El 24 de febrero de 1878, a las ocho y media de la mañana, un ascensor del Grand-Hôtel descendía apenas unos metros cuando se elevó de improviso hacia los pisos superiores. La baronesa de Schack acababa de tomar asiento en la primera planta; el vigilante Roch y Garneret, encargado de maniobrar el aparato, ya se hallaban en su interior. La cabina colisionó contra el techo de hierro y las cristaleras que coronaban la caja en el quinto piso. El impacto quebró las cadenas y sus amarras; el ascensor se precipitó de nuevo hasta la planta baja. Las tres personas que ocupaban la cabina fallecieron. El examen médico aportado en la audiencia atribuyó sus fracturas de cráneo al primer choque, en la cúspide de la carrera.
El proceso debía dilucidar si semejante catástrofe procedía de un fallo mecánico que ninguna vigilancia habría podido precaver o de una negligencia punible. La Gazette des Tribunaux publicó la crónica de la vista del 27 de mayo en su número del 28 de junio. El encausado era Louis-Désiré Alberty de Cadenet, jefe de mecánicos del Grand-Hôtel, encomendado desde hacía varios años a la inspección y mantenimiento de la maquinaria. Su empleador, el director Van Hymbeck, comparecía citado como responsable civil; los constructores Edoux no figuraban entre los procesados.
Dos ascensores habían sido instalados en 1876 por Edoux, quien ya contaba en su haber con un considerable número de instalaciones. El establecimiento había reconocido su funcionamiento satisfactorio, desembolsando cuarenta mil francos por el conjunto. No se había estipulado plazo alguno de garantía, ni el mantenimiento de los mecanismos corría a cargo del fabricante. Tales estipulaciones dejaban la máquina, una vez entregada, al cuidado exclusivo del hotel. Estos cuidados incumbían a Alberty, elegido en virtud de su probada competencia y de los excelentes informes recabados sobre su persona.
Para desentrañar la caída del 24 de febrero, el perito judicial se remontó a un incendio acaecido en las buhardillas durante la noche del 2 al 3 de julio de 1877. El foco se hallaba en el punto por donde discurrían las cadenas del ascensor Scribe. Puestas al rojo vivo, las cadenas se partieron, dejando caer los contrapesos desde el quinto piso hasta el sótano. Una vez liberadas, las cadenas cayeron por las columnas huecas de la caja y azotaron los ángulos inferiores de la cabina. El perito estimaba que aquellos golpes habían transmitido al ensamblaje del asiento y del émbolo una sacudida de violencia suficiente para incoar su deterioro.
El aparato había sido reparado y devuelto al servicio. La pieza de fundición que unía el émbolo hidráulico a la cabina yacía oculta bajo una capa de pintura; las fisuras, leves al principio según la hipótesis pericial, habrían aumentado a medida que se repetían las tensiones de trabajo. Cuando se desmontó la máquina tras el siniestro, dicha pieza se hallaba partida en cinco fragmentos. Las superficies de las fracturas no presentaban ni el mismo color ni idéntico grado de oxidación. A juicio del perito, se habían producido de forma sucesiva, y no todas al instante del desplome. Consideraba asimismo que las fisuras exteriores habrían acabado por advertirse de haberse examinado con celo la cabeza del émbolo.
El cálculo descartaba, a sus ojos, una rotura debida únicamente al esfuerzo ordinario del aparato: las dimensiones de la pieza le conferían una resistencia muy superior a la requerida por su régimen habitual de marcha. Preciso era buscar la causa en otra parte. En los basamentos de las columnas, el técnico había observado huellas de martilleo; las traviesas inferiores de la cabina mostraban marcas concordantes. La repetición de tales encontronazos, juzgaba, bien pudo haber rematado una pieza ya quebrantada.
En este punto, la explicación mecánica enlazaba con el gobierno cotidiano de la máquina. Un reglamento dictado por la dirección prescribía a los conductores correr dos cerrojos de seguridad al tocar la planta baja, bajo conminación de despido. Dicha maniobra tenía por objeto impedir los choques contra los topes. El informe presumía que los conductores omitían a veces su uso, sin que fuera factible determinar quién había provocado cada golpe: Garneret había muerto y Degonda negaba haber dejado que el ascensor tocase violentamente el suelo. Un fiador automático, concebido para detener la cabina si los cerrojos no se echaban, había funcionado también durante un tiempo; mas había quedado demasiado corto para cumplir su cometido. El perito estimaba que la debida vigilancia de este fiador habría atajado los golpes reiterados, y que una inspección atenta de la pieza de ensamblaje habría permitido descubrir las fisuras.
El ministerio fiscal imputaba a Alberty dos negligencias palmarias. En primer término, debió haber descubierto las hendiduras de la cabeza del émbolo. La acusación subrayaba que el propio Alberty reconocía la gravedad de examinar las piezas de acoplamiento. El perito afirmaba que las fisuras habrían resultado visibles. En segundo lugar, debió haber advertido el defecto del fiador inferior y procurar su compostura. El reo había admitido haber mandado reparar, en repetidas ocasiones, otros fiadores que se habían desajustado; para la acusación, el cuidado de tales piezas recaía de lleno bajo su incumbencia. El ministerio público concluía solicitando condena por triple homicidio por imprudencia.
El presidente del tribunal examinó ambos extremos con el acusado. Le recordó el incendio, la caída de las cadenas y de los contrapesos, y luego los golpes que los cocineros aseguraban oír desde los sótanos. Estos últimos habían referido trepidaciones tan violentas que llegaban a volcar las salsas sobre las mesas; el jefe de reposteros, Guiet, había denunciado por su parte crujidos frecuentes. Alberty rebatió semejante cuadro. Afirmó que jamás se habían constatado sacudidas de tal calibre y distinguió los crujidos de aquellos impactos capaces de infligir un daño visible al mecanismo.
El debate derivó hacia el fiador. El presidente recordó que servía para detener el ascensor y eludir los choques; el procesado arguyó que convenía atender asimismo a los defectos de construcción. Alegó la ausencia de contratuercas en los pernos de la pieza de fundición y la flaqueza del ensamblaje. Edoux, hacía notar, las incorporaba de continuo en sus aparatos de reciente fábrica. El presidente no juzgó esta mudanza indicio suficiente de vicio de origen: añadir una cautela ulterior no bastaba por sí solo para demostrar que la fábrica precedente comprometiera la responsabilidad del constructor.
Los testigos no prestaron un concurso unánime a la tesis acusatoria. El ingeniero Lévy ratificó su informe pericial. El peluquero Garde, que había visto el ascensor dispararse hacia lo alto del hotel, nada había presenciado que esclareciera la causa del suceso. El constructor Félix-Léon Edoux achacaba al siniestro de julio el origen de la catástrofe, mas defendía la solidez de su obra: a su entender, la pieza podía tolerar esfuerzos cuatro veces mayores que los soportados, y el maquinista debió haber visto las fisuras. Su hermano Alphonse, socio de la empresa, prestó idéntica declaración.
Degonda gobernaba a menudo el ascensor. Declaró que Alberty lo vigilaba con esmero y creía que examinaba sus órganos cada mañana; él mismo, en calidad de conductor, no los inspeccionaba por no corresponder a su cometido. Schuller, jefe de servicio, explicó que obraba de intermediario entre el director y el maquinista, mas no daba órdenes a este respecto a las máquinas: Alberty era su dueño absoluto. Faulquier, el arquitecto, negó haber alterado las poleas tras el incendio; las obras que había dirigido atañían exclusivamente a la techumbre. Por último, Verdier relató que se había declarado un fuego durante el baile de bodas de su hermano; vio cómo las cadenas del ascensor se desplomaban sobre la cabina y admitió que la máquina pudo haber quedado resentida por tal sacudida.
La crónica se interrumpe antes de fallo alguno. El fiscal sustituto interesó la aplicación de la ley; el letrado Chenal informó por Alberty de Cadenet y el letrado Lenté por Van Hymbeck. El tribunal aplazó la sentencia a ocho días. Nada, en el texto conservado, permite colegir lo que resolvió después. La página deja así a las tres víctimas frente a dos explicaciones inconciliables: un mecanismo quebrantado por el incendio y los subsiguientes encontronazos, y una vigilancia que, al decir de la acusación y del perito, debió haber descubierto el desgaste antes de que deviniera irreparable.
