En Londres, Ann Bond se hallaba en el umbral de una casa de huéspedes cuando una desconocida le ofreció colocación como doncella. Le aseguraron que entraría al servicio de un tal coronel Harvey. Tres días después de su llegada, supo que servía en verdad al coronel Charteris. A la mañana siguiente, quiso marcharse; la puerta estaba custodiada. El capítulo de William Jackson, aparecido en un célebre calendario criminal, relata la acusación formulada por Ann, el juicio y el posterior perdón del coronel. Su retrato de Charteris es de un tono virulentamente polémico; las anécdotas biográficas proceden de la pluma de Jackson y no de las minutas procesales.
Antes de que Ann comparezca en estas páginas, Jackson remonta su historia a los años de servicio militar. Según sostiene, Charteris era un tahúr consumado. Durante los cuarteles de invierno, desplumaba a sus camaradas en los naipes y los dados; cuando estos quedaban sin blanca, les prestaba fondos a un interés usurario del cien por cien, tomando sus despachos de oficiales como prenda. Argyle y Stair, jóvenes oficiales temerosos de ver arruinados a sus compañeros, elevaron el escándalo ante el conde de Orkney, que se encontraba entonces en Bruselas. Orkney alertó de inmediato al duque de Marlborough. El consejo de guerra, convocado con idéntico número de oficiales ingleses y escoceses, condenó a Charteris a restituir las sumas malhabidas, lo despojó de su rango y lo expulsó con ignominia del regimiento. Su espada fue quebrada en público, y el redoble de los tambores acompañó su partida.
En el camino de Bruselas a Malinas, siempre según el relato de Jackson, el coronel arrojó sus calzones a una zanja. Al llegar a la posada, rehusó quitarse el capote escarlata, manteniéndolo abotonado hasta las rodillas. A la mañana siguiente, tiró de la campanilla con fingida cólera: sus calzones, según clamaba, guardaban un anillo de brillantes, un reloj de oro y una considerable suma de dinero. Él mismo había fracturado la ventana para simular un allanamiento; insinuó luego que el posadero lo había robado y amenazó con llevarlo al cadalso como cómplice. Los frailes de un convento vecino acabaron por prestar al hostelero el dinero necesario para indemnizar aquella supuesta pérdida. El hombre que la víspera se había despojado de sus prendas convertía ahora la venta en el escenario de un crimen imaginario.
Regresó más tarde a Escocia. Jackson asegura que la sumisión y el dinero le granjearon un nuevo despacho en un regimiento de caballería, seguido del grado de coronel. En Edimburgo, en pleno fragor de los debates sobre el Acta de Unión entre los reinos, se cuenta que jugó a las cartas con la duquesa de Queensberry. Tuvo la astucia de sentarla frente a un gran espejo donde podía atisbar su mano, ganándole así tres mil libras. El duque, exasperado ante semejante fullería, promovió la aprobación de una ley que prohibía las apuestas por encima de cierta cuantía, según afirma la crónica. Añade Jackson que Charteris se dedicó en adelante a prestar con garantía hipotecaria, se apoderó de vastos dominios en Escocia y Lancashire, y terminó por establecerse en Londres.
La capital le brindaba, según el texto, incesantes ocasiones de ensanchar sus caudales y ostentar su tren de vida. Varias mujeres a su sueldo abordaban a muchachas campesinas en las posadas donde se detenían las carretas de postas, prometiéndoles una plaza de criadas en su mansión. El verdadero nombre del patrón se mantenía bajo estricto secreto. Ann Bond había recalado en Londres, mas debió abandonar su anterior empleo a causa de una dolencia. Tras cobrar fuerzas en un aposento de alquiler, descansaba sentada a la puerta. Fue allí donde una mujer le habló de las bondades del coronel Harvey.
Ann aceptó la colocación. La alcahueta la condujo a la residencia, donde sirvió tres días antes de descubrir la verdadera identidad de su amo. Éste le entregó algunas monedas para rescatar las ropas que la muchacha había empeñado durante su enfermedad y se ofreció a costearle sayos nuevos. Ella declinó el vestuario. Más tarde, el coronel le propuso una bolsa de oro, una pensión perpetua y una casa propia si consentía en entregarse a él. La joven rechazó el ofrecimiento: cumpliría fielmente con sus deberes de servidumbre, replicó, y él quedaba en libertad de despedirla si su labor no era de su agrado.
Al día siguiente, Ann escuchó a un visitante preguntar por el coronel Charteris. El nombre le heló la sangre. Conocía de sobra la siniestra fama que Jackson atribuía al militar; comunicó de inmediato al ama de llaves que se sentía indispuesta y que debía abandonar la casa. El ama dio aviso al señor. Éste mandó comparecer a la joven, amenazó con dispararle si osaba franquear el portal y ordenó al resto de la servidumbre trancar las salidas.
A la jornada siguiente, el marmitón la envió al salón principal. Charteris le ordenó atizar el fuego de la chimenea. Jackson refiere que el amo le tapó la boca y la forzó; cuando ella, deshecha en lágrimas, le advirtió que lo llevaría ante la justicia, él la castigó con una fusta y la colmó de improperios. La puerta se abrió entonces y apareció el mozo de cocina. Con cínica premura, Charteris fingió que Ann le acababa de sustraer treinta guineas y mandó que la echaran a empellones. Su queja de doncella ultrajada fue sofocada bajo una falsa imputación de robo, y fue arrojada a la calle.
Ann acudió a casa de una tal señora Parsons en busca de consejo. Ésta la exhortó a presentar formal querella. La acusación se formuló ante el gran jurado no como una mera tentativa, sino en calidad de violación consumada, y se admitió a trámite el pliego de cargos. Charteris fue recluido en la prisión de Newgate, encadenado al principio con pesados hierros. No tardó en desembolsar sumas para canjearlos por grilletes más livianos, alquilar una celda decente y gozar de criados. Su yerno, el conde de Wemyss, interpuso un recurso de habeas corpus; concedida la fianza, el coronel aguardó el juicio en libertad provisional.
En las sesiones del Old Bailey, la defensa procuró demoler el honor y la reputación de Ann. Jackson sostiene que tales maniobras se estrellaron contra la firmeza de la joven, pues no cabía sospechar motivos espurios en su demanda. Tras una prolongada vista, los jurados declararon culpable a Charteris. Aunque el calendario de causas célebres no pormenoriza los interrogatorios, asienta con claridad el fallo: veredicto de culpabilidad y sentencia de muerte. El oro de la fianza no había bastado para lavar la infamia; el juicio devolvía a Ann y a su palabra al centro mismo del drama judicial.
La condena capital no se ejecutó. El conde de Wemyss mandó llamar desde Escocia al presidente Forbes para interceder ante el Consejo Privado. Jackson refiere que se asignaron a Forbes unas rentas territoriales de trescientas libras anuales en pago por sus oficios. El monarca consintió al cabo en perdonar la vida a Charteris, a condición de que se instituyera una pensión decorosa en favor de la agraviada. Aquel indulto sobrevino tras el veredicto: no constituía una absolución de culpa. La crónica omite la cuantía de dicha renta, mas hace de semejante estipulación el epílogo del procedimiento penal.
Charteris se retiró a Edimburgo, donde residió unos dos años, según Jackson, antes de rendir el alma. El texto no fija el día exacto de su fallecimiento. Refiere, en cambio, que fue sepultado en el panteón familiar de Greyfriars y que el populacho congregado estuvo a punto de despedazar su ataúd. Poco después de su condena se había divulgado un grabado que lo retrataba en el banquillo del Old Bailey, acompañado de una leyenda satírica. Jackson reproduce asimismo un epitafio atribuido a John Arbuthnot, en el que se insinúa con mordacidad que el coronel habría sido ajusticiado «por lo único que jamás hizo». Esta pulla contradice la severidad de los autos; pertenece al ingenio de la sátira y no a los legajos de la justicia.
Tras el proceso, Ann Bond se desvanece casi por entero de las crónicas. Jackson menciona que debía señalársele una pensión y retorna en seguida a la muerte, las exequias y los escarnios vertidos sobre Charteris. En un principio, ella había repudiado el oro, la finca y la renta ofrecidos a cambio de su sumisión; había intentado escapar y luego buscado el amparo de la señora Parsons. Su acusación acorraló a un poderoso y arrancó una condena que ni el perdón real pudo borrar de la memoria pública. La crónica atesora su palabra el tiempo justo para consignar el veredicto, pero desatiende por completo los pasos ulteriores de la mujer en cuyo favor hubo de labrarse aquella tardía compensación.
