Cuando Tilloy regresó a su hogar, su mujer acababa de echar el cerrojo a la puerta para impedir que el desconocido volviese a entrar. El hombre al que ella afirmaba haber visto carecía de nombre. El marido, en cambio, no tardaría en llevar en el bolsillo una navaja recogida de la mesa. En aquella causa, el agresor permanecía invisible, mientras que el objeto y el regreso de Tilloy ofrecían asidero a las sospechas.
Hacía quince meses que Tilloy se había casado con Catherine. Trabajaba como jornalero agrícola en casa de Prévost, servicio que solo le permitía pernoctar bajo su techo cada quince días. La víspera había vuelto a casa por corresponderle su turno de descanso; los domingos se le autorizaba a ausentarse hasta el mediodía. Se puso, pues, en camino antes de las ocho, consumiendo al andar el almuerzo que llevaba consigo. La vivienda se hallaba en Gombremez, término municipal de Saulty; el cercado donde se disponía a cavar distaba de allí el intervalo de una alquería y dos calles flanqueadas de setos.
La relación debida a Champagnac sigue la línea trazada por la defensa de Tilloy. Mientras el joven se hallaba faenando, un desconocido habría aprovechado su ausencia y el sosiego reinante en las calles durante el oficio divino para penetrar en la morada. Habría arrastrado a Catherine a la estancia contigua, habilitada desde hacía algún tiempo como establo de vacas, y la habría herido al oponer ella resistencia al asalto. La crónica no revela el nombre de aquel individuo. Pese a sus heridas, Catherine logró alcanzar la puerta y atrancarla, presa del pavor a que el agresor retornara. Añade el relato que el hombre se habría incautado de un hacha advertida en la pieza y habría despojado a Catherine de la navaja con la que intentaba defenderse. Aquella puerta cerrada constituyó, de tal suerte, el primer obstáculo con que tropezó Tilloy a su vuelta.
Hacia las diez y tres cuartos, Tilloy abandonó el cercado y emprendió el retorno a la casa. La puerta de la calle se encontraba cerrada, al igual que la del huerto. Preguntó a una vecina si su esposa había salido, a lo que esta respondió negativamente. Ante la ventana que daba al jardín, golpeó los postigos y aguardó. Se percibió entonces un rumor en el interior: era Catherine, que se arrastraba con dificultad hacia el ventanal. Logró abrirlo. La descubrió malherida y bañada en sangre. Acudió de inmediato en busca de auxilio vecinal; al punto, la vivienda se vio concurrida por los lugareños.
Sobre la mesa yacía una navaja con cachas de cuerno de ciervo. Tilloy la tomó mecánicamente y se la guardó en el bolsillo. Conjetura la crónica que alguna vecina pudo haberla recogido y lavado, mas nada asevera sobre la identidad de quien lo hiciera. Al personarse las primeras autoridades, Catherine manifestó que un desconocido había penetrado en la vivienda y la había herido en el antiguo establo. Puntualizó que vestía una chaquetilla blanca. Ante los gendarmes, pormenorizó con mayor claridad la agresión que había rechazado. Ante el juez de paz, sostuvo idéntica versión de los hechos.
Semejante testimonio no bastó para poner a Tilloy a cubierto de las sospechas. Se puso en conocimiento de la autoridad judicial que se le había hallado en posesión de la navaja de su esposa; dos gendarmes depusieron en su contra. El juez de paz libró mandamiento de prisión y el jurado resolvió que había méritos bastantes para formular acusación. Catherine no tardó en sucumbir a consecuencia de sus heridas. El individuo descrito como un desconocido no había podido ser identificado; a quien la justicia retenía entre rejas era al marido, retornado del campo y portador de un arma blanca cuya trayectoria hasta la mesa no acertaba a esclarecer la defensa. Tanto el agente municipal como su adjunto habían escuchado a Catherine tan pronto como llegaron; el brigada de gendarmería y sus números recibieron después las mismas manifestaciones. Cuando el juez de paz se personó en el domicilio, la moribunda reiteró que un hombre desconocido se había introducido en la casa y la había atacado. Empero, la noticia del arma hallada en el bolsillo de Tilloy y los informes de la fuerza armada cobraron primacía en las diligencias que desembocaron en su arresto.
Entre las declaraciones de cargo figuraba la de la mendiga Lobel. Aseguró esta que, habiendo acudido a impetrar caridad a la puerta de Tilloy el mismo día de la agresión, este le había denegado el pan. Habría permanecido luego al acecho cerca del inmueble y oído una disputa en la que mediaron recelos de celos y amenazas de muerte. La defensa inquirió las razones por las cuales Lobel no había acudido de inmediato ante el juez de paz o ante el director del jurado, así como el motivo de que no diera la voz de alarma a la vecindad si percibía los gritos de una mujer. Recordó asimismo que Tilloy le había rehusado la limosna: semejante deposición bien podía ser, a juicio del letrado, una venganza nacida de aquella negativa. No por tardíos resultaban menos graves los extremos relatados; resultaban, eso sí, harto más difíciles de ponderar.
La causa se vio ante el tribunal criminal del Pas-de-Calais, con sede en Saint-Omer. El letrado defensor, don Duronceray, desgranó las contradicciones existentes entre las diversas versiones y recalcó la actitud de la propia víctima, quien en todo momento había señalado a un desconocido. Sostuvo que la mujer había sobrevivido a los golpes el tiempo suficiente para imputar el hecho a un agresor ajeno a su cónyuge. Llegó a aducir el argumento de que un marido culpable habría herido con mayor celeridad y certeza para impedir hablar a su consorte. Hipótesis propia del alegato forense, no podía suplir la prueba material de cuanto acaeció intramuros.
Invocó asimismo Duronceray la probidad y templanza de Tilloy, avaladas por los certificados de sus sucesivos amos. Lo retrató como a un hombre pacífico, que vivía en perfecta armonía con su esposa y cuya compostura no había flaqueado desde el instante de su detención. Semejantes consideraciones podían ilustrar la condición moral del encausado; mas no desvelaban la identidad del desconocido evocado por Catherine. El plenario confrontaba así elementos de muy diversa naturaleza: vecinos que no habían presenciado la agresión, dos gendarmes que custodiaron al reo, una mendiga cuyo testimonio resultaba harto sospechoso y una mujer que, antes de expirar, había reiterado que un extraño la había atacado. La navaja aportaba una corporeidad manifiesta; la defensa reclamaba que se ponderasen con igual celo las circunstancias bajo las cuales Tilloy la había tomado. El suceso de aquel mes de abril permanecía aprisionado entre una puerta cerrada, una mujer ensangrentada, una navaja trasladada a una mesa y el tardío testimonio de una pordiosera. Correspondía al tribunal decidir si tales indicios bastaban para declarar a Tilloy autor de la muerte de su cónyuge.
El tribunal dictó su absolución y decretó su inmediata puesta en libertad mediante sentencia del 23 de mesidor del año V, esto es, el 11 de julio de 1797. La resolución se fundó, según el acta, en no constar plenamente probado que Tilloy fuese convicto de haber perpetrado el homicidio. La defensa presentó el fallo como una demostración cabal de su inocencia; la sentencia, en los términos recogidos por la crónica, aludía a un delito no justificado contra el reo. El matiz dista de ser baladí: la absolución ponía fin a la acción de la justicia contra Tilloy, mas de ningún modo reconstruía por sí sola la mecánica del asalto ni daba nombre al hombre que Catherine afirmó haber visto.
En sus líneas conclusivas, reconoce Champagnac que el único testimonio a su alcance procedía del informe de la defensa, interesada por naturaleza en atenuar los cargos que pesaban sobre su patrocinado. Añade que el pliego acusatorio y el informe del ministerio fiscal acaso habrían arrojado otras luces sobre aquel misterioso crimen. Cuanto la crónica conserva no es, en definitiva, sino el relato de una defensa, atravesado por intereses en pugna: las palabras postreras de Catherine, el recelo infundido por una navaja, los atestados de la gendarmería, la deposición de Lobel y las razones de Duronceray. La sentencia devolvió a Tilloy la libertad; la identidad de quien franqueó el umbral de la vivienda no quedó esclarecida en las páginas del proceso.
