Al abrirse el turno de la defensa, el capitán James Macnamara solicita comparecer sentado. La herida que padece le causa un dolor excesivo para permanecer en pie. El tribunal accede de inmediato. Con voz baja y trémula, el oficial se dirige al jurado, a quien corresponde determinar si, durante el lance librado en Primrose Hill, dio muerte al coronel Robert Montgomery.
La acusación versa sobre el fallecimiento de Montgomery, alcanzado por un proyectil en el costado derecho el 6 de abril de 1803, en la parroquia de St Pancras. El proceso no se incoa por asesinato: Macnamara aclara que un primer gran jurado desestimó dicho cargo. Comparece, por ende, a raíz de una pesquisa forense instruida por el coroner, bajo la imputación de manslaughter, figura diferenciada de murder en las actas de la causa y que no se corresponde de manera exacta con el concepto moderno de «homicidio imprudente». Señala el reo que dicha indagación se practicó ante el cadáver, sin concedérsele a él la oportunidad de explicar las circunstancias que propiciaron el lance. El letrado Knapp delimita la cuestión que somete al arbitrio de los jurados: ¿perdió Montgomery la vida a consecuencia del disparo percutido por Macnamara en la colina? De ser así, concluye el fiscal, el veredicto no puede ser otro que culpable de manslaughter. Con todo, Knapp recuerda que ambos caballeros gozaban de pública estima: Macnamara había servido a la patria con probado denuedo, y Montgomery era acreedor al afecto de cuantos le trataron. No se exige al jurado discernir entre dos reputaciones, sino pronunciarse sobre aquel lance y aquel desenlace mortal.
El origen del altercado se remonta a una escena en Hyde Park, entre las cuatro y las cinco de la tarde. El coronel Montgomery paseaba a caballo en compañía de William Sloane y del hermano de este, Stephen. Un perro de Terranova marchaba junto al coronel; otro can de la misma raza trotaba tras un grupo de caballeros jinetes. Los animales se enzarzan en una riña. Montgomery descabalga con el fin de separarlos e inquiere de quién es el otro animal. Macnamara replica que le pertenece.
William Sloane oye al coronel advertir que golpeará al perro si vuelve a acometer al suyo. Macnamara le interroga sobre si osa proferir semejante amenaza contra su animal. El coronel reitera que lo azotará si la toma de nuevo con el suyo. El vocablo «arrogancia» aflora entonces en la disputa. Sloane rememora que Macnamara pronuncia dicha palabra en repetidas ocasiones; asimismo, oye a Montgomery decir, tras cerciorarse de que habla con un oficial de marina, que si se considera agraviado ya sabe dónde encontrarle. En el contrainterrogatorio, Sloane puntualiza que no advierte motivo alguno para suponer que el perro de Macnamara hubiese sido instigado a atacar al del coronel.
Stephen Sloane conserva en la memoria una réplica más amenazante de Macnamara: si Montgomery golpea a su perro, habrá de golpearle a él a continuación. Con todo, atestigua igualmente que el coronel manifestó que un parque público no constituía el marco apropiado para dirimir una contienda y dio a conocer su nombre. Montgomery precisó que no era su ánimo ofender a su interlocutor al defender a su animal. Macnamara repuso que no se daba por agraviado por tal observación; pero que, de mediar un ultraje deliberado, lo aceptaría con la mayor resolución.
Lord Buckhurst se aproxima al grupo una vez iniciada la controversia. Oye a Macnamara tildar de arrogante el tono empleado por Montgomery. El coronel le inquiere si se halla ofendido. «No, no por lo que habéis dicho», responde Macnamara, añadiendo acto seguido que reaccionaría ante cualquier expresión encaminada a afrentarle. Sacude su bastón, si bien Buckhurst estima que el ademán fue involuntario, fruto del enojo y en ningún caso concebido como insulto.
William Sloane se despide de Montgomery en la parte alta de St James’s Street, tras lo cual divisa al grupo de Macnamara que emprende el camino de vuelta. Retrocede también y da alcance al coronel en compañía de su hermano. Más tarde, ve a Macnamara en Jermyn Street. Montgomery se halla a unos treinta metros de la iglesia de St James cuando un individuo, a quien Sloane cree reconocer como el capitán Barry, se aparta de Macnamara para dirigirle la palabra; Sloane no lo ve regresar. Ambas comitivas se reúnen con posterioridad en Primrose Hill, provistas de sus respectivos padrinos y de un cirujano.
En Chalk Farm, hacia las seis y media, el tratante de vinos James Harding advierte al grupo ascendiendo la colina. Barry instruye a un criado para que extraiga un estuche del carruaje. A una distancia aproximada de cuarenta y seis metros, Harding distingue a Sir William Keir y a Barry mientras aprestan las pistolas. Se efectúa un disparo previo a fin de verificar el funcionamiento del arma. Los dos adversarios toman distancia, se sitúan frente a frente a unos cinco metros y medio, y disparan casi al unísono. Montgomery cae desplomado; Macnamara permanece erguido.
Harding acude al punto del lance. Montgomery yace tendido; el cirujano Heaviside desabotona la casaca y examina la herida infligida en el flanco derecho. Le procura los primeros auxilios antes de dirigirse hacia Macnamara. Harding cree escuchar que este último se halla igualmente herido y que se precisa practicarle una sangría. Harding colabora en el traslado del coronel a Chalk Farm. La mirada del herido permanece fija; aún exhala gemidos. Harding vuelve a verle poco después, ya sin vida, sobre un lecho.
Macnamara apela entonces a la conciencia del tribunal para que pondere los resortes que, a su juicio, desembocaron en el encuentro. Sostiene que no acudió al terreno movido por el rencor ni con el anhelo de matar. A su entender, los términos vertidos por Montgomery, proferidos ante testigos, entrañaban un desafío que un oficial no podía rehuir sin menoscabo de su honor. Reconoce ser consciente de que la religión y la razón preceptúan la sumisión a la ley, mas suplica a los jurados que tomen en consideración el crédito y la estima pública de los que dependía, a su juicio, la autoridad de un capitán llamado a guiar a sus subordinados frente al peligro. Asegura que su propósito fue siempre obtener una explicación que apaciguara los ánimos, y no arrojar dos vidas al fuego de las armas.
Macnamara expone asimismo la disparidad de circunstancias entre ambos contendientes. Montgomery, refiere, era harto conocido en Londres y disfrutaba de extensas relaciones; él, en cambio, se sentía poco menos que un forastero, tras una existencia consagrada al servicio en mares remotos. Temía las habladurías que correrían de boca en boca, deformadas con cada nuevo relato. La noticia de un rechazo al duelo habría viajado con mayor celeridad que sus propios descargos. Es este, en suma, el peligro del que declara haber intentado precaverse ante los miembros del jurado.
Con el fin de refrendar su alegato sobre su probidad, Macnamara hace comparecer a diversos oficiales que le trataron tanto en el mar como en la vida civil. Cuando su defensor pregunta a Lord Hood si el acusado es un oficial de mérito, el juez Heath interrumpe la diligencia: el mérito militar no atañe al fondo de la cuestión examinada. Erskine reformula la pregunta e inquiere qué testimonio puede rendir Hood acerca de la conducta moral del encausado. Hood describe entonces a un caballero prudente y mesurado, a quien él mismo había ascendido en 1794.
Nelson manifiesta conocer a Macnamara desde hace nueve años y haber servido a su lado. Lo tiene por un marino de intachable valía, incapaz de tolerar un ultraje; con todo, afirma que en todo ese tiempo jamás le vio ni oyó faltar al respeto a hombre, mujer o niño alguno. Lord Hotham, que lo conoce desde 1794, da fe de su comportamiento irreprochable en cualesquiera circunstancias y lo ensalza como el más leal compañero que cabría desear. Lord Minto, que mantuvo trato con él desde 1783 hasta principios de 1797 y navegó a bordo de su nave, recuerda a un hombre afable y benévolo, ajeno a toda pendencia. Sir Hyde Parker deslinda lo presenciado por él mismo de las murmuraciones ajenas: jamás conoció en Macnamara inclinación a la reyerta, aun cuando sabía que no consentía agravio alguno. Sir Thomas Trowbridge, a su vez, certifica no haber advertido en el encausado propensión pendenciera.
Tras la alocución final del juez Heath, el jurado se retira a deliberar. Su ausencia se prolonga apenas veinte minutos. A su regreso a la sala, el portavoz proclama el veredicto: no culpable.
