de infanticidio. El hecho de que ambas se hubieran instruido a la par no obligaba a que el fallo fuera idéntico.
Los debates comenzaron el 22 de diciembre de 1828 ante el tribunal de lo criminal de Indre-et-Loire y se prolongaron durante tres sesiones. Marie, a quien en un principio se describió como serena, sufrió sucesivos desvanecimientos. La antigua crónica se recrea en esta mudanza, que no sustituye, empero, al examen de las pruebas. Los testigos reiteraron lo sustancial de los hechos ya consignados. El 24 de diciembre, el jurado la declaró inocente de infanticidio y culpable de envenenamiento. La hicieron comparecer para notificarle el veredicto; se desmayó, y la crónica refiere que no pareció oír la sentencia de muerte.
El texto no relata lo acaecido tras esta condena. Deja a una familia sumida en el luto, a una sirvienta condenada por un cargo y absuelta por otro, y una explicación incompleta cuyo alcance habían refutado los peritos. Conviene mantener estas distinciones hasta el final. La criatura hallada en las letrinas no podía sumarse a Ernest como una segunda víctima judicialmente atribuida a Marie Plessé. La sopa de pan había reunido a la familia en torno a una misma mesa; la instrucción había congregado dos causas sobre una misma mujer. El veredicto, por su parte, se encargó de separarlas.
