En Dowlais, los fusiles ya apuntaban al frente. Miles de trabajadores se habían congregado en el camino; ante ellos, los soldados aguardaban inmóviles. La orden se dio con la lentitud suficiente, según refiere Camden Pelham, para que cada cual comprendiera el alcance de lo que estaba a punto de suceder. La última palabra —«fuego»— no tuvo que pronunciarse. La multitud se dispersó y muchos emprendieron el regreso a sus hogares. A principios de esa misma semana, en Merthyr Tydvil, los disparos ya habían segado vidas frente a la posada del Castle Inn. Aquella confrontación, sin embargo, no había nacido de una conspiración militar, sino de una huelga y del reclamo de una mejora salarial.
El 3 de junio de 1831, los magistrados de la ciudad se congregaron en el Castle Inn con el fin de organizar una respuesta ante las amenazas que temían contra los dueños de las forjas y sus propiedades. Solicitaron refuerzos. Un destacamento del 93.º Regimiento de Infantería, a las órdenes del mayor Folkes, tomó posiciones en la posada, donde las autoridades proseguían sus deliberaciones.
La muchedumbre ya había asaltado el Tribunal de Demandas Menores (Court of Requests), sede donde se dirimían los litigios entre patronos y asalariados. Los manifestantes exigían la entrega de los libros de registro; no obstante, estos habían sido puestos a buen recaudo. Arremetieron entonces contra el edificio y contra la residencia de su oficial, el señor Coffin. Sacaron a la vía pública los volúmenes y el mobiliario, los apilaron y les prendieron fuego. La crónica asegura que algunos perecieron entre las llamas que ellos mismos habían encendido, si bien no precisa sus nombres ni su número.
La multitud marchó a continuación hacia el Castle Inn. Sumaba, según Pelham, más de un millar de almas. Una delegación fue admitida y reclamó con firmeza una subida salarial. Los magistrados replicaron que los trabajadores debían regresar de inmediato a sus puestos y que no tolerarían imposiciones de una turba. Varios amos de forjas les hablaron tanto en inglés como en galés; los operarios mantuvieron inalterable su exigencia.
A las puertas de la posada, un puñado de soldados plantaba cara a una muchedumbre infinitamente más numerosa. Se apostaron hombres en las ventanas, tres en cada una, con los mosquetes amartillados. Los señores Crawshay y Guest intentaron por última vez que la masa se dispersara. Tras un largo diálogo que no arrojó acuerdo alguno, se produjo una repentina embestida contra los soldados, cuyas armas parecían ser el botín codiciado. En ese instante, se transmitió la orden de disparar a los tiradores apostados en las alturas.
Pelham describe una descarga ininterrumpida desde los ventanales. Relata asimismo el combate cuerpo a cuerpo al pie de la posada: un hombre aferró el mosquete de un soldado; el arma quedó atrapada en el forcejeo de ambos contendientes hasta que el militar le asestó una estocada de bayoneta. Otro asaltante despojó de su espada a un tambor mayor y cayó a su vez atravesado por una bayoneta y herido por un proyectil. Otros trabajadores lograron irrumpir en el inmueble y arremetieron contra oficiales y magistrados; varios de ellos sufrieron contusiones de diversa gravedad. La crónica narra la refriega desde la perspectiva de quienes defendían la posada y el orden legal. Registra los movimientos de la muchedumbre y las tropas, pero no aporta una lista fidedigna de los caídos ni recoge el testimonio de los heridos.
Una vez despejada la calzada, trece hombres yacían sin vida sobre el terreno, según el cómputo del cronista. Los trabajadores habían evacuado a otros heridos, entre ellos a varios a quienes la tropa daba por muertos. Cerca de veinte militares resultaron asimismo lesionados; el propio mayor Folkes presentaba un fuerte golpe en la cabeza. Los cadáveres fueron depositados en las caballerizas de la hospedería a la espera de las pesquisas del juez de instrucción forense (coroner). Para los heridos que quedaron bajo arresto, se dispuso atención médica.
El peligro no remitió con el cese de las descargas. Grupos de hombres ganaron las colinas y continuaron hostigando el Castle Inn con escopetas de caza y armas arrebatadas a los soldados. Los magistrados urgieron más refuerzos; al caer la noche, disponían de cerca de quinientos jinetes, soldados de infantería y milicianos. Circulaban noticias alarmantes sobre una columna de varios miles de hombres en las inmediaciones de Coedycymer. Se despacharon tropas en dirección a Penydarren House.
Al día siguiente, los insurrectos se concentraron en Hirwain. Pelham refiere que empaparon dos banderas rojas en sangre de ternero, con la cual untaron también los brazos del abanderado. Cuando la columna se aproximó a Merthyr y avistó los contingentes militares, optó por replegarse. El domingo transcurrió en tensa calma. Para el lunes, los operarios habían convocado una asamblea multitudinaria en Wain Hill, cerca de Dowlais, a la que se aguardaba la afluencia de trabajadores procedentes de los condados de Brecon y Monmouth.
Al romper el alba, miles de manifestantes marcharon hacia Penydarren, pertrechados muchos con garrotes. Las fuerzas del orden, compuestas ya por infantería, milicia y caballería, avanzaron escoltando a los magistrados. En Dowlais, el señor Guest les dirigió la palabra y a continuación se procedió a la lectura de la Ley contra Tumultos (Riot Act). La muchedumbre no se dispersó al instante. Se ordenó entonces a los soldados encañonar a la multitud. La pausa entre las órdenes sucesivas concedió, a juicio de Pelham, el tiempo necesario para que los manifestantes sopesaran las fatales consecuencias. La masa comenzó a retroceder; un sector se llevó las armas requisadas a los soldados y se agrupó en el desfiladero de la carretera de Brecon. Con el correr de las horas, muchos arrojaron sus armas y se retiraron.
Las detenciones comenzaron a practicarse durante la noche y la madrugada siguientes. Catorce hombres fueron arrancados de sus lechos; cerca de cuarenta permanecían ya bajo custodia. La identidad de los reos se vuelve borrosa bajo la pluma del cronista: Pelham atribuye a Richard Lewis una captura en los bosques, mientras que el registro biográfico galés sitúa en los bosques de Hendrebolon la aprehensión de Lewis Lewis. Para desentrañar las sentencias, resulta imprescindible deslindar a ambos individuos y los actos concretos que a cada cual se le imputaron.
En el tribunal de las assizes de Cardiff, Richard Lewis fue sentenciado a muerte bajo la acusación de haber herido en un muslo con una bayoneta al soldado Donald Black, del 93.º Regimiento, durante la trifulca frente a la posada. Black fue incapaz de identificar a Lewis como su agresor. La reseña biográfica de Richard Lewis subraya que los testimonios de cargo descansaron en las declaraciones del barbero James Abbott y del sastre William Williams. Lewis clamó su inocencia y la sostuvo de manera inquebrantable hasta el cadalso. Por su parte, los jurados convocados para instruir la muerte de los trabajadores caídos bajo el fuego militar dictaminaron sendos veredictos de homicidio justificable. Estas dos series de decisiones, registradas por la misma crónica, ilustran el sesgo con que la administración de justicia interpretó la violencia, sin procurar jamás una reconstrucción imparcial de cada disparo.
Un segundo procesado respondía a un nombre casi idéntico. El carretero Lewis Lewis, a quien Pelham apoda «el Cazador», fue encausado junto a David Hughes, Thomas Vaughan y David Thomas por un incidente acontecido el 2 de junio, la víspera de la masacre. Cuenta Pelham que un grupo de manifestantes restituyó a una viuda un mueble que los alguaciles del tribunal le habían embargado y vendido posteriormente por dos guineas a otra viuda. Sin embargo, devolver el enser a su dueña original dejaba sin su dinero a la compradora. La cuadrilla se dirigió entonces al domicilio de Thomas Lewis para exigirle las dos guineas necesarias para resarcir a la segunda mujer; David Williams cobró la suma. La fiscalía vinculó este acto a los disturbios generales de Merthyr. Durante la vista oral, el testigo John Thomas intentó declarar que Lewis Lewis lo había protegido de una agresión colectiva ante la vivienda de Coffin; empero, el tribunal le denegó la exposición de dicho testimonio ante el jurado, sirviendo más tarde únicamente para cursar una petición de clemencia.
Tanto Richard Lewis como Lewis Lewis fueron condenados a la pena capital. En los casos de Hughes, Vaughan y Thomas, la sentencia de muerte quedó asentada en el libro de registros, dando a entender el magistrado que sería conmutada por deportación perpetua. En cuanto a Lewis Lewis, el diccionario biográfico galés certifica la conmutación por destierro perpetuo, y no los catorce años que consigna Pelham; el cronista adjudica esos catorce años a los otros tres encausados. A Richard se le concedió una suspensión de dos semanas, mas no la clemencia real. Pelham deja constancia de su protesta de inocencia hasta la misma víspera del suplicio, así como de una declaración de Lewis Lewis que lo situaba completamente al margen de la refriega. Estas afirmaciones desmienten la condena, pero resultan insuficientes para esclarecer sus verdaderos actos. Según la reseña del Dictionary of Welsh Biography, Richard Lewis subió a la horca en Cardiff el 13 de agosto de 1831, fecha que discrepa de la anotada por Pelham.
En esta crónica de huelga, revuelta popular y castigo judicial, la frontera entre la vindicación colectiva y la violencia armada se difumina de un día para otro. La disolución de Dowlais y el asalto al Castle Inn constituyen episodios netamente separados; los trabajadores condenados no comparecieron por los mismos hechos. Y la última palabra de aquella jornada —la que los soldados jamás llegaron a pronunciar— no logra acallar las órdenes de fuego que la precedieron ni las implacables sentencias que vinieron después.
