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Justicia y escándalos · Irlanda

El deber a siete pasos

Tras una disputa sobre el reglamento militar, el mayor Alexander Campbell mata al capitán Alexander Boyd en un duelo cerca de Newry. El jurado lo declara culpable de asesinato, si bien recomienda su indulto. Su esposa cruza el mar para intentar obtenerlo.

El 23 de junio de 1807, una ordenanza de desfile devino en asunto de muerte. En el comedor de oficiales del 21.º Regimiento, acantonado cerca de Newry, en el condado de Armagh, el mayor titulado Alexander Campbell relata que el general Kerr lo corrigió durante la inspección del día. El capitán Alexander Boyd sostiene que ni la versión de Campbell ni la del general se ajustan al reglamento del rey, tal como se halla formulado en el manual de Dundas. Hacia las ocho, los comensales se han retirado; solo permanecen los dos hombres, el teniente Hall y George Adams, cirujano asistente. Este último escucha el intercambio: no median gritos ni amenazas, tan solo una discusión de oficio que se encona cuando Boyd insiste en que conoce la ordenanza mejor que Campbell.

«Entonces, capitán Boyd, ¿afirma usted que me equivoco?», pregunta el mayor. «Lo afirmo; sé que me asiste la razón según la ordenanza del rey», replica Boyd. Campbell abandona la estancia. Boyd permanece unos minutos y sale a su vez. Nada, en el testimonio de Adams, presagia aún una querella que deba saldarse con la muerte.

Más avanzada la velada, ambos hombres vuelven a encontrarse en la escalera. El asistente del comedor, John Uvey, los ve entrar en la pequeña pieza destinada al servicio y permanecer allí de diez a quince minutos. Se separan. Unos veinte minutos después, Campbell ordena a Uvey que busque a Boyd en el campo de maniobras: un caballero desea hablar con él. Uvey conduce al capitán de regreso al comedor y desciende luego a las cocinas. Escucha un disparo, y de inmediato un segundo.

Cuando regresa, Boyd yace sentado en una silla escupiendo sangre. Campbell ha abandonado la sala. Vuelve poco después a pedir velas y le muestra a Uvey los lugares donde se apostó cada uno: siete pasos separaban ambos rincones. Se manda llamar con urgencia al cirujano Adams. La bala ha quebrado el extremo de las cuatro costillas inferiores y se ha alojado en la cavidad abdominal. Boyd se duele y se debilita a lo largo de la noche; expira dieciocho horas después del lance.

McPherson, teniente del regimiento, acude mientras Boyd aún agoniza. Escucha a Campbell inquirir a Boyd si todo se ha conducido lealmente. Boyd responde que fue apremiado, que deseaba esperar y contar con padrinos, para luego tildar a Campbell de hombre ruin. Parece conceder más tarde que estaba dispuesto a batirse, antes de reiterar su reproche. Se le ayuda a pasar a la estancia contigua. Campbell lo sigue, hondamente consternado según McPherson. Le dice que es el más afortunado de los dos, que él mismo se sabe desdichado, aunque confía en no ser un mal hombre, y le implora perdón. Boyd le tiende la mano: «Os perdono; me compadezco de vuestra suerte y sé que os compadecéis de la mía».

Campbell abandona luego Irlanda. Vive con su familia en Chelsea bajo nombre fingido. Afirma Borrow que la zozobra acaba por moverle a entregarse. En el verano de 1808 comparece ante el tribunal de lo criminal de Armagh, acusado de haber dado muerte a Boyd de un pistoletazo en el condado, el 23 de junio de 1807. Este retorno somete la querella del comedor al escrutinio del jurado: la acusación arguye que las palabras cruzadas no justificaban la decisión de disparar; la defensa se escuda en la existencia del duelo y el código de honor de la oficialidad.

La cronología se convierte en pieza de convicción. John Greenhill testifica que, tras el altercado, Campbell regresó a su hogar, tomó el té con su familia y le confió una arqueta para que se la entregara al teniente Hall antes del duelo. No describe un rapto de cólera seguido de inmediato por una detonación. El juez plantea por tanto a los jurados si aquel intervalo permitió a Campbell recobrar la sangre fría, y si las palabras de Boyd entrañaban una provocación de tal calibre que atenuase el asesinato.

El magistrado expone la distinción entre las dos calificaciones en litigio, homicidio culposo —manslaughter— y asesinato —murder—: la primera puede considerar la provocación y el arrebato inmediato; la segunda tipifica un crimen no atenuado por tales circunstancias. Una muerte causada bajo el impulso instantáneo de una pasión suscitada por una provocación bastante puede reducirse a manslaughter; pero la pasión no ampara lo que excede a la provocación, ni un acto ejecutado una vez que el ánimo ha tenido sosiego para serenarse. Corresponde a los jurados dirimir si Campbell actuó en el instante o tras haber regresado a su casa y reanudado sus ocupaciones.

Aborda asimismo el pretendido punto de honor. Lo califica de falso principio, no reconocido por la ley ni por la moral, si bien admite que ciertos jurados han apreciado en ocasiones circunstancias atenuantes. Para ello, razona, la provocación debe revestir gravedad, el consentimiento de ambas partes ha de ser pleno y no debe restar abierta ninguna vía de reconciliación decorosa. Si los jurados dan crédito a Boyd cuando declaró que deseaba aguardar y contar con padrinos, forzosamente concluirán que el pacto no fue equitativo. Recuerda igualmente que la observación de Boyd, pronunciada en el fragor de la disputa, bien pudo haber dado paso a una explicación sincera.

Tras media hora de deliberación, el jurado declara a Campbell culpable de murder, pero recomienda su indulto. El juez pronuncia la pena capital, cuya ejecución suspende en virtud de dicha recomendación. La esposa de Campbell parte al punto hacia Dublín; el paquebote del servicio regular ya ha zarpado de puerto. Cruza entonces el canal en una barca abierta, desembarca en Holyhead y llega a Londres en veintiocho horas. Desde allí alcanza Windsor y presenta a la reina un memorial donde detalla las circunstancias del duelo y la hoja de servicios de su marido.

Recaba enseguida la intercesión de las princesas y viaja luego a Brighton ante el príncipe de Gales. Este escribe al duque de Portland, mas el duque no abriga esperanza alguna. Los miembros del jurado y el gran jurado del condado elevan igualmente peticiones ante el lord teniente. Estas gestiones no borran el veredicto ni revocan la condena: patentizan hasta qué punto el indulto soberano constituía el único amparo de la familia tras el fallo judicial.

La prórroga expira el 23 de agosto. La orden de ejecutar a Campbell al día siguiente es despachada desde el castillo de Dublín con destino a Armagh. En el ínterin, el reo ruega ser fusilado, mas el procedimiento ordinario de la justicia no lo autoriza. El 24 de agosto es conducido al cadalso, mientras su esposa permanece aún lejos. Borrow describe el llanto y el clamor de la multitud, sucedidos por un silencio sepulcral cuando el verdugo se aproxima con la soga. Campbell eleva la mirada al cielo. Poco más de un año antes, un moribundo le había tendido la mano. El perdón de Boyd no había bastado para obtener el de la justicia.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Borrow sitúa el lance el 23 de junio de 1807 y el proceso en Armagh en el estío de 1808. El cuerpo del capítulo señala que el altercado inicial se produjo tras la inspección y que Campbell regresó luego a su morada antes del encuentro; la fecha precisa del intercambio no aparece aislada. Las declaraciones testificales y las instrucciones del juez se atribuyen a Borrow; no se compulsaron autos originales de la causa.

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