El lunes 16 de marzo de 1914, hacia las cinco de la tarde, Henriette Caillaux se hizo conducir a la sede de Le Figaro, en la calle Drouot. El director, Gaston Calmette, se hallaba ausente; ella resolvió aguardar su regreso. John N. Raphael refiere que permaneció más de una hora en la antecámara, con el revólver oculto en el manguito. Cuando Calmette volvió, se disponía a cenar con Paul Bourget. Según el relato de Raphael, consintió en recibir a Henriette, a quien había reconocido, antes de marcharse. Cuando la hizo pasar a su despacho, ella disparó seis veces. Dos proyectiles le causaron heridas mortales. Los empleados la redujeron y llamaron a la policía. Un médico del periódico se inclinó sobre Calmette; antes de ser trasladado a Neuilly, el director confió sus llaves y su cartera a un colaborador y se despidió de él, cuenta Raphael. Falleció antes de medianoche. En comisaría, Henriette reconoció los disparos y declaró, según las palabras consignadas por el comisario, que no había tenido la intención de matar a Calmette. Era su primera versión, no una conclusión formal sobre la premeditación.
Hacía varias semanas que Le Figaro arremetía contra Joseph Caillaux, ministro de Hacienda, a propósito de sus decisiones políticas y financieras. Luego, el diario había desviado la campaña hacia su intimidad: el 13 de marzo, Calmette publicó una carta que Joseph había dirigido trece años antes a Berthe Gueydan, convertida con el tiempo en su primera esposa y más tarde en su exmujer. Henriette temía la divulgación de otras misivas, aquellas que la concernían directamente. La correspondencia se transformó en materia pública apenas tres días antes del homicidio. El conflicto entre la crítica política y la exposición de la vida privada ya no se limitaba a las columnas del diario: penetró en el despacho donde Calmette recibió a la esposa del ministro.
Henriette había buscado consejo antes de acudir a la cita. La mañana del 16 de marzo se entrevistó con el presidente del tribunal civil, Monier; ante el comisario Carpin lo señaló como la persona que le había advertido de que la campaña no podía ser detenida. El primer relato transmitido de su interrogatorio afirmaba asimismo que había comprado un revólver esa misma mañana, antes de dirigirse al periódico. Raphael, que redacta sus notas antes de la vista oral, consigna estas declaraciones sin elevarlas a conclusiones definitivas de la instrucción. Recoge también una cronología posterior que sitúa la compra por la tarde. Esta discrepancia es de peso: entre las primeras palabras vertidas en la comisaría y la narración expuesta ante el magistrado instructor, las horas cambiaron.
En la armería Gastinne-Renette, en la avenida d’Antin, Henriette explicó que deseaba protegerse durante los desplazamientos en automóvil propios de la campaña electoral de su marido. Conforme a la deposición referida por Raphael, probó primero un arma cuyo gatillo le lastimaba el dedo, para decantarse después por una Browning. En la galería de tiro, bajo la tienda, disparó seis veces contra la diana. A continuación, cargó el arma. Al magistrado que la interrogaba acerca de estos preparativos, le contestó que había contemplado la posibilidad de herir a Calmette si este rehusaba cesar su campaña. Aquello representaba ya algo muy distinto a una mera visita orientada al diálogo; no era aún la confesión de una intención homicida.
Antes de encaminarse a la calle Drouot, regresó a su domicilio. Dejó allí una carta destinada a Joseph, que el ama de llaves inglesa debía entregarle a las siete si ella no había regresado. Raphael reproduce su tenor a partir de la prensa: Henriette deseaba actuar en lugar de su esposo y ahorrarle el sacrificio. Para la noche tenían prevista una cena en la embajada de Italia. Había dispuesto incluso que su peluquero acudiera a peinarla. Estos compromisos ordinarios pervivían en la agenda de una mujer que llevaba consigo un arma cargada.
En la estancia, las palabras que sucedieron a las detonaciones no quedaron consignadas como una conversación rigurosamente comprobada de principio a fin. Raphael relata que, en el instante en que el personal le arrebataba el arma, ella habría exclamado que ya no quedaba justicia en Francia, añadiendo que no había existido otro medio de atajar la campaña. En la comisaría, ante Carpin, aseveró por el contrario que no había deseado la muerte de Calmette y lamentó lo sucedido. Estas versiones, una proferida en el tumulto y la otra expuesta con serenidad ante el comisario, no atenúan los seis disparos; dejan oír la honda distancia entre una cólera incontenible y la intención que los miembros del jurado habrían de dirimir.
Los periódicos convirtieron de inmediato la muerte de Calmette en un acontecimiento político de primer orden. En cuestión de minutos, una muchedumbre se congregó en la calle Drouot; las ediciones vespertinas fueron arrebatadas de manos de los voceadores, y los teatros se vaciaban durante los entreactos para que los espectadores indagaran las últimas noticias. En comisaría, unos quince minutos después de iniciarse el interrogatorio, llegó Joseph Caillaux en un carruaje. La multitud lo abucheó; el agente de guardia le cerró el paso al haber recibido la orden de no franquear la entrada a nadie. Joseph no se encontraba en el despacho, mas su cargo, su matrimonio y las cartas impresas lo ataban ya de forma inexorable a todos los debates. La notoriedad de la pareja nada revelaba sobre la intencionalidad penal; determinaba, eso sí, el estrépito al que se vería sometida cada una de las pruebas.
La instrucción judicial se prolongó durante varios meses. Los pesquisas interrogaron a Henriette, a los redactores de Le Figaro, al chófer y a las personas que ella había frecuentado antes de la visita. Un empleado de agencia y el chófer no hacían coincidir sus testimonios sobre el itinerario de la tarde ni sobre el momento exacto en que se obtuvo el arma. La prensa siguió minuciosamente estas discordancias, pues el cómputo de las horas podía inclinar la balanza en el debate sobre la premeditación.
El juicio se abrió ante el tribunal del jurado de la Seine el 20 de julio de 1914. En la audiencia, el escritor Paul Bourget asumió la defensa de su amigo difunto, justificando la conducta de Calmette al revelar los asuntos privados de Caillaux. El abogado Labori le enfrentó entonces a su propia novela, Le Démon de midi, en la que ciertos personajes condenan la divulgación de cartas íntimas. La crónica cablegrafiada desde París el 24 de julio, publicada al día siguiente por el Auckland Star, da cuenta de este singular careo: un letrado recurría a la ficción del testigo para someter a examen su juicio moral ante un suceso real. Bourget, con quien Calmette debía cenar la tarde de la tragedia, se vio confrontado al dilema de las cartas a través de su propia obra. Los textos impresos habían mudado de escenario: penetraban ahora de lleno en el debate judicial.
La preparación del acto constituía el núcleo de la controversia: la adquisición, la prueba del arma, la carga del tambor y la prolongada espera en la antecámara. Henriette ofreció de estos pasos una justificación que separaba la determinación de poner fin a la campaña periodística de la voluntad de matar. Los jurados debían sopesar semejante descargo a la luz de los hechos y de los testimonios. Nada, en el rango social de quienes se sentaban ante ellos, podía despojar a los disparos de su inapelable realidad.
El 28 de julio, Henriette fue absuelta. No negaba las detonaciones; el jurado no la declaró culpable del cargo que le había sido imputado. Al día siguiente, Le Figaro fustigó con aspereza el veredicto, atribuyéndolo a la influencia política de Joseph. Dicho editorial, redactado por el diario del que Calmette había sido director, da fe de la indignación de su redacción; no constituye, empero, una resolución judicial paralela.
El mismo día de la sentencia, Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia. La conflagración internacional ocupó muy pronto las portadas que con tanta vehemencia se habían consagrado al proceso. Calmette no llegó a presenciar aquellas audiencias. La tarde del 16 de marzo, antes de que lo evacuaran, había entregado sus llaves y su cartera a un colaborador. Su cena con Bourget jamás llegaría a celebrarse.
