En la casa de los Calas, en Toulouse, la cena del 13 de octubre de 1761 tocaba a su fin cuando Pierre y el joven Lavaisse bajaron a la tienda. Hallaron allí a Marc-Antoine, el primogénito, muerto. Antes de que la investigación hubiese determinado las circunstancias, ya corría un rumor: se aseguraba que la familia protestante lo había asesinado para impedir su conversión al catolicismo.
Jean Calas llevaba cerca de cuarenta años dedicado al comercio. Había educado a sus hijos en la religión reformada, pero Champagnac lo describe como un hombre poco inclinado a forzar sus conciencias. Una sirvienta católica vivía en la casa. Cuando uno de sus hijos se convirtió, el padre mantuvo a su servicio a la criada que había facilitado dicha conversión y otorgó una pensión a su hijo. Según la crónica, afirmaba que no podía desaprobar un cambio sincero de religión. Esta tolerancia no protegió a la familia cuando la muerte de Marc-Antoine se atribuyó de inmediato a un conflicto confesional. El cronista describe por lo demás un negocio próspero, numerosos amigos y ninguna desavenencia conocida con los vecinos. Insiste en este marco para resaltar la ruptura brutal entre la vida ordinaria del hogar y la historia de fanatismo que se tejió en torno al cadáver.
Marc-Antoine, de veintiocho años, había fracasado en varios proyectos profesionales. No podía licenciarse en derecho sin realizar actos de fe católica u obtener certificados al respecto; el comercio no le atraía. El cronista lo describe como sombrío y melancólico, y señala que sus lecturas —Plutarco, Séneca, Montaigne— trataban a menudo sobre el suicidio. Este retrato procede de Champagnac; ilustra la hipótesis que el autor consideraba más probable, sin que nos sea posible conocer las razones íntimas del joven.
Aquella tarde, Jean Calas y Marc-Antoine se habían cruzado por azar con el hijo del abogado Lavaisse, llegado de Burdeos. Lo invitaron a cenar. La criada católica servía a la mesa y podía ver y escuchar a la familia. Marc-Antoine se levantó un poco antes que los demás para pasar a la cocina. La sirvienta le propuso que se acercase a la lumbre; él respondió que ardía, con una voz que Champagnac califica de lúgubre, y bajó luego a la tienda. Los demás permanecieron en la mesa con su huésped hasta alrededor de las nueve y tres cuartos.
Al marcharse este, Pierre tomó una antorcha para alumbrar a Lavaisse. Bajaron ambos y descubrieron el cuerpo de Marc-Antoine colgado en la tienda. El cadáver se encontraba en el vano de la puerta del comercio. La casaca del joven yacía doblada sobre el mostrador; sus cabellos habían sido arreglados. Pierre y Lavaisse subieron dando gritos. La madre quiso bajar también, pero la contuvieron. Uno corrió en busca de un cirujano; el otro, de los magistrados. Jean abrazó a su hijo y lo sostuvo para descolgarlo. La madre y la criada intentaron en vano reanimarlo.
La noticia congregó a una multitud. En torno al cuerpo se forjaron varios relatos: unos afirmaban que Marc-Antoine había muerto mártir porque iba a abjurar; otros sostenían que los protestantes habían instituido a un verdugo encargado de estrangular a sus hijos conversos al catolicismo. Lavaisse llegó a ser presentado como un presunto emisario venido de Burdeos expresamente para ahorcar a su amigo. Ninguna de estas acusaciones se apoyaba en indicio material alguno; circulaban antes de que concluyeran las primeras diligencias periciales.
El capitoul se presentó con sus asesores y dispuso el traslado del cuerpo a las Casas Consistoriales. El acta fue redactada allí y no en la tienda, señala Champagnac. Cuando alguien afirmó que Marc-Antoine debía ingresar al día siguiente en la cofradía de los penitentes blancos, el cadáver fue inhumado con gran pompa en la iglesia de Saint-Étienne. Cuarenta sacerdotes y los penitentes blancos formaron el cortejo. Pocos días después, un oficio solemne escenificó una supuesta abjuración. Sobre un catafalco se expuso un esqueleto prestado por un cirujano, que sostenía un escrito proclamando la renuncia a la herejía y una palma del martirio. El rito convertía el rumor en imagen pública. Con todo, a lo largo de la instrucción no se aportó ninguna prueba del anunciado cambio de religión.
Los capitouls recurrieron a un monitorio eclesiástico, mientras testimonios tardíos e indirectos alimentaban las sospechas. Uno aseguraba haber divisado a unos hombres en la penumbra a través del ojo de una cerradura. Otros afirmaban haber oído los gritos del joven hacia las nueve y cuarenta y cinco, cuando el relato situaba la muerte cerca de dos horas antes. Otro mencionaba una voz oída al otro extremo de la calle. El testimonio de un pintor se basaba, por su parte, en una cadena de habladurías de boca en boca. En paralelo, la justicia encarceló a Jean y a su esposa, a su hijo Pierre, a Lavaisse y a la sirvienta. Interrogados por separado, todos mantuvieron en lo esencial la misma versión de los hechos.
El parlamento anuló el primer procedimiento de los capitouls, pero, según Champagnac, los prejuicios arraigados dominaron la nueva instrucción. Se convocó a un perito para dictaminar si un hombre podía ahorcarse entre las dos hojas de la puerta. Dicho experto era el verdugo, quien concluyó que la maniobra resultaba imposible. Los demás elementos no ofrecían mayor claridad: la concordancia de los acusados, la ausencia de pruebas de una abjuración inminente y la edad de Jean —sesenta y ocho años— no bastaron para desvanecer la acusación. El difunto contaba veintiocho años y poseía una fuerza que el cronista califica de excepcional.
La mayoría de los jueces consideró culpables a toda la familia y a Lavaisse. Sin embargo, solo condenó al suplicio de la rueda a Jean Calas. Champagnac asevera que se esperaba doblegarlo bajo el tormento para arrancarle los nombres de sus supuestos cómplices. El padre escuchó la sentencia con serenidad. Dos dominicos lo asistieron y dieron fe de su resignación; manifestaron haberlo visto perdonar a sus jueces y compadecerse de ellos. Jean fue ejecutado, proclamando en todo momento su inocencia.
Tras su muerte, el tribunal puso en libertad a la viuda, a Lavaisse y a la criada. Pierre fue desterrado, aun cuando la crónica indica que los magistrados también lo creían culpable. La viuda perdió sus bienes y hubo de soportar luego el alejamiento forzoso de sus hijas. Se retiró en soledad. Voltaire conoció su historia y la animó a presentarse en París para implorar justicia ante el rey. El letrado Élie de Beaumont asumió su defensa ante el consejo regio.
La memoria de Jean Calas fue rehabilitada y el rey dispensó a su viuda un trato considerado, relata Champagnac. Añade que la sentencia condenatoria inicial había permanecido sin publicidad y que el decreto real que exculpaba a los Calas jamás llegó a fijarse en Toulouse. La familia había perdido a un padre, a un hijo, sus posesiones y su honra antes de que la acusación fuera revocada. Marc-Antoine, por su parte, no había dejado constancia certera de su acto ni conversión que la investigación pudiera demostrar. En la crónica, el caso concluye sobre esta incertidumbre insoluble que el rumor, desde la primera noche, había resuelto atribuyéndola a un crimen paterno.
