Rosalie debía contraer matrimonio. Antes de las nupcias, era preciso ajustar cuentas: determinar lo que provenía de su madre, examinar los bienes y liquidar lo que se le adeudaba. En la tienda de su padre, sita en la rue de la Harpe, semejante perspectiva había desencadenado una violenta disputa. Cuatro días más tarde, la joven yacía muerta. El padre aludió al comercio que declinaba, sugirió un acceso de desesperación y, acto seguido, desvió las sospechas hacia otra mujer de la casa. La instrucción judicial hubo de desentrañar sus contradictorias versiones antes de regresar a las cuentas que el enlace matrimonial volvía insoslayables.
El 21 de nivoso del año XI, en enero de 1803, el cirujano Caron fue llamado a casa del tendero Trumeau hacia las siete de la tarde. Rosalie, su hija primogénita, contaba veinticinco años de edad. Desde la mañana padecía vómitos incesantes. Caron la encontró consciente, en disposición de responder, y le prescribió una pócima. Menos de dos horas después de su marcha, Marie, la hija menor, acudió a buscarlo: su hermana acababa de expirar. La presteza de aquel desenlace lo dejó perplejo. Regresó de inmediato a la rue de la Harpe.
En la alcoba, las sábanas y las mantas habían sido cuidadosamente dobladas alrededor del cadáver. Caron quiso comparecer ante el magistrado e instó al padre a acompañarlo. Trumeau se negó en redondo. Según las palabras recogidas por la crónica, alegó los gastos, la deshonra y las habladurías del vecindario. Al día siguiente, el cirujano reiteró su requerimiento; la negativa persistió. Caron acudió a solas ante el magistrado de seguridad, quien se personó en la botica del tendero asistido por otro cirujano, Buraud. El asunto abandonaba el ámbito doméstico porque un facultativo se había negado a cerrar los ojos ante una muerte inexplicable.
Trumeau relató el curso de la jornada. Su hija había caído enferma desde la mañana; él le había hecho preparar un té y, al empeorar su estado, mandó llamar a Caron. Situaba el fallecimiento poco después de la ingestión del remedio prescrito. Rosalie no albergaba, según él, motivo alguno de aflicción: sus esponsales eran inminentes. Invocaba, no obstante, el mal cariz de los negocios de la tienda, que hacían a la familia menos dichosa que antaño. La explicación no constituía aún una acusación formal, pero abría una senda: cabía conjeturar que se hubiese quitado la vida.
Los cirujanos advirtieron indicios que juzgaron sospechosos y practicaron a continuación la autopsia. Recogieron el contenido estomacal y lo colocaron bajo precinto, con las marcas de la policía judicial y del propio Trumeau. La instrucción conservó asimismo el resto de la pócima. Interrogado sobre las sustancias presentes en su comercio, el tendero reconoció poseer arsénico; explicó haberlo adquirido tiempo atrás para exterminar ratas. El paquete fue incautado a su vez. Los peritos del laboratorio de la Escuela de Medicina identificaron arsénico en las muestras. Su informe, tal como lo consigna Champagnac, concluía en un envenenamiento mortal.
Aquel dictamen pericial aún no señalaba al culpable. El padre dio entonces un nuevo paso ante el magistrado. Mencionó a Françoise Chantal, entrada en la casa tras la muerte de su esposa. Al parecer, Rosalie había llevado con disgusto su presencia; dos altercados las habían enfrentado. Trumeau añadía, empero, que la concordia parecía restablecida desde hacía un mes. Poco después, regresó a la hipótesis del suicidio y reprochó abiertamente a su hija haberlo puesto en semejante aprieto. Los vecinos y los pesquisidores repararon en su aparente falta de dolor. El cronista advierte en ello un indicio abrumador; la justicia, sin embargo, no se limitó a juzgar el semblante de un padre.
Trumeau y Françoise fueron arrestados. La instrucción recabó testimonios sobre la existencia cotidiana de las dos muchachas. Su padre les habría impuesto severas privaciones y tratado a Rosalie con abierta hostilidad, reprochándole asemejarse a su madre y haberse confabulado con ella contra él. La reyerta acaecida cuatro días antes de la muerte adquirió entonces un relieve primordial. Rosalie reclamaba cuentas sobre el patrimonio materno. Censuraba en particular los manejos urdidos para hipotecar una casa que formaba parte del haber. Tras aquella escena, Trumeau no volvió a dirigirle la palabra hasta la víspera de su muerte.
La voz de Marie aportó otro elemento de cargo. Había probado las bebidas preparadas para su hermana y experimentado a su vez intensos dolores y vómitos. Había logrado sobrevivir. Su testimonio no revelaba lo acaecido fuera de su presencia, pero vinculaba los trastornos de ambas jóvenes con lo servido en el hogar. La explicación de un acto desesperado de Rosalie tropezaba así con un obstáculo insalvable. La hermana menor, a quien el propio Trumeau juzgaba incapaz de cometer un crimen, se erigía en testigo de los efectos de aquella aciaga jornada.
Françoise Chantal terminó por deponer en su contra. Vivía con el tendero en una intimidad que la crónica no deja de precisar, y declaró que él le había confesado haber envenenado a su hija. Justificó su tardanza por la pesadumbre que le causaba delatar al hombre con quien había compartido el lecho y la vida. Refirió asimismo que él le había rogado que secundase la versión del suicidio. Eran sus declaraciones: palabras atribuidas a Trumeau por una mujer que se hallaba a su vez entre rejas, y que debían ponderarse a la luz de los demás indicios. Champagnac relata el alivio que ella pareció experimentar tras su confesión; ese cambio de actitud no eximía de someter sus palabras a un riguroso examen.
El magistrado disponía ya de las conclusiones periciales, del relato de Marie, de la testificación de Françoise y del móvil de la querella hereditaria. Las explicaciones de Trumeau sobre el arsénico guardado en la tienda fueron confrontadas con lo hallado en el lugar. A juicio del cronista, el móvil crematístico terminaba de dotar de sentido a los hechos. Ningún inventario se había levantado al fallecer la esposa. Las inminentes nupcias exigían rendición de cuentas y constitución de dote; el caudal del que Trumeau había seguido disfrutando debía cambiar de manos. La acusación sostuvo que había resuelto deshacerse de quien se atrevía a reclamarlo.
Una muerte pretérita volvió a salir a la luz. En el año II, una sobrina de dieciséis años, Marie-Jeanne Cervenon, había perecido bajo su techo. Un cirujano ya había hallado sospechosas las circunstancias y solicitado la intervención de un comisario. Trumeau había recurrido entonces a otro facultativo; el cadáver no fue eviscerado. Él era el tutor de la doncella y no había adoptado, según la crónica, providencia alguna para certificar su fortuna. Champagnac sugiere un envenenamiento previo. Conviene restituir a este pasaje su verdadera naturaleza: una antigua sospecha reavivada por el caso de Rosalie, y no una segunda condena que la crónica no llega a registrar.
Trumeau persistió en sus denegaciones. Abandonó una vez más la tesis de que su hija hubiese actuado sola para incriminar a Françoise. Él se decía inocente; Marie no podía ser culpable; pretendía, por tanto, que la autoría recayera de lleno en su compañera. Tal razonamiento no persuadió a los jurados. Su veredicto fue unánime: lo declararon culpable del envenenamiento de Rosalie. El tribunal de justicia criminal lo condenó a muerte, imponiéndole la camisa roja para el trayecto al cadalso. Su recurso fue desestimado el 17 de germinal del año XI, y la pena se ejecutó a continuación. El capítulo no desvela cuál fue el destino judicial definitivo de Françoise.
La causa se había abierto por las reticencias de un padre ante la certificación de una defunción. Se había prolongado a través de una sucesión de subterfugios que señalaban alternativamente la desdicha de la víctima y la rivalidad de una mujer. En el juicio, las cuentas demandadas por Rosalie recobraron su lugar primordial junto a las comprobaciones materiales y los testimonios. No era tan solo la enferma de la última velada: era una joven a las puertas del matrimonio, decidida a reivindicar sus derechos sobre la herencia legada por su madre. El veredicto de los jurados confirió a aquella reclamación truncada una trascendencia sobrecogedora.
