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Justicia y escándalos · Inglaterra

La peluca de Sancho

En Drury Lane, una peluca tomada en préstamo para encarnar a Sancho desencadena una disputa entre Charles Macklin y Thomas Hallam. Los testigos discrepan sobre la restitución del accesorio y el forcejeo subsiguiente; no obstante, coinciden en el golpe de bastón y la herida mortal. El jurado determina homicidio involuntario (manslaughter), descartando el asesinato premeditado.

En Londres, en 1735, en el teatro de Drury Lane, una peluca de utilería se convierte en el epicentro de una disputa que apenas dura unos minutos. Charles Macklin la había llevado la víspera en el papel de Sancho; Thomas Hallam la reclama para el entremés de la noche. Ambos comediantes tienen motivos para creerla a su disposición. Arne acaba de rendir cuentas en la oficina de tramoya; hacia las ocho, se instala junto al fuego, frente a un largo banco con capacidad para cinco o seis personas. La función principal toca a su fin; la compañía prepara ya el siguiente divertimento. Cuando Hallam cae, una vara de madera le ha atravesado el ojo izquierdo. Morirá al día siguiente.

Thomas Arne, encargado del recuento de las localidades, se halla cerca del fuego en la estancia donde los actores se calientan. Oye a Macklin inquirir por qué Hallam ha tomado «su» peluca. Hallam replica que tiene tantos derechos como él sobre una pieza del vestuario común. Otros comediantes le aconsejan devolverla; así lo hace, tras lo cual Macklin toma asiento y comienza a peinarla. Los preparativos de la obra continúan en derredor: el desacuerdo brota en el salón entre bastidores, allí donde accesorios e histriones circulan de un papel a otro, lejos de los ojos del público. Durante siete u ocho minutos, según Arne, todo parece apaciguarse. Sin embargo, Macklin vuelve a insultarlo. Hallam responde que no es más canalla que su adversario. Macklin se levanta con brusquedad y asesta una larga estocada con el bastón que empuña.

Arne ve a Macklin retirar el arma, palidecer, darse la vuelta y arrojar el bastón al fuego. Hallam se lleva la mano al ojo y exclama que la punta le ha atravesado la cabeza. Le hacen sentar. Macklin se inclina hacia él y posa una mano sobre el ojo; Hallam repite que se le ha salido. Macklin asegura sentir el globo ocular rodar bajo su mano. El joven Cibber manda llamar al cirujano Coldham. Arne juzga que Macklin está consternado, primero por su propio arrebato y luego al palpar la herida.

Thomas Whitaker, sastre del teatro, sitúa la querella más temprano en la velada. Había prestado una peluca cómica a Macklin para interpretar a Sancho en The Fop’s Fortune. Al día siguiente, Hallam le solicita la misma, pero Whitaker ya no la tiene. Macklin la reclama, tilda a Hallam de insolente y añade que bien merecería una paliza. El actor que interpreta a Juba interviene: el alboroto perturba la representación. Hallam acaba apostado entre una puerta y un banco; Macklin, a unos pasos de distancia, se abalanza. Whitaker explica que había subido a desvestirse tras lucir un atuendo; Woodford le pidió entonces que trajese una cimitarra. Al descender, no halló a Woodford y se dirigió a la estancia de escena; ese regreso le permitió presenciar el ataque y la reacción de Hallam. Whitaker ve a Hallam llevarse la mano al ojo, mas no puede precisar si Macklin caminó o corrió antes de descargar el golpe.

Macklin ofrece una versión que arranca del mismo requerimiento de atrezo, pero se detiene en lo que considera una provocación. La peluca vestida la víspera para Sancho, aduce, es indispensable para su nuevo papel, cuya índole depende del aspecto magro y famélico del personaje. Asegura haber solicitado un favor para recibir una negativa. Más tarde, el autor de la comedia habría persuadido a Hallam de cederle la primera peluca; el encargado del atrezo habría traído una segunda. Hallam acabó arrojándole la pieza, repitiendo que lo había tratado como a un carterista. Macklin refiere haberse enfurecido, haber gritado «¡Fuera de aquí, necio!» empuñando su bastón. Según él, Hallam se giró justo en el instante en que arremetía; la punta le habría penetrado en el ojo «por desgracia».

Robert Turbut, otro actor presente, describe una conversación que principia casi en tono de chanza: el grupo habría sometido a votación quién debía ceñirse la peluca, y Macklin habría vencido. Hallam se la arroja, pero reitera que se le ha tratado como a un ladrón. Ambos hombres se cruzan el epíteto de «mentiroso», y luego el de «bribón». Turbut refiere asimismo que Hallam afirmaba haber recibido la peluca de la sastra, la señora Greenwood, y la juzgaba idónea para su propio personaje. Macklin creía, por su parte, que le pertenecía tras haberla tomado prestada la víspera. Turbut conjetura que Macklin le propinó un empellón, sin apuntar a un punto en particular. Este testimonio concuerda con la noción de una arremetida ciega, pero deja intacto el dilema sobre la violencia del impulso y lo que Macklin podía prever al alzarse, bastón en mano.

Tras el golpe, Macklin solicita que conduzcan a Hallam a los baños, creyendo que su ojo corre peligro. La señora Moore propone más bien albergarlo y procurarle cuidados. Al día siguiente, Robert Turbut le aconseja ocultarse para eludir la prisión. Macklin le entrega la única guinea que posee y le ruega que haga comparecer a un médico. Afirma no haber comprendido que la herida pudiera resultar letal. Entre el primer reproche y la estocada, señala, apenas transcurrió una decena de minutos, sin interrupción alguna.

El proceso no versa, pues, sobre la identidad de quien descargó el golpe —hecho que Macklin no niega—, sino sobre la intención que lo animó. Las declaraciones no concuerdan plenamente en la secuencia de los improperios, el modo en que Hallam restituyó la peluca ni el movimiento del arma; coinciden, empero, en la disputa, el bastón en la mano de Macklin y la herida mortal. Nueve hombres de la escena, entre ellos el director Fleetwood, Quin, Ryant, Thompson y Mills, acuden a atestiguar sobre su temperamento templado y pacífico. Su presencia demuestra que Macklin comparece ante el tribunal respaldado por una cofradía de colegas dispuesta a interceder por él. Sus declaraciones atañen a su reputación, no a los escasos minutos vividos en la sala; Thomas Arne y Whitaker, por contra, describen directamente lo que vieron. El jurado no lo declara culpable de asesinato (murder), sino de homicidio involuntario (manslaughter); la crónica deslinda con nitidez este veredicto del crimen imputado en la acusación formal. No consigna disposición alguna sobre la pena ulterior. Al día siguiente del lance, Hallam yacía muerto. La peluca que al fin se había restituido carecía ya de valor; subsistía únicamente el golpe descargado tras su devolución.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Borrow fecha los hechos en mayo de 1735 e indica que Hallam falleció al día siguiente de recibir el golpe. El jurado declaró a Macklin culpable de manslaughter. El capítulo concluye con el veredicto y no precisa la condena posterior; el proceso de Mary Young, que figura a continuación en el volumen, constituye una causa distinta y ajena a este asunto.

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