El 26 de septiembre de 1817, poco después de la una de la tarde, Mary Barry abrió la puerta de la casa de John Jones, en Gibraltar Row. Reconoció a David Owen, cuñado de su amo. No tuvo tiempo de preguntarle qué le traía por allí. Jones salió de la estancia del fondo para recibir a su pariente; Owen extrajo un gran cuchillo de debajo de su capote y lo atacó.
Ambas familias habían estado unidas mucho tiempo antes de aquel aciago día. Jones y su esposa habían criado a los dos hijos de Owen, y Mary Barry, sirvienta desde su infancia, les profesaba un hondo apego. La joven rondaba la veintena; los Jones contaban cerca de cuarenta años. Owen, de entre cuarenta y cinco y cincuenta años y de complexión robusta, ejercía como lechero en Edmonton; Borrow refiere asimismo que allí había regentado una posada.
Jones alzó el brazo para resguardarse y resultó herido en el vientre y en la mano. Su mujer acudió presurosa. Barry intentó también aferrar la hoja; Owen se la arrebató cortándole la mano, y a continuación descargó golpes contra las tres personas que lo rodeaban. Alcanzó a la señora Jones en la cabeza y en el rostro, e hirió a la sirvienta en la cara, el cuello y un brazo. La señora Jones oyó a Owen gritar: «Miserables, os voy a matar a todos». Jones perdió el sentido. Barry salió a la calle clamando por auxilio.
Cuando la criada regresó acompañada por un joven, halló a Jones tendido en la habitación del fondo y a Owen inclinado sobre él, con el cuchillo bajo sus ropas. La señora Jones yacía en el suelo. Barry y su acompañante lograron arrebatarle el arma y entregársela al agente Holmes. Los heridos fueron conducidos al hospital. Owen, por su parte, se atrinchero en la vivienda y juró matar a cuantos osaran acercarse. Tras la puerta cerrada ya no se dirimía una rencilla doméstica: ahora separaba a las víctimas de un hombre todavía armado.
Los agentes aguardaron cerca de una hora antes de lanzar el asalto. Varios vecinos aportaron barras de hierro y atizadores; algunos arrimaron escalas a las ventanas. Forzaron la casa por arriba y por abajo. En el rellano descubrieron a Owen, desafiante, afilando dos cuchillos uno contra otro. Un oficial le asestó un golpe en la cabeza con una palanqueta; otro lo agarró por la pierna y lo derribó al suelo. Owen ofreció aún resistencia, de suerte que fue preciso golpearlo e herirlo antes de reducirlo. Le ataron de pies y manos. Holmes halló en sus bolsillos otros dos cuchillos y un estuche de navaja de afeitar.
La vivienda exhibía los estragos del asalto: los bastidores de las ventanas traseras habían sido arrancados y los pasamanos de la escalera se habían quebrado bajo la acometida de quienes subían a una. Owen fue conducido en carruaje a la prisión en medio de una multitud que lo colmaba de maldiciones. Disipada la urgencia inmediata, los magistrados escucharon a la familia remontarse a un antiguo pleito de deudas, el mismo que Owen había erigido en raíz de su resentimiento.
Al ser conducido ante los magistrados, Owen clavó la mirada en Cohen, el abogado que había representado a Jones en un litigio precedente, y lo increpó acusándolo de ser el causante de lo sucedido. La querella entre ambos cuñados versaba sobre el destino y el trabajo de dos muchachos. Años atrás, Jones y su esposa habían mandado traer de Gales a los hijos de Owen y los habían criado como a los suyos. Vivían con sus tíos; el mayor, de unos once años, se hacía cargo de buena parte del reparto de leche de Jones.
Después de que Owen, según el relato, hubiera maltratado a Jones, este le demandó judicialmente para reclamar los costes de manutención y educación de los menores. Owen replicó exigiendo a su cuñado el abono de los años de trabajo que sus hijos le habían procurado. El arbitraje reconoció dicha compensación y le otorgó incluso cien libras por encima de la suma pretendida por Jones. Este y su esposa desalojaron entonces una propiedad de Owen en Newington; este último la arrendó a otros inquilinos.
Los muchachos, según apunta Borrow, siempre habían preferido la compañía de sus tíos a la de su padre. El laudo arbitral había tasado su trabajo, pero en modo alguno había reconciliado a los dos hogares. Jones manifestaría no haber vuelto a cruzar palabra con Owen desde agosto de 1816.
Tiempo después, al presentarse Owen en el lugar para cobrar la renta, encontró la casa desierta y a los antiguos moradores ausentes. Borrow refiere que este hallazgo, unido al recuerdo del pleito y al fallecimiento de la esposa de Owen dos días después de notificársele la demanda, desató en él un arrebato de furia. Tal es la explicación brindada por el cronista, no una motivación acreditada por los demás testigos. Owen fue a comer a una casa de las inmediaciones y bebió licores. Luego emprendió el camino hacia Gibraltar Row.
En la vista oral, Mary Barry relató cuanto había presenciado. Owen había irrumpido sin pronunciar palabra; ella había llamado a Jones e intentado seguidamente, junto a la señora Jones, desarmarlo. Cuando Barry huyó en busca de socorro, ya sangraba por las heridas. Al volver, vio a Owen tendido sobre Jones, con la hoja bajo las vestiduras de su amo. John Jones corroboró el ataque; la herida de su mano le había impedido defenderse y se había desvanecido antes de descubrir, al recobrar el conocimiento, los cortes en el cuello y la oreja. La señora Jones describió la puñalada asestada a su marido y las lesiones que ella misma había sufrido. El joven Charles Hopkins, que había acudido con Barry, confirmó haber ayudado a desarmar a Owen. El agente Holmes dio cuenta del arresto y de las demás armas incautadas.
Los testimonios pusieron asimismo de relieve el vínculo de Barry con la familia: se había criado bajo aquel techo y había declarado a favor de Jones ante los árbitros. Borrow sugiere que dicha deposición pudo alimentar la hostilidad de Owen contra ella. No resulta posible elevar tal conjetura a certeza; queda, no obstante, el trance de la joven que, tras haber intentado frenar el arma homicida, se vio precisada a relatar en público la violencia infligida a quienes servía desde su niñez. En la sala se exhibió la pieza de convicción: un cuchillo de trinchar de catorce pulgadas de longitud, manchado de sangre.
El proceso traía de nuevo al estrado la casa violentada, el acero ensangrentado y el alarido que la señora Jones recordaba haber oído. Owen, entretanto, permaneció impasible durante las declaraciones. Borrow describe a un hombre que contemplaba a sus víctimas con rencor; apreciación que corresponde al narrador y no al examen riguroso de sus pensamientos. Una versión distinta provino, empero, de quienes comparecieron en favor del reo. Manifestaron que había padecido unas fiebres violentas nueve años antes y que desde entonces sufría accesos de melancolía y demencia. La pérdida de su esposa y la de sus bienes, a su juicio, le habían trastornado el juicio. Hasta entonces, lo habían conocido como a un hombre manso y humano.
El 4 de abril de 1818, ante el tribunal de distrito de Kingston, Owen fue juzgado por haber acuchillado y herido a John Jones. El jurado emitió un veredicto de culpabilidad, recomendando no obstante clemencia en consideración a los testimonios aportados sobre su carácter. El juez pronunció la pena de muerte y advirtió a Owen de que no cabía esperar razonablemente que dicha recomendación alterara el fallo. El relato de Borrow concluye en ese punto: no precisa cuál fue la suerte final de la petición de gracia. Los tres heridos habían sobrevivido; la suerte de la sentencia, por su parte, quedaba en suspenso.
