El papel era sumamente breve, estaba escrito en italiano y Guglielmo Tasso lo había solicitado para cotejar las declaraciones de dos jóvenes de la aldea. El teniente coronel Abatucci se lo entregó. Aquella minuta resumía los informes que Domenico y Antonio le habían proporcionado por separado a propósito de Sanvito Lanfranchi. El comandante ignoraba aún que aquellas voces habrían de mudar de parecer en reiteradas ocasiones, y que él mismo se vería pronto acusado de habérselas dictado.
Hacía poco tiempo que Córcega había quedado bajo el gobierno de Francia. La relación de Champagnac describe una isla donde las venganzas de sangre y las correrías de los bandoleros continuaban sembrando el pánico entre los naturales. El regimiento provincial había sido instituido con el objeto de restablecer el sosiego público. Abatucci, teniente coronel, ejercía el mando en la demarcación de «más allá de los Montes» y residía en la pieve de Talavo. Su cometido, a tenor de lo expuesto por el cronista, era de índole estrictamente militar: perseguir a los hombres en armas, descubrir sus guaridas y prevenir tropelías.
Los hermanos Biaggi acababan de dar muerte a Francisco-Antonio Lanfranchi. Su primo Sanvito, que regentaba un modesto molino en Guittera, era harto conocido por el trato que con ellos mantenía, y uno de los mismos homicidas lo había señalado como cómplice. Las quejas pretéritas, las armas que la voz pública aseguraba ocultas en su morada y los rumores de venganza componían una semblanza sombría, mas fundada por entonces en meras sospechas. Abatucci dispuso su traslado a la ciudadela de Ajaccio a guisa de providencia gubernativa, y dio cuenta inmediata a su superior, el mariscal de campo de Beaumanoir. Le propuso inclusive no ir más allá de tal medida de policía si con ella bastaba para conjurar el peligro.
En su respuesta, fechada el 14 de marzo de 1778, Beaumanoir instó a que los tribunales examinaran la conducta pretérita de Sanvito y anunció la posibilidad de comprenderlo en la causa instruida contra los Biaggi. Conminó a Abatucci a allegarle cuantos informes resultasen de provecho y las identidades de aquellos testigos sabedores de los consejos que Sanvito hubiese dado a los matadores. El procurador del rey en Ajaccio encomendó asimismo al teniente coronel la recopilación de noticias. De este modo, el militar que había decretado el arresto de Sanvito se halló investido del encargo de recabar testimonios incriminatorios contra él.
Abatucci recurrió al cura de Cozza, parroquia limítrofe con Guittera, solicitándole hechos circunstanciados y la filiación de quienes pudieran deponer sobre ellos. Tal pesquisa debía permanecer bajo riguroso secreto, refiere Champagnac. Antes de que llegase la contestación, Sanvito se fugó de la fortaleza en compañía de otros reclusos, quebrantó dos cerrojos, costeó los baluartes y ganó la ribera del mar. Fue apresado de nuevo y puesto a buen recaudo. Las noticias remitidas por el párroco, al llegar a manos de Abatucci, no pudieron servir para una actuación perentoria; la crónica no pormenoriza la totalidad de su contenido.
Una mañana, Domenico se presentó en el alojamiento del comandante. Hallándose Abatucci quebrantado por las fiebres desde hacía unos días, rehusó en un principio recibirlo, mas consintió al saber que el joven traía noticias de bulto que revelar. Domenico refirió la conducta de Sanvito y previno que Antonio acudiría también en aquella misma jornada. Antonio compareció por la tarde y relató, según las actas de la crónica, parecidas circunstancias. El uno prestaba sus servicios en el molino de Sanvito; el otro trataba con familiaridad a los vecinos del pueblo. Tales vínculos parecieron conferir verosimilitud a sus revelaciones, aun sin constituir formalmente deposiciones judiciales.
Abatucci reservó aquellos relatos a la espera de que su salud le permitiese dar traslado de ellos a Beaumanoir y al procurador del rey. Tres o cuatro días más tarde, Guglielmo Tasso, soldado del regimiento y vecino de Guittera, le inquirió si había recibido a Domenico y Antonio y qué le habían manifestado. El teniente coronel se sorprendió de que un soldado raso lo interrogase sobre un negocio que no le atañía. Guglielmo adujo que conocía a ambos individuos y deseaba cerciorarse de si lo declarado concordaba con cuanto a él le habían referido.
Existió otra nota que debió de ser diversa de la entregada a Guglielmo. Al experimentar mejoría en su dolencia, Abatucci redactó para su gobierno particular un resumen de los datos recibidos, con el fin de precaver cualquier olvido. Antes de ponerlo por escrito, Sanvito había sido conducido de nuevo a la ciudadela y el menor de los Biaggi, aprehendido con las armas en la mano, había sido condenado a la última pena. En su disposición testamentaria, este último aseguró que Sanvito había facilitado una pistola a su hermano y socorrido con vituallas a ambos fugitivos. Abatucci remitió el extracto al procurador del rey, dejando en sus manos el proceder conforme a derecho.
Philibert Léonardi, pariente del occiso, formalizó querella criminal. Abatucci consideró entonces que la vindicta pública había asumido la causa y que su comisión tocaba a su fin. Se tomó declaración a diez testigos. Siete de ellos se ratificaron, asevera Champagnac. Antonio se desdijo, manifestando que Guglielmo lo había inducido a su primera deposición; Domenico flaqueó a su vez tras ser careado. Guglielmo se mantuvo firme en cuanto había aseverado.
El 19 de agosto de 1778, el juez de Ajaccio sobreseyó la causa respecto de Sanvito y mandó ponerlo en libertad. Al consignar la condena a seis años de galeras, Champagnac anota «Guglielmo y Tasso», no obstante haber denominado con anterioridad al soldado con el nombre compuesto de Guglielmo Tasso: semejante redacción arroja incertidumbre sobre la identidad o el número cabal de los penados, e impide sostener con certeza que se tratase de dos personas distintas. La misma sentencia declaró a Domenico reo de falso testimonio y lo condenó a la picota; Antonio fue obligado a presenciar los castigos. Apelado el fallo, el Consejo Superior de Córcega decretó, el 22 de septiembre, que se procediese a una más amplia información y mantuvo en prisión a Sanvito, a los dos testigos y a Guglielmo.
La nueva instrucción fue encomendada a los consejeros Massessi y Baudoin. Champagnac retrata a Massessi como enemigo jurado de Abatucci, a quien supuestamente imputaba haber tenido parte en la muerte violenta de su hijo durante las conmociones revolucionarias. Tal es el juicio apasionado del cronista acerca de uno de los magistrados. En el curso de esta reapertura procesal, Antonio y Domenico, tras sus iniciales retractaciones, mudaron de nuevo de versión. En esta ocasión, acusaron al propio Abatucci de haberlos intimidado para que depusieran contra Sanvito y de haberles dictado en una estancia una declaración que luego rubricó Guglielmo.
La acusación descansaba a partir de entonces en un testimonio que los dos mozos habían alterado repetidamente. Se libró decreto judicial contra Abatucci, quien hubo de sufrir interrogatorio a lo largo de tres días. Respondió que Domenico y Antonio habían acudido por separado, sin testigos ni escolta, a confiarle sus noticias; negó haberles ordenado faltar a la verdad, así como haber comisionado a Guglielmo para sobornarlos. En el acto del careo, les afeó no haber hecho mención de tales coacciones en las declaraciones precedentes. Respondieron que jamás se les había inquirido qué les había dicho Abatucci.
El 5 de junio de 1779, el Consejo Superior, por seis votos contra cuatro, lo condenó a nueve años de galeras, a la infamia de la marca a fuego y a doscientas libras de multa. Guglielmo recibió idéntica pena de nueve años; Domenico, tres años, y Antonio, el destierro de la jurisdicción de Ajaccio por tres años junto con una sanción pecuniaria. Sanvito, sobre quien pesaban gravísimos cargos, fue absuelto libremente a pedimento del ministerio fiscal. Varios testigos que habían depuesto en su contra resultaron asimismo castigados con diversas penas, a pesar de que no mediaba querella alguna por falso testimonio contra ellos, según apunta Champagnac.
Para Abatucci, aquella sentencia transmutaba una comisión de averiguación en un delito de soborno de testigos. Champagnac lo describe en el trance de oír el fallo con continente sereno y fiando su suerte a la justicia del monarca. No se resignó a semejante veredicto. Su descargo habría de ser prolijo y dependería en lo sucesivo de aquellos mismos que habían mudado sus declaraciones.
Largo y trabajoso fue el desagravio. Antonio y Domenico acabaron retractándose en el lecho de muerte, declarando que Abatucci jamás los había inducido y que habían acusado al teniente coronel instigados por el cura de Guittera. Las nuevas diligencias se sustanciaron ante la bailía de Aix. El 17 de julio de 1786, el Parlamento de Provenza confirmó la sentencia que condenaba al sacerdote, rebelde a la justicia, a la retractación pública y a la pena de muerte, con ejecución en efigie. No sufrió, por ende, suplicio corporal en la relación de los hechos que consigna Champagnac.
Abatucci quedó rehabilitado en virtud de este fallo y, poco después, fue restituido en su empleo de teniente coronel. Los años de sus tribulaciones le fueron computados como de servicio activo. Su propósito inicial había sido acopiar datos contra un sospechoso de complicidad; las mudanzas de los testigos, sus retractaciones y dos minutas destinadas a fijar los pormenores habían hecho recaer sobre él la espada de la justicia. Uno de los escritos, sucinto y confiado a Guglielmo, debía servir para cotejar las declaraciones; el otro, cursado a los magistrados, era una memoria auxiliar del propio comandante. En este relato, pues, el papel en sí no agota la causa: son las palabras mudables y el celo ciego con que la justicia las persigue lo que condujo a Abatucci de las pesquisas a la condena, y de la condena a la reparación de su honor.
