En la noche del 7 de noviembre de 1884, en la aldea de Les Allouettes, un hombre se aproximó a la casa del capataz Etienney con un artefacto de dinamita. La gendarmería, prevenida por una misiva, había dispuesto una emboscada. Según la relación que la Gazette ofrecería ulteriormente de los debates, el individuo acababa de depositar el artefacto sobre el umbral y arrimaba una llama a la mecha cuando fue descubierto. Emprendió la fuga. Un primer disparo de revólver hirió al sargento mayor Belgy y al gendarme Chofflé; un segundo proyectil alcanzó en el pecho al gendarme Pépin. El hombre, Jean Gueslaff, resultó a su vez herido y fue arrestado. Las detonaciones pusieron fin a la espera policial, pero abrieron al propio tiempo una instrucción que habría de remontarse desde una puerta forzada hasta los itinerarios clandestinos de una vasta provisión de dinamita.
La cuenca minera venía registrando desde 1882 una serie de actos violentos que la crónica sitúa en el trasfondo del proceso. No confunde tales sucesos precedentes con los hechos enjuiciados en 1885: describe una comarca donde diversas explosiones que permanecían sin autoría conocida habían alimentado la zozobra general, para centrarse de inmediato en los atentados de 1884 y en el expolio que suministró parte de los pertrechos. La Gazette engloba todo ello bajo la denominación de «Banda Negra», si bien los treinta y dos hombres encausados ante la audiencia no comparecen por los mismos actos, ni sus testimonios resultan coincidentes.
La primera pieza material del relato es un polvorín de Perrecy-les-Forges. En la noche del 14 al 15 de julio, su acceso fue violentado; desaparecieron cerca de cuarenta y cinco kilogramos y medio de dinamita, veintiún fajos de mecha recubierta de gutapercha y, acaso, pólvora prensada. El auto de procesamiento atribuía la sustracción a Jean Jacob, apodado Grandjean, y a Philibert Serprix. Describía una barra de uña, dos cajones, un sembrado de patatas y, posteriormente, el acarreo de los bultos hasta el bosque de Champ-Sauvage. Se habría convocado a otros cinco hombres para trasegar el cargamento. Algunos reconocieron su concurso; Alexandre Deschamps y Pierre Calandron rebatieron las declaraciones que los inculpaban.
Los cartuchos no siguieron un curso uniforme. La crónica los ubica en bosques, canteras, ribazos y en manos de diversos encausados. Parte de ellos habría servido para perpetrar la explosión del 13 de agosto contra la residencia del ingeniero Chevallier, en Perrecy. La carga, depositada en el quicio, reventó cristales y tabiques; los esposos Chevallier, que reposaban en la planta baja, sufrieron el impacto de los escombros, mientras que un hermano menor del ingeniero salvó la vida de milagro gracias a una viga que contuvo el desplome de un armario. La Gazette recoge a continuación la confesión de Jacob: había dispuesto el ingenio en compañía de Serprix y luego lo había transportado él solo hasta el inmueble. La gaceta le adjudica esta aclaración vertida durante la instrucción: sabía de sobra que Chevallier se hallaba en el interior. Tal manifestación, de haber sido transcrita con fidelidad, priva a la deflagración del pretexto de constituir una mera advertencia contra un superior.
Otros artefactos iban dirigidos contra templos. En septiembre, la puerta de la capilla de Le Magny fue destrozada por una detonación y los cascotes alcanzaron el altar. El escrito fiscal atribuía el encendido a René Laugrand, apodado Pillot, y a Gilbert Serprix, al tiempo que situaba a Jean Chaillet a cierta distancia para vigilar los accesos. Ya en la vista oral, Laugrand rectificó esta última imputación: reconoció haber implicado a Chaillet indebidamente durante el sumario. Chaillet negó asimismo haber montado guardia. La participación de los restantes acusados se hilvanaba a partir de reuniones clandestinas y entregas de dinamita o mechas. Pocas jornadas después, Lauvernier y Dessolin habrían colocado un barreno al pie de la cruz de Le Magny. La sacudida no derribó la cruz, pero hendió un peldaño del pedestal y desencajó los restantes. En octubre se halló ante la capilla un cilindro de hierro atiborrado de dinamita, pólvora y restos de chatarra; el sacristán lo había tomado en un primer momento por un tarugo de leña. Para cada uno de estos episodios, la Gazette deslinda minuciosamente las confesiones, las negativas y las supuestas complicidades, aun cuando el escrito acusatorio no siempre observara idéntica prudencia.
A medida que se sucedían las audiencias, aquel material probatorio mudaba de cariz. Jacob y Serprix, que se habían incriminado mutuamente en el curso de la instrucción, aportaron en la sala una versión inédita: dos desconocidos les habrían prometido doscientos francos por sustraer los explosivos. El presidente les afeó sus declaraciones precedentes. Respondieron que no habían dicho la verdad ante el juez instructor. Rauvet, que reconoció haber transportado los cajones, negó al principio su pertenencia a la Banda Negra y adujo que el magistrado le había dictado la confesión; el presidente ordenó entonces la lectura de una carta remitida a su madre en la que manifestaba su pesar por haberse afiliado. Deschamps y Calandron rechazaron de plano las imputaciones vertidas contra ellos. En otro punto del banquillo, un acusado admitía haber portado u ocultado cartuchos sin dejar de jurar que ignoraba el fin al que habrían de destinarse. De este modo, la causa avanzaba a golpe de admisiones parciales, desmentidos y relatos irreconciliables, lejos de una confesión unívoca que desentrañara la trama.
La posición de Brenin resultaba harto más turbia. El acta de acusación lo perfilaba como un confidente de la policía, encomendado a seguir los designios de la gavilla sin participar materialmente en ellos. En estrados, aseguró que el comisario Thevenin lo había tanteado ofreciéndole una recompensa; la declaración testifical dada a leer tras el fallecimiento del comisario sostenía, por el contrario, que Brenin había brindado sus servicios de forma espontánea y que se le había ordenado encarecidamente abstenerse de obrar como provocador. Las sumas dinerarias diferían asimismo según las declaraciones: cinco o diez francos en las jornadas sin jornal, doscientos francos entregados en octubre, de mil a tres mil prometidos por frustrar un atentado, y doscientos cincuenta francos la misma noche en que alertó a la fuerza pública. La crónica no dirime semejantes contradicciones. Deja patente, en cambio, su efecto práctico: Brenin mantenía tratos con Hériot, con Gueslaff y con la policía precisamente cuando un revólver circulaba de mano en mano antes de la incursión de Les Allouettes.
Gueslaff no negó la totalidad de los preparativos, pero disputó agriamente su interpretación. Admitió haber concertado con Hériot el plan del 31 de octubre, mas aseveró que Brenin le había suministrado el arma corta por orden expresa del comisario. Reconoció que Brenin le había facilitado yesca, fósforos y un cigarrillo; impugnó, con todo, ciertas frases atribuidas por Hériot y rechazó la especie de que se hubiera pretendido situar la carga justo encima del lecho de Etienney. Por lo que atañe al tiroteo del 7 de noviembre, adujo haber respondido tras oír las primeras detonaciones, reconociendo luego haber disparado dos veces sin saber, según su descargo, que hacía blanco contra guardias civiles. El presidente pormenorizó la naturaleza de las lesiones y la secuencia de los tiros deducida de las declaraciones; Gueslaff denunció haber sido apaleado por la dotación. Acto seguido, el magistrado evocó un episodio posterior al arresto: hallándose en prisión, Gueslaff había implorado agua, y Belgy, él mismo herido, le había alcanzado un vaso de agua azucarada. Gueslaff convino en que aquel gendarme fue quien con mayor humanidad se había portado con él. Tras la pólvora y el plomo, esta breve réplica reserva en la crónica un espacio a algo distinto de la mera violencia. Tales palabras permanecen como las consignó el diario, sin aditamento alguno de diálogo teatral.
El confidente distaba mucho de reducirse a un testigo neutral. Gueslaff lo señaló como el verdadero urdidor del complot; Brenin reconoció haber transmitido informes confidenciales, cobrado emolumentos y suministrado útiles de encendido, si bien porfió en que obraba guiado por el deseo de salvaguardar a la sociedad y que no había intervenido en la confección de la bomba. Hériot desmintió parte de sus asertos, señaladamente acerca de quién había solicitado el revólver. La Gazette expone estas desavenencias a la luz pública: no desgrana el detalle de las contestaciones del jurado a cada una de las cuestiones formuladas y, por ende, no permite transformar cada cargo vertido en el estrado en verdad judicial inconcusa.
Los debates tocaron a su fin, reseña el rotativo, un domingo a las once de la noche. El veredicto deparó la absolución para veintidós de los treinta y dos encausados; otros diez resultaron condenados. Gueslaff fue sentenciado a diez años de trabajos forzados; Brenin, a cinco; Jacob, a doce, y Hériot, a veinte. Lauvernier, Claude Martin, Laugerette, Gilbert Serprix, Philibert Serprix y Laugrand sufrieron penas de prisión que oscilaron entre los dos y los ocho años. La crónica no consigna los nombres de los veintidós absueltos en el fallo ni suministra las respuestas minuciosas del jurado que arrojarían luz sobre la disparidad de las suertes. Preciso es atenerse a lo transcrito: el hurto de unos explosivos perseguido a través de varios atentados presuntos, declaraciones desandadas una y otra vez, un agente encubierto transmutado en protagonista de los hechos y, en última instancia, un tribunal que deslinda a los culpables de los exculpados sin hacer partícipe al lector de las íntimas convicciones del jurado.
La mecha, en este proceso, no desemboca en una certidumbre incontestable. Traza un itinerario entre depósitos clandestinos, cartuchos elaborados en la espesura y los canteros, moradas y templos atacados o perdonados, y un grupo de hombres cuyos testimonios vacilan según avanza la vista. Al cabo del camino pervive un interrogante más hondo que el apodo de la hermandad secreta: ¿hasta dónde le es lícito llegar a quien dice tener por misión vigilar un crimen, cuando conoce al dedillo sus preparativos, continúa confabulado con los conjurados y percibe emolumentos del mismo poder al que asiste? La Gazette aporta las piezas del dilema; corresponde al lector mantener bien deslindadas la acusación implacable, la réplica del reo y la única certeza irrebatible que el rotativo consigna: la de veintidós absoluciones y diez condenas.
