El acta de los votos de Christophe Aubriot cabía en una hoja suelta. Sus bienes, por el contrario, ocupaban con firme solidez el pensamiento de su familia. Para transmitirlos a su hermana, casada con el hijo de su tutor, era preciso que el joven permaneciera en el estado religioso. Él no lo deseaba. La crónica refiere cómo le fue arrancada, sin embargo, dicha profesión, y cómo, más de treinta años después de su protesta notarial, sus hijos lograron la restitución de su herencia. Entre la hoja y los bienes, una vida entera se había extinguido.
El padre de Christophe, Guillaume de Aubriot, señor de Courfrault, falleció en septiembre de 1623. Había desposado a Edmée de Longueau y dejaba dos hijos, Françoise y Christophe. Champagnac relata que su esposa mantenía relaciones con un hombre llamado Dumourier. El regreso del marido, tras una prolongada ausencia, habría resuelto a los dos amantes a procurarle la muerte. Dumourier habría preparado el veneno y Edmée se lo habría ofrecido a Guillaume como un brebaje saludable. Tales fueron los papeles que la acusación imputaría luego a ambos ante la justicia de Provins.
Edmée asumió la tutela de sus hijos. Christophe había nacido con una mengua física cuya naturaleza el texto no precisa. Intervino entonces otro pariente: Jean de Bonneval, hermano uterino del difunto, que a su vez tenía un hijo menor. En la versión de Champagnac, Bonneval sospechaba punto por punto lo sucedido, mas prefirió lucrarse del crimen antes que perseguir a sus autores. Su plan combinaba dos maniobras: Françoise desposaría a su hijo; Christophe entraría en religión y sus bienes pasarían a su hermana. El caudal, así reunido, aprovecharía al hijo de Bonneval.
El matrimonio se celebró. Poco después, el procurador del rey en Provins abrió proceso contra Edmée y Dumourier por el envenenamiento de Guillaume. Se oyó a los testigos. Señala la crónica que ambos fueron condenados a ser quemados vivos y que ninguno interpuso apelación. Dumourier sufrió el suplicio. Edmée, por su parte, se evadió con el auxilio de su cuñado, de su hija y de su yerno. Aquel socorro, con todo, no le confirió la libertad: Bonneval la había ocultado en su propia casa.
Allí la habría tenido encerrada en un establo, donde murió de inanición y miseria, según la narración. Esta muerte la refiere el cronista sin consignar proceso ulterior alguno incoado contra Bonneval. Entretanto, este había obtenido la tutela de Christophe tras la condena de la madre. Administraba, pues, los bienes del muchacho, mientras el casamiento de su propio hijo con Françoise consumaba ya la primera fase de su designio. Restábale arrancar una profesión claustral que sellara el destino del resto del patrimonio.
Christophe tomó el sayo de novicio con los canónigos regulares de la abadía de Saint-Jacques de Provins. Bonneval le asignó un preceptor llamado Foudreau, comisionado, según la crónica, para persuadirle de que sentía la vocación. Los halagos se alternaban con las amenazas. Otros tíos intentaron sustraer a su sobrino de semejante coacción, sin alcanzarlo. El joven acabó por manifestar de plano que no pronunciaría los votos. Su negativa hería el cimiento mismo de los cálculos de su tutor: sin ese paso, Christophe continuaba cerrando el paso a la codiciada transmisión.
Bonneval lo mandó llamar a su casa de campo cercana a Provins. Tras el almuerzo, salieron a pasear por el jardín. La escena recogida por Champagnac deja de parecer una visita de parientes: el tío desnudó un puñal y amenazó con degollar a su sobrino si no juraba profesar a la mañana siguiente. Christophe cedió. Inútil resulta transcribir las frases que el cronista pone en boca de ambos para advertir lo ocurrido: el consentimiento que Bonneval requería acababa de arrancarse a punta de cuchillo.
Al día siguiente, prosigue la crónica, Bonneval condujo al joven a una taberna y lo embriagó. Lo revistió con sotana y sobrepelliz, y lo llevó a la abadía de Saint-Jacques, donde Christophe emitió públicamente sus votos. El acta se consignó tan solo en una hoja suelta. El tutor falleció pocos meses después. El hijo de Bonneval creía señorear al fin los bienes por los que tanto había maquinado su padre; mas la muerte de este no disipó las pretensiones familiares: hizo surgir otras nuevas.
Los demás tíos de Christophe sacaron a relucir un testamento anterior otorgado en su favor. Amparados en la profesión religiosa del joven, exigían a su vez el cumplimiento de dicha manda. Quienes habían procurado librarlo de la opresión se sumaban así al despojo del haber. El joven no se contentó con tomar partido entre los demandantes y el poseedor: el 3 de mayo de 1626, protestó ante notarios contra su profesión y contra las donaciones que la habían precedido. Declaró formalmente que habían sido arrancadas mediante violencia e intimidación. A renglón seguido, abandonó el monasterio y desnudó el hábito religioso.
Su hermana Françoise y su cuñado emprendieron pleito contra él. La crónica achaca su saña al temor de restituir la legítima. Retirado en Orleans, Christophe casó con una doncella apellidada Chevalier, de familia oriunda de Berry, y tuvo descendencia de dicha unión. Obtuvo luego de Roma un breve pontificio con la dispensa de sus votos y la legitimación de su hijo. El litigio de su profesión ya no atañía solo a su patrimonio: comprometía también el rango y la honra de la familia fundada tras su marcha de Saint-Jacques.
Los pleitos siguieron su curso. Champagnac atribuye a estas persecuciones el quebranto de Christophe; no señala causa clínica alguna para su fallecimiento. Este rindió la vida a fines de 1647, a la edad de treinta y nueve años. Su viuda fue nombrada tutora de sus hijos y perseveró en el amparo de sus derechos. La relación, que al principio aludía a un solo hijo, menciona en este punto a varios herederos, sin fijar su número. Hubo que aguardar hasta 1658 para que se le hiciera, según el cronista, cabal justicia: Françoise fue sentenciada a restituir a los hijos de su hermano cuanto legítimamente les correspondía.
El texto concluye con esta entrega. Nada precisa sobre la cuantía de los bienes devueltos ni sobre las costas devoradas por tantos años de contienda. La trayectoria de Christophe, con todo, se dibuja con nitidez a través de sus actos: un noviciado resistido, una profesión arrancada, una protesta formal ante escribanos, una huida, un matrimonio y un breve apostólico de Roma. Su viuda continuó la senda que él abriera aquel 3 de mayo de 1626. La familia que pretendió disponer de sus bienes adueñándose de su vocación hubo de restituir al fin el linaje y su patrimonio; el joven de la hoja volante ya no estaba para recibirlo.
