El 28 de mayo de 1877, Luigi Ferretti regresaba de una jornada de tiro con una flor en la mano. Pronto debía licenciarse; sus camaradas lo vieron alegre, dispuesto a reincorporarse a la vida civil. Antes de que concluyera la tarde, era sacado en brazos de la vivienda donde a veces trabajaba como zapatero para ser trasladado al hospital militar, donde el facultativo certificó su defunción. Había recibido una cuchillada en el vientre. En aquella casa de Plasencia, nadie pudo afirmar después con certeza quién había empuñado la hoja.
En un principio, la herida se atribuyó a un acto del propio Ferretti. Los médicos descartaron tal explicación: según su peritaje, no pudo haberse asestado a sí mismo el golpe mortal. La pesquisa se dirigió entonces hacia Felici Filippone, teniente coronel del 73.º Regimiento, cuyo alojamiento se hallaba en la Via della Prevostura. Al poco, casi toda la ciudad repetía una historia sencilla: el joven soldado habría cortejado a Virginia Lorenzi, el ama de llaves del oficial, y Filippone, cegado por los celos, lo habría apuñalado.
Aquella patraña ofrecía la ventaja de ponerle rostro a la muerte. Sin embargo, debía someterse a un proceso de dos semanas sin transformarse jamás en prueba concluyente. Cuando se abrieron las sesiones de la corte de lo criminal en Plasencia, el 15 de febrero de 1878, una multitud se agolpaba a las puertas del palacio de justicia. Filippone, de cincuenta años, compareció de paisano, con guantes grises y un periódico en la mano. El hombre a quien todos creían conocer por las habladurías iba a responder ante cuarenta y siete testigos de cargo, trece de descargo y ocho peritos.
La jornada de Ferretti había principiado lejos de la Via della Prevostura. Con su compañía, había partido de mañana hacia el río Trebbia para el último ejercicio de tiro antes de su licenciamiento. Los soldados lo describieron de buen humor; había disparado con tino y bromeado sobre su inminente regreso a la vida civil. Pidió prestadas dos liras a un compañero y recaló en la fonda de Dodi, donde almorzó, bebió vino y charló con las hijas del posadero. Una de ellas le entregó una flor. Sobre su naturaleza no coincidieron los testimonios: unos hablaron de una rosa, otros de un clavel. El fondista lo tenía por sobrio; Virginia, más tarde, lo describiría como ligeramente ebrio.
Pasadas las tres, Ferretti se dirigió al domicilio de Filippone. Realizaba allí faenas de zapatería y componía a veces el calzado del oficial o de sus sirvientes. Los vecinos lo veían entrar a menudo. La casa no era, pues, un recinto extraño donde irrumpiera por azar, sino un lugar familiar donde podía transcurrir parte del día sin despertar extrañeza alguna.
Filippone, por su parte, afirmó haber concluido su comida y marchado a pasear al Vauxhall, parque público situado a unos veinte o veinticinco minutos de su morada. Un oficial de artillería, Francesco Petrino, lo vio durante aquel paseo. Divisó asimismo a Virginia Lorenzi, sofocada, que acudía a anunciarle que un soldado se había herido en la vivienda. Filippone emprendió el camino de regreso. Otros testigos situaron su paso a horas ligeramente distintas; el proceso no logró determinar cada minuto de aquella carrera entre la casa y el parque.
En las estancias de la vivienda, Virginia faenaba junto a Clementina Barbieri, una costurera contratada para un laborío. Ferretti se había retirado al aposento de Filippone. Las dos mujeres refirieron que cerró la puerta, y que luego le rogaron que la abriera a causa del bochorno. Abrió los postigos, volvió a entornar la puerta y se oyeron ruidos de muebles arrastrados. Ferretti salió por un instante diciendo que quería ir al hospital; la costurera le suplicó que permaneciera allí. Poco después, un nuevo estrépito y un quejido llamaron su atención. Lo encontraron tendido en el suelo, presa de convulsiones.
Ni Virginia ni Clementina afirmaron haber visto la agresión. Creyeron al principio que Ferretti estaba ebrio. Giovanni Trainini, criado de Filippone, llegó a continuación. Lo levantó, advirtió sangre en su camisa y comprendió que se hallaba herido. Virginia se cubrió con un velo y marchó a buscar a su señor al Vauxhall. Trainini, en cambio, permaneció junto a Ferretti y dio aviso a la tropa. El teniente coronel regresó, extendió una orden para que trajeran una camilla y acompañó al herido hasta el hospital militar.
Los relatos diferían ya en las circunstancias más inmediatas al drama. A juicio de algunos, Ferretti aún respiraba cuando fue colocado en la parihuela; el cirujano militar estimó que llevaba muerto entre quince y treinta minutos a su llegada. Filippone aseguraba haber intentado socorrerlo y haberle oído responder que se había herido a sí mismo. Trainini sostuvo que el herido respiraba durante el traslado, mientras que ciertos testigos del vecindario lo dieron ya por difunto. Estas discrepancias no esclarecieron ni el instante exacto de la herida ni la mano que la había asestado.
La primera hipótesis del suicidio chocaba con el dictamen pericial de los médicos, mas el arma no despejaba el enigma. El cuchillo de zapatero de Ferretti se presentó como posible instrumento; no mostraba rastro alguno de sangre. Los testigos tampoco coincidieron sobre el lugar donde había sido avistado o hallado. Uno aludía al alféizar de una ventana; otra, a una pila. Ningún cuchillo ensangrentado vino a sustentar la tesis de un asesinato consumado en la alcoba.
El ministerio fiscal halló su móvil en un supuesto amorío. Francesca Bracelli había visto a Ferretti, en otra ocasión, arrojar un beso a Virginia desde la calle. No obstante, se trataba de un episodio aislado, y las personas que convivían a su lado no corroboraron una intimidad continuada. Trainini aseveró no haber observado sino un trato respetuoso. Virginia negó cualquier proposición de amor. Declaró que Ferretti le había obsequiado con flores en varias ocasiones y con golosinas una vez, atenciones que afirmó haber rehusado. Trainini relató, con todo, que ella le había contado una reacción distinta el 28 de mayo: para no agraviar a Ferretti, le habría pedido que pusiera el ramo de claveles en agua fresca. Estaba casada con Antonio Arnoldi; sin embargo, numerosos vecinos la tenían por esposa de Filippone, tantos eran los años que llevaba a su servicio. Las apariencias avivaban las sospechas, sin acreditar una relación ilícita.
La acusación se escudó asimismo en la conducta de Filippone tras la agresión. No mandó buscar de inmediato a un facultativo de la ciudad, sino que ordenó trasladar a Ferretti al hospital militar. El parte elevado al mando consignaba en un inicio que había tenido noticia del hecho por Trainini, cuando en rigor Virginia había acudido a avisarle. Filippone arguyó que deseaba evitar comprometer a su ama de llaves en el asunto. Esta omisión mermó su credibilidad, mas no acreditaba que hubiese apuñalado al soldado. Filippone reconocía un yerro en su declaración y aportaba un motivo; correspondía al jurado dirimir si aquella falta en el relato revelaba un crimen.
Las declaraciones no hicieron sino espesar las incertidumbres. Ciertos vecinos habían escuchado un gemido y algunas palabras dirigidas a Virginia y a Giovanni, pero no se ponían de acuerdo sobre quién las había percibido directamente. Unos soldados confirmaban que Ferretti parecía dichoso por concluir su servicio; otros referían que a veces renegaba de la milicia. Virginia lo tildaba de borracho; el fondista aseguraba que no lo estaba. Trainini llegó a ser arrestado al principio de la instrucción y luego puesto en libertad. Los testigos no situaban su regreso a la misma hora, y uno aclaró que el reloj del que se había servido no marchaba puntual.
Filippone prestó testimonio con prolijidad. Aseguró haber tratado a Virginia como a persona digna de confianza, a Ferretti como a un soldado apreciado y a Trainini como a un criado fiel. Negó que los celos hubieran podido moverlo al crimen. Su foja de servicios militar y los testimonios de oficiales que lo tenían por jefe solícito con sus hombres fueron incorporados a los debates. Se conmovió al aludir a su reputación, pero la emoción de un reo no podía suplir la certidumbre de los hechos, ni de cargo ni de descargo.
El 28 de febrero, concluida la fase testifical, el fiscal adjunto mantuvo su tesis de los celos. Desistió, no obstante, de la premeditación y demandó a los jurados que apreciasen una herida mortal causada en un arrebato de ira. El letrado de Filippone, Guerra, replicó que testimonio alguno situaba a su patrocinado en la vivienda al momento de la agresión. Los forenses descartaban que Ferretti se hubiese herido a sí mismo, pero tal peritaje no revelaba la identidad del ejecutor. El ministerio público exhibía un móvil conjeturado, no un testigo presencial del hecho.
Dos cuestiones fueron sometidas al veredicto del jurado: ¿era culpable Filippone del homicidio de Ferretti? ¿Le había inferido voluntariamente la herida a resultas de la cual el soldado pereció? Tras una hora y quince minutos de deliberación, los jurados respondieron negativamente a ambas. El presidente proclamó la absolución del encausado. En la sala, militares, paisanos y damas se agolparon para estrechar su mano; la multitud lo escoltó hasta su domicilio con la cabeza descubierta. La sentencia absolutoria clausuraba la causa criminal sin revelar quién había herido de muerte a Ferretti.
El compilador judicial, por su parte, juzgaba el arresto más asombroso que la puesta en libertad. Sopesaba dos posibilidades: un extraño pudo haber entrado mientras las dos mujeres se hallaban atareadas en otra pieza, o bien Ferretti se infirió a sí mismo la herida en pleno estado de beodez, extremo que el cronista apunta sin esclarecer si el acto fue voluntario o fortuito. No cabía probar ninguna de las dos conjeturas. El último alarido del soldado, interpretado a veces como un reproche contra Virginia y Trainini, se le antojaba indicio harto débil para condenar a nadie. La flor, rosa para unos y clavel para otros, había acompañado a Ferretti hasta aquel umbral; el cuchillo, limpio, no arrojó luz alguna sobre el misterio de la puerta.
