Betty Bates sube la escalera con una vela para guiar a dos viajeros hasta sus aposentos. Instantes después, un muchacho de catorce años oye sus gritos desde el lecho donde duerme. Uno de los hombres la ha seguido hasta la estancia; el otro ha bajado de nuevo hacia la sala. En el Jolly Carters, cerca de Worsley, en el condado de Lancashire, el marido de la posadera yace dormido sobre un sofá tras haber bebido con sus huéspedes. Cuando los vecinos acuden a la alarma, Bates yace muerta y un cuchillo se halla hundido bajo la oreja de la señora Blears. Pelham se apoya, en particular, en los testimonios de la superviviente y del muchacho.
El lunes 22 de mayo de 1826, Alexander M’Keand entra en el Jolly Carters, establecimiento regentado por Joseph Blears en Winton. La esposa del tabernero, a quien Pelham llama la señora Blears, lo conoce. Alexander pide una cerveza, mas la deja ante sí sin tocarla durante cerca de media hora. Su hermano Michael llega poco después y toma asiento enfrente. A primera vista, ambos hombres se comportan como desconocidos. Michael pide pan, queso y cerveza; Alexander solicita a continuación idéntico refrigerio. La señora Blears se ausenta un instante del mostrador. A su regreso, los hermanos han cambiado de sitio y musitan juntos sobre un sofá.
Michael pregunta por el paradero del marido y por la hora en que regresará de Mánchester. Ambos hombres permanecen en la casa hasta su vuelta. Blears se niega en un principio a beber con ellos; ante su insistencia, consiente en tomar un vaso de whisky, y luego un segundo. Los hermanos beben asimismo, y la conversación prosigue al amor de la sidra. Pelham afirma que el tabernero no tarda en quedar abrumado por el licor y cae dormido sobre el sofá; achaca tal letargo a algún narcótico, si bien no aporta certificación médica alguna. Tras media hora de susurros, Michael pregunta si les es posible pasar la noche, alegando que es demasiado tarde para alcanzar Mánchester. La señora Blears accede a darles aposento.
Hacen notar que el mesonero se halla ebrio y solicitan ser conducidos al piso superior. Se llama a Betty, la criada, para que alumbre el camino con una vela. Según Higgins, el muchacho que duerme en el cuarto destinado a los forasteros, los dos hermanos se separan al término de los peldaños. Alexander sigue a la joven hacia la estancia; el otro desciende. Despertado por el estrépito, Higgins atisba desde debajo de las mantas. Ve cómo Alexander echa un brazo alrededor del talle de Betty. Ella se resiste y le conmina a estarse quieto. El hombre la arroja al suelo. El muchacho no divisa lo que acontece a continuación, pero la oye implorar socorro y gritar «¡al asesino!». La joven logra incorporarse; el agresor la derriba de nuevo. Higgins vislumbra un movimiento cerca de la oreja de ella y, luego, sangre sobre su pecho.
Betty forcejea y grita que lo marcará. Aterrorizado, Higgins vuelve a esconderse bajo la ropa de cama. El agresor se aproxima al jergón y le planta la mano sobre la boca, cual si pretendiese acallar también su voz. La sirvienta consigue entonces ponerse en pie y tambalearse hacia la puerta. El atacante abandona al zagal y se lanza en su persecución. Higgins aprovecha la maniobra para escabullirse por delante y saltar por encima de la barandilla de la escalera. El hombre intenta asirlo por el hombro, mas el muchacho logra ganar la calle, se oculta en una zanja y no es perseguido.
En la planta baja, la señora Blears ha escuchado los clamores de la muchacha y se dispone a subir. El otro hermano le cierra el paso y desenvaina un cuchillo de debajo del capote. Ella alcanza a ver la hoja antes de que él le aseste un primer golpe en la garganta. La herida no reviste gravedad, pero, al intentar gritar la mujer, el hombre la atenaza por el cuello y le clava el cuchillo bajo la oreja izquierda. Trata de extraerlo en repetidas ocasiones; la empuñadura termina por desprenderse, dejando el hierro alojado en la carne.
Blears continúa sumido en el sueño cuando su esposa pide socorro a voces. Despertado por el clamor, la halla malherida. El cadáver de Betty es descubierto sobre el rellano, frente al aposento. Varias personas procuran arrancar el cuchillo del cuello de la señora Blears sin conseguirlo; el cirujano Garthside logra al fin extraer la hoja. Se averigua después que uno de los hermanos se había procurado el arma aquella misma mañana y la había afilado en la piedra del hogar de la señora Stewart, que moraba cerca de la posada.
Durante su huida, los hermanos pasan por delante de la casa de un carnicero de Kirkby-Stephen hacia las cinco en punto. Fatigados y con los pies deshechos, denotan haber caminado largo tiempo. Dos horas después, hallándose el carnicero en la barbería, entra el alguacil de la localidad con un pasquín remitido desde Worsley. En él se describe la catadura de los M’Keand. El carnicero reconoce a los transeúntes y advierte que son, a no dudarlo, los hombres buscados. El oficial de justicia y un posadero de apellido Farraday parten a caballo para darles alcance.
Las noticias recabadas de otros viajeros los encaminan hacia la ruta de Appleby. La montura de Farraday acaba por agotarse; cambia entonces de cabalgadura con el alguacil, quien parece mostrarse menos presuroso por enfrentarse a los sospechosos. A tres millas de Appleby, divisa a Alexander caminando en cabeza y a Michael unas cincuenta yardas a la zaga. Farraday se adelanta hasta la posada siguiente y aguarda. Cuando Alexander entra, el posadero le convida a una cerveza, haciéndole notar la larga caminata que debe de traer a cuestas. El forastero acepta y franquea el umbral. Farraday lo sujeta de improviso, declara su arresto y otros dos hombres lo reducen.
Sale luego Farraday para prender a Michael. Alexander se zafa repentinamente de sus custodios y se precipita hacia la puerta. El posadero se revuelve a tiempo y le propina un golpe que lo tiende en el suelo. El registro revela que Alexander lleva una pistola cargada; Farraday juzga que no habría vacilado en servirse de ella de haber contado con tiempo. Sometido ya el primer hermano, Farraday se vuelve contra Michael y lo agarra derechamente del cuello. Michael alza su vara, pero Farraday le hace perder pie. En el forcejeo, Michael le tira patadas y le muerde la mano. Finalmente, ambos hermanos son atados juntos con una soga, acomodados en un carruaje y conducidos a Appleby.
Son trasladados más tarde al castillo de Lancaster. La vista de su causa no tiene lugar hasta el 17 de agosto. Los hechos expuestos por los testigos desfilan ante el tribunal de las asambleas judiciales y se pronuncia un veredicto de culpabilidad. La defensa esgrime que los acusados se hallaban ebrios y carecían del designio de matar. El alegato es desestimado y recae sobre ellos la pena capital.
Tras el veredicto, la discordia entre los hermanos se hace patente. El capellán de la prisión, el reverendo Rowley, visita a Alexander y a Michael. Este último niega haber apuñalado a la señora Blears y asegura ignorar el designio sanguinario de su hermano. Interrogada de nuevo por las autoridades, la señora Blears se reafirma: Michael es el hombre a quien halló en la escalera cuando subía en auxilio de Betty, y fue él quien la hirió.
Alexander no niega la violencia perpetrada en el piso superior. Al tener noticia de los desmentidos de su hermano, replica que Michael es culpable y bien lo sabe; confiesa que este apuñaló a la posadera mientras él mismo daba muerte a la doncella. Añade que se encontraba tomado por la bebida. Pelham refiere la existencia de una deuda contraída por Alexander con un labrador llamado Claworth. Una semana antes del crimen, Alexander habría impugnado la obligación. El procurador le habría advertido que un testigo, Blears, comparecería para confirmar que él había admitido el débito. Alexander habría proferido entonces amenazas. Sugiere la crónica que este pleito bien pudiera explicar el asalto contra la familia; reconoce, no obstante, que la deuda deja en la sombra por qué fue la criada la primera en sufrir la agresión.
Los postreros días transcurren en la capilla del presidio. El domingo, los hermanos asisten al servicio aislados en un banco; Michael vuelve el rostro y rehúye a Alexander. En la mañana del lunes, reciben los auxilios espirituales y oran durante más de una hora. Alexander insiste en encomendarse a la divina misericordia. Michael se muestra abatido y apenas si logra tenerse en pie. Poco después de las siete, son conducidos al patíbulo, alzado al exterior del ala noroccidental del castillo. Alexander avanza con mayor sosiego, moviendo los labios como si rezara; Michael camina con paso vacilante.
A las siete y media, una ventana se abre directamente sobre el cadalso. Encapuchados ya ambos reos, el capellán entona un pasaje del oficio de difuntos y se abre la trampilla. Consumada la suspensión, sus cuerpos son entregados a los cirujanos para su disección. Pelham concluye su relato volviendo la mirada hacia la estirpe de los ajusticiados: la madre y una hermana moraban en Byrom-place, en Winton. La misiva que les hiciera llegar la señora Stewart aseveraba que ambos se hallaban a salvo y pretendía que habían obrado en legítima defensa, alegando que Blears los había atacado en primer término. Tal versión de la fuga contradice la posterior confesión de Alexander y deja sin respuesta el móvil del ataque contra la criada.
