Se anunciaba una carta de Caponsacchi. Hicieron falta ese nombre y la promesa de noticias para que la puerta se abriera. Tras ella vivían dos ancianos, una mujer joven y la esperanza, todavía frágil, de una existencia libre del miedo. Fuera aguardaban cinco hombres. La noche del 2 de enero de 1698, en Roma, una visita en apariencia inocente estaba a punto de poner fin a un matrimonio con el que los tribunales ya habían lidiado sin conseguir desarmarlo jamás.
Las crónicas de la época discrepan sobre qué mano descorrió el cerrojo. Una señala a Violante; la otra, a Pietro Comparini. Ambas conducen, no obstante, al mismo umbral: Guido Franceschini se había valido, para entrar en casa de su esposa, del mismísimo nombre con el que pretendía lavar su honor. El supuesto protector se convertía en una llave en manos del agresor.
El trato de Arezzo
Cuatro años antes, aquella familia creyó concertar un venturoso enlace. Los Comparini poseían ciertos bienes; Guido, un apellido hidalgo y unas necesidades que ese blasón ya no bastaba para sufragar. Pompilia tenía trece años cuando se celebró el matrimonio, en diciembre de 1693. En tales acuerdos, donde los adultos sopesaban con minucia dotes, parentescos y provechos, se consideró menos necesario reparar en el porvenir de la muchacha.
Los padres acompañaron a los recién casados a Arezzo, conforme a lo pactado. Entraron en la casa de los Franceschini con sus recursos y sus costumbres. La convivencia degeneró muy pronto en una guerra doméstica, esa contienda en la que cada comida redefine las fronteras y de cuyo campo nadie puede retirarse sin parecer culpable.
Una sirvienta, Angelica, prestó testimonio de ello ya en 1694. Su deposición describe alcobas sin lumbre, la mezquindad de negar una lámpara en la escalera y auxilios elementales convertidos en actos de rebeldía. Relató que había querido llevar unas brasas a una Violante aterida de frío, y luego calentar a la anciana tras un desmayo; la madre de Guido habría impedido tales atenciones. En la mesa, una modesta ración de carne debía sustentar a toda la servidumbre y a la familia durante varios días. No era solo la estrechez lo que endurecía la vida: era el poder de resolver quién gozaría de calor, quién comería y a quién le estaba permitido socorrer al prójimo.
La defensa exhibiría un cuadro por completo distinto. En una carta, el gobernador de Arezzo atribuía el desorden a los Comparini: Violante pretendía mangonear la casa, Pietro frecuentaba las tabernas y los Franceschini los habrían tolerado durante largo tiempo. Dos retratos antagónicos se ofrecían de este modo a los jueces. Entre la criada y el gobernador, el contraste no atañía únicamente a los hechos; ponía de manifiesto hasta qué punto una misma vivienda podía mudar de aspecto según el umbral que se cruzara.
Los Comparini acabaron por regresar a Roma. Pompilia se quedó.
Una nueva discordia vino a sumarse a las anteriores. Violante declaró que Pompilia no era hija de sus entrañas. El origen de la muchacha, hasta entonces velado, devino en materia de litigio y en demanda de restitución de la dote. El enlace procuraba ahora faena a los hombres de leyes. Las sumas comprometidas, las haciendas traspasadas y los derechos de unos y otros colmaron los legajos, mientras la joven esposa permanecía bajo el techo del que sus padres habían escapado.
La fuga llamada adulterio
En su declaración judicial, Pompilia describe los reproches suscitados por la ausencia de hijos, y después los recelos que le vedaban asomarse a la ventana. Un hombre transita por la calle; otro arroja confeti en el teatro; el marido halla en ello motivo sobrado para reanudar la acusación. Afirmó haber acudido al obispo en busca de auxilio, sin lograr amparo alguno. Denunció, por último, amenazas con una pistola. Son sus palabras, recusadas por los letrados de Guido, pero confieren a su evasión un móvil harto más preciso que el simple capricho de una mujer joven.
Caponsacchi, canónigo de Arezzo, accedió a conducirla hacia Roma. Sus testimonios discrepan en cuanto a las misivas cruzadas antes de la partida. Pompilia asegura que no sabe escribir; él hace mención de billetes. Los procuradores se abalanzarán sobre estas contradicciones con la avidez propia de quienes saben que una pluma puede, en ocasiones, pesar más que un trabuco.
El 29 de abril de 1697, abandonó el hogar conyugal. Un carruaje aguardaba fuera de la puerta de San Spirito; emprendieron el camino de Roma. En la relación que ella ofreció más tarde, aquel viaje debía restituirla a sus padres. Para Guido, ese mismo trayecto constituía la prueba incontestable de un amancebamiento y de un latrocinio. Las pertenencias sustraídas, el tiempo transcurrido en la posada, la hora de llegada: cada pormenor, inocente en una versión y condenatorio en la otra, se desprendió del camino real para acomodarse en los autos procesales.
En Castelnuovo, el marido les dio alcance. El amparo estaba casi al alcance de la mano; el arresto truncó la marcha. La justicia romana no consideró probado el adulterio. No por ello dejó de dictar severas providencias de separación: Caponsacchi fue desterrado por tres años a Civitavecchia, y Pompilia, internada en un convento.
Por hallarse encinta, se le concedió después aguardar en el domicilio de los Comparini, bajo fianza y confinamiento formal. El 18 de diciembre dio a luz a Gaetano. La casa de sus padres se convertía a la vez en recinto de custodia, refugio y maternidad. La justicia conocía de sobra aquella dirección; la había homologado como una garantía bastante.
Guido también la conocía.
Cinco hombres para una venganza
Reclutó a cuatro secuaces, arribó a Roma en vísperas de la Navidad y aguardó la ocasión propicia. La premeditación reviste aquí los rasgos más descarnados: forasteros llegados de lejos, armas prevenidas, varios días de acecho y, finalmente, una puerta a la que se llama con engaño. El honor, cuando hubiere de comparecer ante la corte, tendría que rendir cuenta de semejantes preparativos.
Dos hombres montaron guardia en el zaguán; Guido y los demás irrumpieron en las habitaciones. Pietro y Violante fueron heridos de muerte en el acto. Pompilia encajó incontables estocadas: veintidós heridas, según las relaciones del suceso. Las crónicas difieren en cuanto a sus movimientos, la luz sofocada y el rincón donde buscó guarida; ninguna induce a creer en un lance imprevisto entre rivales en paridad de armas. Tres personas indefensas caían abatidas en la morada que debía brindarles amparo.
Los matadores se retiraron convencidos de haber rematado su faena. Habían dejado, sin embargo, a una superviviente.
Pompilia logró identificar a sus agresores. Los vecinos, los clérigos y el cirujano acudieron a su cabecera; sus palabras franquearon los muros con más celeridad que la que alcanzaban los fugitivos en sus postas. Se ordenó la persecución sin demora. La crónica antigua sitúa la captura en una posada, en la ruta de repliegue, después de que los facinerosos no lograran hacerse con los caballos de refresco. Se les incautaron armas todavía ensangrentadas. La partida que Guido había congregado para consumar su desquite pasaba a ser la misma que la guardia devolvía aherrojada a Roma para rendir cuentas.
La joven expiró el 6 de enero. Había tenido el tiempo justo de recibir auxilio, de que se recogiera su testimonio y de disponer sus últimas voluntades. No había cumplido aún los diecisiete años. Su hijo sobrevivía a las tres muertes segadas en aquella vivienda y al padre que las había tramado.
El honor ante el estrado
La causa no se limitó a dirimir quién había asestado las puñaladas. Los reos estaban entre rejas, las víctimas identificadas; el meollo de la liza forense radicó en dilucidar si el asesino asistía a tal pretendido derecho.
Los letrados defensores, entre ellos Arcangeli y Spreti, desplegaron una erudición imponente al servicio del honor agraviado. Las sospechas de infidelidad, las afrentas inferidas al marido y las disputas pecuniarias debían operar como atenuantes de la venganza. Sus memoriales amontonaron auctoritates y sutilezas jurídicas. Al recorrerlos, sobrecoge una singular desproporción: una muchacha había intentado escapar en una berlina; para arrebatarle tras su muerte todo atisbo de inocencia, se hacía menester movilizar una biblioteca entera.
La acusación opuso a ese andamiaje la meticulosa preparación del asalto, la leva de hombres a sueldo, el degüello de los progenitores y el quebrantamiento de la custodia decretada por la autoridad judicial. No se trataba de un marido que sorprende a los amantes en flagrante delito. Habían transcurrido meses desde el suceso de Castelnuovo. Guido dispuso de tiempo sobrado para meditar, viajar, escoger a sus cómplices y aguardar. La dilación desbarataba la excusa del arrebato en el instante mismo en que probaba la traición concertada.
Las confesiones se obtuvieron bajo un procedimiento que recurría al tormento: no pueden leerse, pues, como confidencias espontáneas. Pero las propias alegaciones de la defensa revelan que el asidero cardinal de Guido no consistía en negar el homicidio, sino en justificarlo.
La sentencia fue inexorable. Sus pretensiones de acogerse al fuero eclesiástico no le valieron la clemencia anhelada. El 22 de febrero de 1698, en la Piazza del Popolo, sus cuatro compinches murieron en la horca; él fue decapitado en el cadalso. Los curiosos se disputaron los balcones. Roma presenciaba el desenlace de un pleito que ya había sido juzgado y desmenuzado en tribunales y mentideros.
El proceso a la reputación de Pompilia, en cambio, se prolongó al hilo de su mortaja. Fue preciso continuar litigando en defensa de sus derechos y de los que debían corresponder a su criatura frente a las consecuencias patrimoniales de las acusaciones vertidas sobre su conducta. Ni aun después de muerta quedó exonerada de justificarse.
Gaetano contaba apenas unas semanas de vida. En las actas notariales que pretendían repartir haciendas y tasarle culpas a su madre, el niño figuraba en calidad de heredero. Era, asimismo, todo cuanto restaba con vida de aquel matrimonio que en su día se pregonó como un negocio ventajoso.
