Una cruz derribada, una maza de hierro entre sus restos y, la noche siguiente, una explosión que hizo volar los cristales del vecindario: fue por estos indicios sucesivos como la Gazette vinculó el robo de un polvorín con el atentado contra la prisión de Roanne. La piedra abatida no arrojaba todavía el nombre de un hombre. Indicaba únicamente que la cantera, el camino de Villeret y el depósito de explosivos quedarían comprendidos en una misma instrucción.
La reseña de la vista del 24 de marzo, publicada el 2 de abril de 1886, se abre con un acusado que declara llamarse Philibert Lagru, tener veinte años y medio, ser panadero y residir en Roanne, habiendo nacido en Perrecy-les-Forges, en Saona y Loira. El artículo no repite aquí el nombre de la jurisdicción. Expone en primer término los hechos tal como los presenta el acta de acusación; es en ese relato incriminatorio, y no en una serie de comprobaciones que pudiéramos considerar todas juzgadas por separado, donde la causa cobra forma.
El 15 de octubre de 1884, hacia las seis de la mañana, Bedouze, obrero cantero, y Cartier, capataz de la cantera de Malentras, advirtieron que una vieja cruz de piedra había sido derribada. Se alzaba en la esquina del camino de la cantera con la carretera de Roanne a Villeret. Junto a los trozos, ambos hombres hallaron una maza de hierro que reconocieron como procedente del polvorín de la obra. El indicio parecía exiguo; tenía, no obstante, un peso material y un origen preciso.
Cartier prosiguió sus pesquisas. El polvorín que había cerrado con llave la víspera, a las seis de la tarde, se hallaba abierto. Según el auto recogido, el marco de ladrillos que rodeaba la puerta había sido entallado a cincel; el pestillo había sido desencajado de su cerradero y la puerta, abierta de ese modo. Los malhechores, prosigue el relato, habían sustraído lo que restaba de la provisión de dinamita del capataz, así como cápsulas fulminantes y mecha.
Antes de marchar, los autores del robo habrían quemado en parte tres libretas de jornales de obreros y estampado amenazas e injurias en tres hojas de un libro talonario. Estos papeles desplazan ya la causa: el polvorín deja de ser un simple almacén violentado, y la explosión futura aún no se ha consumado. En la lectura que el ministerio público propondrá después, el escrito dejado en el lugar da un motivo al acto, pero asimismo un rastro que la investigación podrá cotejar con otras caligrafías.
El 16 de octubre, hacia las diez y media de la noche, se colocaron dos o tres cartuchos de dinamita en el alféizar exterior de la ventana de la vivienda del jefe de guardia de la prisión de Roanne. Siguió una violenta explosión. La conmoción sacudió las casas del vecindario y reventó sus cristales. En las cuatro estancias del apartamento del jefe de guardia, los destrozos fueron considerables: los barrotes de la ventana fueron arrancados y torcidos; dos fragmentos salieron despedidos con una fuerza que subraya la crónica; los muebles de una habitación quedaron enteramente destrozados y un tabique doble fue derribado. En las demás habitaciones, los muebles habían sido desplazados y revueltos.
El jefe de guardia, Thinet, y su esposa no se encontraban en la sala donde la deflagración produjo sus efectos más terribles. El azar los había preservado allí, sin dejar indemne la totalidad de la vivienda: Thinet fue alcanzado en su lecho por cascotes y esquirlas de vidrio. Sus heridas, precisa el artículo, no revistieron gravedad. La Gazette no narra una escena de socorro ni palabras cruzadas en la casa; da la distribución de las piezas, los daños y la lesión, y ello basta para medir lo que la noche había dejado tras de sí.
El acta de acusación ponía en relación los materiales explosivos empleados, las amenazas halladas en el polvorín, un pasquín descubierto bajo la puerta de la prisión y una carta remitida al juez de instrucción. Con arreglo a esta tesis, el robo de Villeret no había sido más que la preparación del atentado subsiguiente. La pesquisa se encaminó a partir de los diversos escritos. No se trataba, pues, únicamente de inquirir quién había podido procurarse dinamita, sino de confrontar textos anónimos y buscar una misma mano tras varias misivas.
Las sospechas recayeron tardíamente sobre Lagru, cuya presencia en Roanne no había sido revelada a la justicia durante las primeras indagaciones. La acusación lo describía como un hombre sin profesión ejercida en la ciudad y sin recursos conocidos, llegado de Perrecy a comienzos de octubre, varios días antes del robo y de la explosión. Recordaba sus condenas anteriores por distintos delitos. Estas fórmulas pertenecen a la semblanza de cargo impresa por el diario; no resultan necesarias para asentar lo que, en el sumario reseñado, vinculaba a Lagru con el proceso.
Se supo que había pasado la velada del 16 de octubre en compañía de Paul Grand. Ambos habían entrado una primera vez, hacia las nueve, en el despacho de bebidas de los cónyuges Remontel, salieron de él media hora más tarde y regresaron precipitadamente a una hora próxima a la de la explosión. El azoramiento y el porte de ambos sujetos habían llamado la atención, según las declaraciones reproducidas. Remontel afirmó además que Grand, en presencia de Lagru, le había encarecido decir, si era interrogado, que Lagru y él no habían abandonado el establecimiento en toda la noche.
Esta consigna, de haber sido fielmente referida, podía convertir una taberna en una coartada premeditada antes que en un simple lugar de paso. No obstante, la propia acusación distinguía entre ambos hombres: las circunstancias arrojaban graves sospechas sobre Grand, sin que su culpabilidad se juzgara suficientemente acreditada como para remitirlo ante el jurado. Por ende, no compareció como cómplice condenado. El juicio de Lagru no podía asumir aquello que no se había retenido contra el otro individuo.
A estos elementos, el ministerio público añadía el cotejo pericial de letras. Lagru poseía, según el texto, una escritura relativamente correcta y una firma con analogías respecto de los anónimos intervenidos durante la instrucción. Se practicaron nuevas pesquisas; el perito calígrafo dictaminó, según el auto expuesto, que las hojas del registro, las apostillas del pasquín y la carta al magistrado tenían un mismo origen y procedían todas de Lagru. El rotativo presenta este peritaje como una prueba abrumadora. Preciso es, no obstante, mantenerla en su justo término: la Gazette consigna aquí la argumentación de la acusación, antes de dar cuenta de las negativas del reo y del veredicto del jurado.
En la audiencia se evocó asimismo una tentativa de evasión. Lagru cumplía a la sazón una pena de dos años de prisión impuesta por robo, condena independiente del asunto de la dinamita. El auto aducido señalaba que había enrojecido al fuego de su estufa la varilla de su catre y horadado en varios puntos la puerta de su celda hasta lograr abrirla. Una segunda puerta, la del pasillo, lo había detenido: el mismo proceder no había bastado para desquiciar su cerradura y sus candados. La escena no se presenta como una confesión; forma parte de los hechos expuestos por el fiscal en el curso de la vista.
Lagru opuso una rotunda negativa a las declaraciones de los numerosos testigos deponenetes. El señor Mante, fiscal de la República, pronunció un brevísimo informe y solicitó un veredicto de culpabilidad sin circunstancias atenuantes. El letrado Baucandy interesó la libre absolución por falta de pruebas. Entre ambas pretensiones, incumbía al jurado responder a las cuestiones planteadas; la crónica no reproduce los testimonios íntegros ni los pormenores de su deliberación.
El veredicto fue condenatorio, con concesión de circunstancias atenuantes. El Tribunal impuso a Lagru cinco años de reclusión mayor y cinco años de prohibición de estancia. Tal fue la pena decretada en esta causa. El relato clausura seguidamente la sesión con unas palabras atribuidas a Lagru, quien, volviéndose hacia el público, pronunció: «Hasta la vista, camaradas».
La Gazette había articulado la instrucción en una cadena de indicios: el hierro junto a la cruz, la puerta descerrajada, las hojas colmadas de amenazas, los anónimos, las idas y venidas en la taberna y, por último, el peritaje. El jurado respondió afirmativamente y recayó la condena; las páginas no revelan, con todo, cada voz ni cada motivo que rigió el fallo. Dejan ante todo una estampa postrera, escueta tras tantos renglones dedicados a las escrituras: un reo que dirige al auditorio una despedida sin explicaciones. Es ahí, y no en una escena añadida, donde concluye la narración.
