El 26 de noviembre de 1873, a las cinco de la tarde, el antiguo funcionario Chijachov recibió en su casa al capitán de Estado Mayor N. y a su esposa. Hacía meses que la pareja pretendía obligarle a ratificar un antiguo idilio. Una hora más tarde, el dueño de la casa yacía muerto. El juicio posterior debía desenredar una historia urdida seis años atrás: aquello que una esposa había callado ante su marido, lo que le refirió cuando al fin se decidió a confiar en él, y lo que cada uno creyó tener derecho a exigir del hombre al que juzgaban responsable.
El primer cara a cara se había celebrado en agosto, en una posada rural de Achévo. N. condujo a su esposa y a Chijachov al interior de un aposento y trancó la puerta tras de sí. Sobre la mesa reposaban un puñal y una pistola. La señora N. requirió a su antiguo amante para que confirmase que se había propasado con ella por la fuerza antes de su matrimonio. Su marido lo colmó de ultrajes, manifestándole que semejante crimen exigía castigo. Ella le recordó a Chijachov la promesa que antaño le hiciera de dar la vida por ella, anunciándole acto seguido que había llegado su hora. Él demandó tiempo. Alguien llamó a la puerta; el dueño de la casa, Zereschkewitsch, interrumpió la escena. Los esposos partieron de nuevo sin haber arrancado la confirmación que demandaban.
El relato de aquella relación, en cambio, mudaba de cariz según los labios que lo refirieran. La señora N. relató primero a su marido que Chijachov la había forzado en una ocasión. En la vista oral, el capitán alegó que había creído a su esposa y que su empeño era obligar al antiguo asesor colegial a convalidar aquella versión, para después aceptar batirse en duelo. Chijachov, según el testimonio transmitido por el coronel von Raaben, narraba un romance plenamente consentido, iniciado cuando ella era aún una joven que vivía bajo el techo paterno. Aducía haber empeñado su palabra de guardar silencio e incluso haber oficiado como testigo en el casamiento. La señora N. no subió al estrado en calidad de mera testigo: resultó inculpada y posteriormente absuelta. El expediente no brinda certidumbre cabal sobre los hechos acaecidos en 1867; revela, sobre todo, cuán perniciosa devino semejante incertidumbre una vez que cruzó el umbral del lecho conyugal.
Tras aquel primer encuentro, Chijachov abandonó Achévo. N. regresó junto a su esposa dispuesto a darle alcance. El capitán le siguió la pista, hasta saber que el hombre había abandonado la comarca. El matrimonio viajó incluso fuera de las fronteras imperiales en su busca, antes de emprender el regreso a Rusia. Las misivas que le enviaron a renglón seguido rebosaban afrentas y exigencias de duelo. En una epístola trazada por la señora N. al dictado de su marido, le intimaba a quitarse la vida para redimir su honor. Chijachov contestó resuelto que jamás se plegaría a tal mandato y que sabría defenderse de cualquier nuevo asalto.
En el hogar, empero, el capitán no precisaba la sombra de su rival para descargar su cólera. El diario íntimo de la señora N. da cuenta de fases de ternura alternadas con amargas reconvenciones, golpes y humillaciones. Cierta noche, ella huyó de la casa y permaneció tendida en la nieve durante tres horas, con el empeño de enfermar y morir. Consignó en sus hojas cuánto lamentaba haber confesado su pasado, pero confesaba asimismo el terror que le inspiraba su marido y su afán aún vivo por recobrar su afecto. Aquellas páginas distan de presentarla como una simple cómplice de las coacciones; retratan a una mujer atenazada entre el pavor, la culpa y una dependencia afectiva que los debates del tribunal reducirían con harta frecuencia al dilema de su culpabilidad.
Chijachov era muy consciente de que la siguiente cita podía tornarse sangrienta. Los suyos le encarecieron recurrir a la policía. No se determinó a hacerlo. El coronel von Raaben se ofreció a estar presente y recibir a N. a las seis, tan pronto como concluyera su servicio militar. El plan estaba dispuesto al milímetro: Chijachov no dirigiría la palabra al capitán salvo en presencia del coronel; si N. lo agredía, el oficial lo reduciría mientras Chijachov convocaba a los sirvientes. Sin embargo, este se negaba a prevenir a los agentes de la autoridad, pues rehuía que N. supiese que su camarada estaba al corriente de la pretérita relación. Pero el 26 de noviembre, von Raaben regresó del cuartel antes de la llegada de los esposos, rendido de fatiga, y se quedó dormido en la pieza contigua. Se hallaba en el lugar, mas no pudo apercibirse de su entrada. Chijachov lo sacó del sueño susurrándole que los visitantes ya estaban allí.
La señora N. demandó una respuesta a su epístola. Chijachov le entregó un pliego redactado la víspera, donde rechazaba cualquier avenencia y le suplicaba que lo dejase en paz. El capitán arrebató el documento sin posar los ojos en él y exigió una explicación al instante, seguida del duelo. Chijachov se negó en redondo, aduciendo que N. se había despojado de todo derecho a un lance de honor a causa de su proceder en Achévo. N. le cruzó la cara de una bofetada. Los dos hombres se enzarzaron en una contienda a brazo partido. Von Raaben acudió a la carrera procurando separarlos; el criado Voronin se lanzó al tumulto y cayó herido en una mano. La señora N. disparó dos veces con el revólver de su marido sin hacer blanco en Chijachov. El capitán, en tanto, le asestó varias puñaladas. Dos de las seis heridas le atravesaron el pecho, resultando mortales de necesidad.
En las sesiones del juicio, en marzo de 1874, N. reconoció los navajazos, si bien negó resueltamente toda intención de matar. Conforme a su testimonio, había sido derribado a golpes y sacó su acero solo para defenderse a ciegas, sin medir dónde asestaba las cuchilladas. Las declaraciones testificales y la localización anatómica de las heridas contradecían de plano su versión temporal. Voronin aseveró que el puñal relucía ya antes de que von Raaben lograra contener a N.; el médico forense inventarió seis lesiones, dos de ellas letales. N. porfió en sostener que los golpes habían sido dados cuando yacía debajo de su contendiente. El ministerio público consideró que las trayectorias balísticas y el escenario de los hechos desacreditaban tal hipótesis.
El ministerio fiscal desgranó asimismo el tortuoso camino que había precipitado el desenlace. N. ostentaba la presidencia de la asamblea provincial del zemstvo y había desempeñado la judicatura de paz; su temple le había granjeado público respeto, mas su talante despótico le concitó no pocos adversarios. La crónica refiere que las tertulias de sociedad se cebaron en el escándalo y que menudearon las mofas a costa del marido ultrajado. Semejante escarnio público, recrudecido tras el viaje al extranjero, atizó su furor sin justificarlo. N. había erigido el honor conyugal en una afrenta que solo cabía dirimir por la violencia, al tiempo que obligaba a su esposa a cargar con el peso de su desconfianza y su ira. Su acusador reconoció que se trataba de un sujeto colérico, vanidoso y desestimado en su provincia, si bien estimó que tales flaquezas no atenuaban su responsabilidad. Respecto a la señora N., el alegato fiscal mantuvo idéntica dureza: le afeó haber ocultado su pasado para después disfrazar la aventura de ultraje. El fiscal defendió que había percutido el arma dos veces a sabiendas de lo que hacía, aun cuando instó a los jurados a sopesar el ascendiente y tiranía que el marido ejercía sobre ella. Semejantes palabras plasman las tesis de la acusación; no convierten en dogma jurídico las brumas que envolvían aquella antigua intimidad.
El veredicto trazó una neta distinción entre ambos papeles. El jurado declaró a N. culpable de un homicidio perpetrado bajo un arrebato de ira. La señora N. quedó libre de culpa. El tribunal condenó al capitán a la pena de destierro en Siberia en calidad de colono libre, sin privación de sus derechos civiles. La crónica apostilla que habría vivido en aquellas latitudes cerca de diez años junto a su mujer antes de retornar, según toda apariencia, a sus posesiones señoriales; término que se formula como mera conjetura. Chijachov, en cambio, no habría de volver jamás. En sus últimas disposiciones testamentarias había destinado diez mil rublos para la escuela que hizo erigir para setenta niños, y cinco mil para su esposa, de quien vivía separado. En la sala de audiencias se debatía sobre la vergüenza, el perdón y el honor de las armas; aquellas mandas pías descubren otra vertiente de su existencia, consagrada a unos niños que no llevaban su sangre.
