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Justicia y escándalos · Rusia

Los dos golpes del 25 de mayo

En el San Petersburgo de 1879, Karl von Landsberg es juzgado por la muerte del consejero Wlassow y de su ama de llaves Alexandra Semenidova. Una deuda de cinco mil rublos, pagarés desaparecidos, una herida en la mano y documentos hallados en el seno de su familia conducen a su condena a quince años de trabajos forzados.

En el aposento del consejero Wlassow, las camas no habían sido deshechas. Las velas, sin embargo, habían ardido hasta la mitad. En el calendario permanecía marcado el 25 de mayo; el último número del periódico Novoïé Vrémia llevaba esa misma fecha. Cuando se descubrieron ambos cadáveres, estos objetos ordinarios se convirtieron en los primeros relojes de una pesquisa que no contaba con testigos del crimen ni con cerraduras forzadas.

El anciano funcionario vivía junto a su ama de llaves, Alexandra Semenidova. Los vecinos apenas le veían recibir visitas. De sus cajones habían desaparecido los títulos de valor; las cerraduras, por su parte, no mostraban señal alguna de violencia. Era preciso buscar a alguien que conociese la casa, sus costumbres y la confianza de su dueño. Entre los visitantes del consejero figuraba Karl Christoforovitch von Landsberg, joven oficial de la guardia, acogido con una benevolencia de la que había obtenido algo más que una simple familiaridad.

La crónica judicial sitúa el caso en San Petersburgo en 1879. Refiere que Wlassow y su ama de llaves fueron asesinados el 25 de mayo y hallados pocos días después. La fecha se reconstruyó a partir del calendario, del diario y de las últimas apariciones públicas del consejero; no emanaba de testigo alguno que hubiese presenciado los golpes. Los médicos, los vecinos y los enseres de la estancia debían colmar de consuno aquel vacío.

Landsberg contaba veinticinco años y pertenecía al batallón de zapadores de la guardia. En el servicio, sus superiores le tenían por hombre cabal y formal; el general Kaufmann elogiaba su conducta. La vida de guarnición, no obstante, resultaba onerosa para quien pretendiese mantener su rango. El joven se había endeudado, había gastado por encima de su paga y acariciaba el ensueño de un matrimonio ventajoso. Una proyectada alianza había fracasado. Semejantes reveses no bastan para explicar un homicidio; dan tan solo la medida del apuro en que el oficial se hallaría llegado el vencimiento fijado para su deuda.

Meses antes, el consejero le había prestado cinco mil rublos sin interés. La devolución debía verificarse el 25 de mayo, fecha escogida por el propio Landsberg. Wlassow custodiaba en su morada el pagaré y diversos valores. El acreedor distaba de parecer un adversario: había socorrido al joven militar y le profesaba afecto. La incógnita, por tanto, no estribaba únicamente en averiguar quién pudo franquear la puerta. Urgía comprender por qué un hombre recibido con tanta bondad habría preferido el silencio a una petición de aplazamiento.

Los primeros indicios vinieron de la sangre. Ciertas huellas conducían desde la pieza donde Wlassow fuera acometido hacia el dormitorio y la cocina; los pesquisidores juzgaron que no podían pertenecer exclusivamente a las víctimas. Landsberg presentaba una herida en la mano. Abandonó San Petersburgo el 26 de mayo tras obtener una licencia, no sin antes procurarse en una botica un remedio destinado a restañar la sangre. La noche del 25, bajo una lluvia torrencial, un oficial de la guardia había sido visto cruzando la cancela del patio. Cada uno de estos hechos, tomado de forma aislada, admitía una explicación inocente; cotejados, trazaban un itinerario.

El juez de instrucción Holzinger siguió aquella pista. Landsberg fue arrestado. No confesó de inmediato. El cronista atribuye su mutismo al temor a comparecer ante un tribunal de guerra y ser pasado por las armas; esta interpretación atañe al relato retrospectivo. Las pruebas se acumularon, empero, y tras su pase al retiro militar el 7 de junio, el oficial admitió su participación en ambos crímenes.

En su confesión, Landsberg relató la cita acordada para liquidar la deuda. Reconoció haber acudido provisto de un cuchillo de caza y de un revólver cargado; refirió haber vacilado entre quitar la vida a su acreedor y darse muerte él mismo, antes de perder el dominio de sus actos. No acertó a explicar con exactitud de qué modo pereció el ama de llaves. El fiscal, en su requisitoria, describió la secuencia de los actos como algo muy distinto a una fuga a ciegas: a su juicio, Landsberg cubrió los cuerpos, registró el mobiliario y la cartera, se apoderó del pagaré y de los títulos, se lavó, se vendó la mano, acudió en busca de un fármaco contra la hemorragia y cerró con llave el aposento antes de partir. Tal reconstrucción pertenecía a la acusación, fundada en los rastros y en la confesión, y no a un pasaje referido explícitamente por el reo.

El ama de llaves había salido a petición suya con el pretexto de comprar limonada. Regresó cuando Landsberg se hallaba aún en el lugar. En su declaración, el oficial no logró dar cuenta de la segunda muerte con la misma precisión que de la primera. Dicha laguna pesó sobre la apreciación de sus palabras: reconocía los hechos sustanciales, mas su relato no disipaba todas las incertidumbres acerca de su encadenamiento ni sobre su designio para con Alexandra.

Los documentos sustraídos fueron identificados. Se hallaron el cuchillo y el revólver en un canal del jardín de Táurida; las prendas de vestir y los títulos aparecieron en el hogar de la familia de Landsberg. Los facultativos examinaron las heridas de Wlassow y dictaminaron que el anciano se encontraba en pie cuando recibió el golpe en la garganta, intentando parapetarse con la mano. Ante un arma idéntica a la del crimen, el encausado mostró una viva repugnancia y rehusó empuñarla. Estas observaciones completaban los indicios sin transformar la confesión en una narración enteramente límpida.

En la vista de la causa, los testigos y los peritos ratificaron, según la crónica, los extremos capitales de la confesión. El fiscal evocó la fecha, los lechos intactos, las velas consumidas y la ausencia de desorden: el crimen se había perpetrado al caer la tarde, y el robo iba indisolublemente unido a las muertes. Presentó a Landsberg como a un individuo que había preparado sus armas y elegido el momento propicio. Sostuvo que el oficial no buscaba únicamente recuperar el pagaré, sino procurarse fondos para sostener el tren de vida al que se hallaba habituado. Tal era la tesis acusatoria; el alcance exacto de aquel designio no puede desgajarse de su alegato.

La defensa no rebatió el horror de los hechos. Rogó a los jurados que contemplasen al hombre moldeado por la sociedad castrense: un joven oficial arrastrado a dispendios insostenibles, afirmó, y precipitado a la desesperación por una deuda. Comparó los usos de la guardia con el séquito de deudores a quienes el gran mundo no dejaba de agasajar. Aquel alegato procuraba repartir la culpa entre el reo y su entorno; en modo alguno cuestionaba las muertes ni la responsabilidad de Landsberg.

El oficial tomó personalmente la palabra. Manifestó que no pretendía justificarse y acató de antemano el veredicto. Evocó los tormentos padecidos desde aquel 25 de mayo. Los jurados emitieron un fallo de culpabilidad por ambos homicidios. El tribunal le despojó de sus derechos, condecoraciones y dignidades, condenándolo acto seguido a quince años de trabajos forzados en las minas de Siberia. En los fundamentos de la sentencia, la sala tomó en consideración su juventud, su confesión y su arrepentimiento para mitigar la pena conforme a los grados previstos por la ley.

La reseña que sigue al fallo muda de tono. Su cronista se indigna ante semejante benignidad, describe la audiencia a guisa de espectáculo mundano y se mofa de los curiosos provistos de gemelos de teatro, frutas y golosinas. Presenta al homicida como a un sujeto que habría abrazado el crimen para salvaguardar las apariencias del galán distinguido. Esta censura moral no constituye una pieza de autos. Revela, asimismo, la fascinación y el desdén que rodearon al proceso: el público contemplaba a un oficial de buena cuna, al tiempo que las pruebas lo ataban inexorablemente a los cadáveres abandonados en el aposento.

Landsberg fue conducido a Siberia para expiar su condena. En la alcoba de Wlassow, sin embargo, los dos lechos habían quedado en orden y las velas habían ardido a medias. El calendario y el periódico resistieron a la mentira mejor que las explicaciones del joven: fijaban una jornada, mientras que el juicio tasaba lo que un acreedor benévolo, un pagaré de cinco mil rublos y una vida disipada por encima de los propios caudales habían terminado por costar.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La estancia de las velas cortas

En esta novela corta de ficción, un joven amanuense encargado de ordenar las piezas de un proceso por homicidio advierte que el calendario de la vivienda y el periódico de la jornada discrepan del registro de autos. Tras descubrir que un testigo mudó de parecer sobre la hora en que vio entrar al oficial, debe elegir entre salvar la honra de un compañero o entregar al juez un pagaré que tan solo acredita una deuda. La trama y los personajes son ficticios; la obra indaga en el precio de una prueba imperfecta.

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La deuda del caballero

Esta novela histórica de ficción retrata a una estirpe de militares confrontada a la ruina de un segundón a quien todos juzgan aún capaz de salir airoso. Al hallarse muertos a un caritativo consejero y a su ama de llaves, una joven oficial de justicia reconstruye el periplo de los pagarés desaparecidos entre una botica, una estación de ferrocarril y una finca solariega. La pesquisa no reproduce las escenas del proceso real: recrea testigos, documentos y desenlace para interrogar la servidumbre de la deuda, el honor de cuerpo y la desenvoltura con que una sociedad salvaguarda las apariencias.

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Los papeles del 25 de mayo

Esta trilogía de ficción distribuye su trama en tres escenarios: en el primer volumen, una mansión donde dos muertes dejan los cajones desvalijados; en el segundo, un salón de oficiales donde cada cual conoce las deudas del vecino; en el tercero, un tribunal donde un jurado recibe una misiva anónima tras el veredicto. Los personajes, el delito y su resolución son inventados. Cada tomo transforma el sentido de un mismo pagaré, hasta revelar que la prueba más irrefutable puede erigirse asimismo en el instrumento de una impostura.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El capítulo completo de 1884 refiere el hallazgo de los dos cadáveres, la instrucción, la confesión, los debates, el veredicto y la condena a quince años de trabajos forzados. La fuente data el asunto en 1879, si bien un renglón de la reseña consigna un año discordante; el relato elude asentar la cronología sobre dicha mención aislada. Los móviles imputados al encausado constituyen las tesis del fiscal y del cronista, no hechos psicológicos comprobados. OCR Fraktur no cotejado sistemáticamente con el facsímil.

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