La cena y la orden de detención
El preboste de Auvernia había cenado con el vizconde de La Mothe-Canillac. Pocas horas más tarde, recibió la orden de prenderlo. Se había tomado la precaución de no avisarle antes: la amistad es cosa excelente, pero los magistrados venidos de París no deseaban comprobar, aquella noche, a qué velocidad podía hacer ensillar un caballo.
El alguacil debía, pues, reunir a los arqueros, hallar al preboste y sólo entonces desvelarle el nombre del prisionero que se aguardaba. Canillac estaba acostado. La orden se leyó con voz bastante clara para disipar todo equívoco; el visitante nocturno no traía consigo invitación ni recado cortés. Aquel que, durante el día, pertenecía todavía al mundo de los hombres a quienes se sienta a la propia mesa, ingresó en el de aquellos a quienes se conduce bajo escolta.
Nos hallamos en Clermont, en octubre de 1665. Los Grands Jours han establecido en el corazón de Auvernia un tribunal extraordinario, encargado de castigar desmanes que las costumbres de la tierra, las influencias y el miedo habían contribuido a perpetuar durante largo tiempo. Los señores ya no son del todo dueños en su casa. Las denuncias hallan una puerta donde ser oídas; algunos de aquellos a quienes señalan toman atajos para huir. El propio Canillac había aconsejado a otros que pusieran tierra de por medio. Él, sin embargo, se había quedado.
En su fuero interno, la confianza había resistido a las precauciones que juzgaba precisas para sus vecinos. Su linaje era ilustre; su pleito, según se creía entre los suyos, cosa remota y concertada. No obstante, al término de aquel litigio, quedaba un muerto a quien el avenimiento no había devuelto la vida.
El dinero de la caballería
El origen del conflicto se remontaba a los años de la Fronda. Canillac había recibido caudales destinados a levantar un cuerpo de caballería para el bando del príncipe de Condé. Confió varios miles de libras a d’Orsonnette a fin de que procurase caballos. Ni las monturas ni el dinero regresaron como era debido. El príncipe montó en cólera; el vizconde hubo de responder por una operación de la que ya no poseía los fondos.
Entre ambos hombres, la disputa devino en deuda reconocida, luego en aplazamiento, y finalmente en enemistad. El dinero conservaba su lugar en los libros de cuentas; el ultraje cobraba otro, mucho más dilatado, en el trato personal. Ya no se cruzaban sin recelo. Una amenaza podía pender largo tiempo sobre un camino real antes de hallar su hora.
Y la hora llegó. Canillac se presentó con una tropa de jinetes; d’Orsonnette marchaba con un séquito harto más reducido. Se cruzaron golpes, el deudor resultó herido y un halconero de su comitiva murió a manos de un hombre del vizconde. He ahí el núcleo cruento que diversas versiones del combate envolverían después. ¿Habían sorprendido a Canillac? ¿Se había limitado a repeler una agresión? ¿Fue acaso un encuentro fortuito trocado en reyerta, o la ejecución de una amenaza largo tiempo madurada?
Los litigantes principales acabaron por transigir. Entre nobles supervivientes, cupo sopesar los agravios, componer intereses, tasar lo que procedía reclamar y lo que resultaba prudente consentir. Mas el halconero no podía rubricar su parte del acuerdo. Cuando los Grands Jours reabrieron la causa, el procurador general entabló acusación en nombre de una autoridad a la que ninguna de las partes había pedido que guardase su recibo.
El asunto mudaba así de dueño. Dejaba de ser la mera pendencia entre dos hombres capaces de entenderse tras haber combatido. La justicia real pretendía ver en él un homicidio del cual le correspondía tomar razón.
El perdón que acusa
Canillac buscó su salvación en cartas de perdón real. Para impetrar la gracia, era forzoso exponer los hechos; para merecerla, convenía presentarlos de suerte que la culpa resultase disculpable. Su súplica reconocía que había disparado contra d’Orsonnette y que un hombre de su mesnada había matado al halconero. Sin embargo, presentaba la acción como un acto de legítima defensa ante un ataque premeditado.
Era ofrecer a los jueces una mitad de la demostración, exigiéndoles que diesen por buena la otra. La confesión probaba la participación; la defensa propia debía borrar su alcance criminal. Mas las testificaciones no acompañaron al vizconde hasta ese extremo.
A tenor de la relación que Fléchier ofrece de las vistas, Canillac disponía de trece o catorce jinetes. D’Orsonnette no era más que el quinto de su partida. Dos alguaciles le acompañaban en cumplimiento de diligencias de su oficio. Difícilmente componían estos hombres la tropa emboscada que la petición de gracia necesitaba alegar. Por añadidura, d’Orsonnette se había dado a la fuga. La persecución se había prolongado durante más de dos mil pasos, hasta un pueblo cercano, sin resistencia alguna capaz de trocar a los perseguidores en cercados.
Constaba asimismo una advertencia formulada por Murat, adelantado de la partida de Canillac: d’Orsonnette debía retirarse, so pena de ser cargado. A este trance se sumaban amenazas previas, con el detalle suficiente como para haber motivado en su día una querella ante la justicia de Riom.
Los testimonios se ensamblaban de un modo bien distinto a los deseos del suplicante. Su propia declaración lo situaba en la refriega; los demás relatos atribuían la iniciativa a su hueste; la huida acosada tornaba la necesidad de defenderse cada vez menos verosímil. La gracia esperada había proporcionado al proceso una confesión de la que resultaba casi imposible zafarse.
Sentado en el banquillo de los reos, Canillac intentó retractarse de sus declaraciones y desautorizar las cartas impetradas para salvarlo. Empero, lo consignado por escrito permanecía ante la mirada de sus jueces. Podía impugnar la interpretación; no le era dado reducir su súplica al estado de un pensamiento que jamás hubiese confiado a nadie.
Catorce hombres deliberan
Su causa no fue abandonada sin resistencia. Se recordó la deuda, la antigüedad del pleito y la transacción concertada. Se debatió el valor de ciertos elementos procesales. Se hizo valer sobre todo que Canillac no era, entre los varones de su linaje, aquel cuya violencia suscitase más quejas.
Semejante argumento gozaba de predicamento en el mundo. Tenía harto menos ante un tribunal instituido cabalmente para asentar que un apellido ilustre no diluía las responsabilidades individuales. Ser menos temido que sus deudos no bastaba para desligarse del homicidio perpetrado entre sus filas.
Fléchier, que refiere el caso con palmaria conmiseración hacia el reo, deja traslucir también el peso de la coyuntura política. Canillac había servido en un bando opuesto al rey; su nombre no gozaba de buena fama en la corte; había sido el primer encausado en ser prendido. Estas circunstancias esclarecen el rigor acordado a su proceso, mas no bastan por sí solas para borrar los actos ventilados ante los magistrados.
El juez ponente Le Coq alegó largamente en su favor. Catorce togados tomaron parte en la deliberación; doce votaron por la pena capital. El memorialista describe su turbación y su desasosiego. Aquel tribunal podía albergar compasión por el acusado y pronunciar, no obstante, el fallo que lo condenaba. La sensibilidad de los jueces no constituía una segunda instancia a la que apelar.
Las puertas de Clermont
El 23 de octubre, Canillac fue sentenciado y ejecutado ante la catedral. Entre el fallo y su cumplimiento apenas mediaron unas horas. Su esposa había implorado a los magistrados; su joven hija había tomado parte en las súplicas de la familia. Pudieron acercarse a los hombres de justicia, impetrar su auxilio, despertar su piedad. No consiguieron alterar la sentencia.
Fléchier y sus acompañantes quisieron salir de Clermont a dar un paseo, con el fin de eludir el espectáculo y las pláticas que suscitaba. Las puertas de la ciudad estaban cerradas. Hubieron de permanecer en el recinto y conversaron sobre otros reos ilustres, sobre sus actitudes ante la muerte y acerca del poso que una ejecución dejaba en la memoria de los vivos.
El contraste resulta sobrecogedor. En torno al vizconde perviven nombres, amistades, una familia, recuerdos políticos y una dilatada conversación cortesana. El halconero muerto, en cambio, permanece casi sin rostro en esta crónica. El procedimiento lo había devuelto al centro del litigio; mas la sociedad de la época, nada más dictada la sentencia, tornaba a fijar la mirada casi en exclusiva en el hombre de calidad. Entre ambas muertes, la desigualdad recobraba de inmediato sus antiguos fueros.
