A medianoche, la novia había desaparecido. La llamaron en el jardín, batieron el parque, corrieron hasta su alcoba y a casa de sus amigas. El señor de Bärwalde mandó incluso preparar el vaciado del estanque: se temía que Rosalie se hubiese arrojado a las aguas. La fiesta, comenzada pocas horas antes, había dejado tras de sí una silla vacía y un miedo que contagiaba a los invitados.
En 1837, Wilhelm Klett, ebanista del señorío, había tomado por esposa a Rosalie Wiesner, hija del cervecero del dominio. Ambos habían salido de la iglesia protestante con sus convidados para acudir a un pabellón del jardín que se cedía a los lugareños en días señalados. El barón, los administradores y Xaver Bamberger, el guardabosques, permanecieron en el convite. Bamberger contaba treinta y seis años. El cronista lo retrata como un oficial exacto, estimado por su señor y tenido en el pueblo por hombre sosegado.
Durante la velada, sin embargo, se mostró esquivo. Al bailar con Rosalie, le apretó la mano y le dijo que debía hablarle a solas de un asunto apremiante que concernía a su marido. Ella accedió a la cita pues creyó que pretendía advertirla de un peligro que amenazaba a su recién formado hogar. Hacia la medianoche, cuando los danzantes se preparaban para la siguiente tanda, Bamberger se guardó unos trozos de pastel en el bolsillo y salió. Rosalie fue a su encuentro en el jardín.
El cochero Samuel Hänel había recibido la orden de tener dispuesto un carruaje tras el parque, con los caballos enganchados, a la espera de nuevas instrucciones. Ignoraba las intenciones de Bamberger. Cuando este llegó con Rosalie, la metió en el coche y le ordenó guardar silencio. Ella suplicó a Hänel que la devolviese al festejo; él prosiguió la marcha. Más tarde declararía que temía que su señor le descerrajase un tiro si intervenía. Oyó, con todo, los lamentos y los alaridos de la joven, mas no detuvo los caballos.
El carruaje abandonó la aldea por un sendero forestal. Lejos de Bärwalde se alzaba la torre de Reineck, vieja edificación aislada en mitad de la espesura. Bamberger guardaba la llave. Había mandado habilitar en la cúspide una estancia minúscula, con un jergón de paja, una mesa y cuatro ventanucos abiertos junto a la techumbre. La puerta de hierro se atrancaba desde el exterior con una cerradura maciza. Nada, en aquel refugio, podía prestar auxilio oportuno a una mujer.
Al llegar, Rosalie se hallaba medio desvanecida. Bamberger la subió en brazos hasta el aposento. Colocó sobre la mesa una pistola de dos cañones cargada y le advirtió de que debía obedecerle; si oponía resistencia, la vida de ambos tocaría a su fin. Ella rompió a llorar, intentó zafarse y le suplicó que la restituyese a su marido. Él la contuvo por la fuerza y la forzó. La crónica refiere que reiteró su agresión y luego descendió a buscar agua al pozo. Había llevado pasteles y un jarro, pero aquellas provisiones en nada aliviaron el encierro de Rosalie.
Bamberger echó la llave a la torre y regresó en su coche. Ordenó a Hänel no revelar nada. El cochero, que había oído clamar a Rosalie, obedeció al principio; mas, llegado al dominio, acudió ante el barón y le refirió cuanto había visto y escuchado. El señor dispuso de inmediato un nuevo tiro de caballos. A las seis de la mañana partió con el padre de Rosalie rumbo a Reineck. Hallaron a la muchacha sobre el jergón, febril e incapaz de tenerse en pie. Su padre intentó abrazarla; ella lo rechazó en un primer momento, diciéndole luego que prefería la muerte de su propia madre antes que verla contemplar su desdicha en semejante estado. Cuando su joven esposo se acercó a tomarle la mano, Rosalie le rogó que no la tocase: se consideraba deshonrada y creía que la felonía había separado sus vidas para siempre. Pidió permanecer con su familia.
En cuanto pudo prestar declaración, Rosalie relató la violencia de Bamberger y explicó que lo había seguido al jardín creyendo que era portador de noticias sobre su esposo. El cochero confirmó el trayecto, los gritos y su propia negativa a frenar. Bamberger, por su parte, no negó el secuestro. Confesó haber preparado el viaje, acondicionado la torre y portado la pistola. Reconoció asimismo que pretendía apoderarse de Rosalie, de quien aseguraba estar prendado, y que su designio era trasladarla más lejos, a una pequeña propiedad que poseía a diez horas de camino. Creía que allí lograría convencer al esposo para que tramitara el divorcio y ganarse el beneplácito de sus progenitores. Este plan explica por qué había elegido una torre apartada del pueblo y prevenido el carruaje antes de hablar con la joven: no buscaba revelarle novedad alguna, sino aislarla antes de que comprendiese sus intenciones.
La enfermedad de Rosalie demoró las pesquisas. Sus quebrantos nerviosos y las fiebres se prolongaron más de cinco meses; en noviembre, un dictamen facultativo descartó al fin el peligro de muerte. No se hallaba encinta.
La defensa procuró desvirtuar esta cronología. El letrado de Bamberger adujo un encuentro consentido en el jardín y que la coacción solo había sobrevenido en el momento de la partida; invocó asimismo la embriaguez para atenuar la responsabilidad de su patrocinado. Pero Bamberger no había manifestado estar ebrio, ni Hänel lo había descrito de tal guisa. El cochero había presenciado ante todo cómo Rosalie se debatía y la había oído clamar auxilio. Los testigos elogiaban la conducta pretérita del funcionario; su consideración, sin embargo, no bastaba para acallar los clamores de la noche ni las confesiones del encausado.
La sentencia dictada en enero de 1838 condenó a Bamberger a trabajos forzados a perpetuidad por el rapto de una mujer casada —cometido contra su voluntad con violencia y amenaza de muerte— y por violación. Al cochero Hänel se le impusieron tres meses en un correccional: el tribunal consideró que había dejado avanzar el coche a despecho de las súplicas de Rosalie, mas apreció también que desconocía los designios de su amo y que lo había delatado nada más regresar. Bamberger suplicó entonces al barón que intercediera para recabar el perdón de Rosalie, de su esposo y de sus padres.
El barón intercedió ante la familia y ante el soberano. Sin embargo, en la secuencia de los hechos transmitida, ya no cabía implorar el perdón del marido: Wilhelm Klett había muerto. La crónica no precisa la causa del deceso. El padre de Rosalie se avino a consentir un nuevo matrimonio; la hija se resistió. Decía ser incapaz de creer en el amor de un hombre que la había ultrajado de tal suerte. Se mostraba dispuesta a perdonar el agravio, pero temblaba a la sola idea de verse a solas con él.
El señor insistió. Apeló al arrepentimiento del guardabosques, a su porvenir y al desconsuelo de su anciano padre. Rosalie terminó por doblegarse a la voluntad del barón. Durante una entrevista en prisión, tendió la mano a Bamberger entre lágrimas. El monarca conmutó finalmente la condena por una multa de dos mil táleros, repartida entre la caja de socorro de los menesterosos y la de la iglesia de Bärwalde. La resolución aludía a su hoja de servicios, al arrepentimiento, a los más de siete meses de cautiverio, a la reconciliación y a las bodas proyectadas. Bamberger fue puesto en libertad y restituido en su oficio.
El casamiento de Rosalie y Bamberger figura con fecha del 21 de agosto de 1838. Las indicaciones cronológicas del capítulo sobre el fallecimiento de Klett y las gestiones del indulto resultan contradictorias; no permiten fijar con certeza el cómputo de aquellas etapas intermedias. Un epílogo asevera que Bamberger terminó por ganarse el amor de Rosalie. Tal conclusión compete al cronista. El rechazo inicial de la joven, su terror y las presiones que precedieron a su consentimiento perviven, de igual modo, en las páginas de la relación. La condena a perpetuidad había sido borrada; tocaba ahora a la víctima convivir con aquel a quien había llevado a juicio.
