Al amanecer, el cuerpo de sir James Stansfield fue hallado en el agua, en las inmediaciones de New Milns. Su primogénito, Philip, dispuso de inmediato la sepultura sin aguardar a que allegados o facultativos examinaran los restos. El entierro se consumó con premura, según consta en el acta de acusación; no obstante, los deudos exigieron poco después la exhumación del cadáver. Los cirujanos dictaminaron que sir James había perecido estrangulado y no por ahogamiento. Las aguas, por tanto, no habían resuelto el enigma que turbaba a la casa: ¿quién había conducido al anciano hasta el estanque?
El proceso contra Philip Stansfield se abrió en Edimburgo en febrero de 1688. El pliego de cargos no se limitaba a la muerte del padre; congregaba expresiones sediciosas proferidas contra el monarca, imprecaciones dirigidas contra sir James, amenazas pretéritas y, en última instancia, el asesinato perpetrado bajo el techo familiar. La crónica de 1825 compendia los cargos formulados y los debates de las partes; saca a la luz una causa donde los lances de la noche se entrelazan con añejos litigios sucesorios y con una prueba sacramental que los hombres de leyes no lograban dirimir con igual criterio.
Sir James había servido como coronel en el ejército parlamentario antes de afincarse en Escocia y fundar una manufactura lanera en New Milns. Tras la Restauración, obtuvo rentas y prerrogativas; Carlos II le confirió el título de caballero. Su hijo mayor, Philip, había recibido una educación esmerada, si bien el padre le reprochaba una conducta disoluta y licenciosa. El sumario refiere que sir James albergaba la intención de desheredarlo en favor de su segundo vástago, John. Consta que Philip había jurado cortarle el cuello.
La servidumbre evocó diversos altercados que conferían verosimilitud a tales amenazas. John Robertson y Agnes Bruce aseguraron que Philip había obligado a miembros del servicio a brindar por la ruina del rey, exigiéndoles guardar secreto. Robertson atestiguó haberle oído maldecir a su progenitor. Bruce afirmó que Philip exteriorizaba su rencor hacia sir James desde hacía años. Estas declaraciones versaban asimismo sobre palabras de rebeldía: el tribunal juzgó aquel brindis sedicioso como un delito de alta traición, independiente del cargo de parricidio.
Las amenazas verbales no eran el único vestigio de la discordia. Archibald Dunbar refirió que sir James le había confiado una agresión sufrida en el camino de Lothian Burn: Philip, según sus palabras, le había disparado dos veces con una pistola. Un letrado convocado para redactar un nuevo testamento oyó a sir James aludir a otra presunta emboscada en el camino de Lead Hills. La defensa no negó la existencia de tales testimonios; arguyó que correspondían a hechos remotos, que padre e hijo se habían reconciliado y que la ley de amnistía vedaba transformar antiguos agravios en pruebas del homicidio que se juzgaba.
La noche del suceso, sir James regresó de Edimburgo a su mansión. El reverendo John Bell, que había viajado a su lado, cenó en New Milns. Pasó parte de la velada conversando en la estancia del clérigo; Bell declaró que sir James se mostraba sosegado y en su cabal juicio. Despertado más tarde por un rumor confuso de voces y pisadas, Bell echó el cerrojo a su puerta. Oyó cómo el tumulto se desplazaba hacia el jardín y la orilla, sin distinguir a quienes lo causaban. A la mañana siguiente, Philip acudió a preguntarle si su padre había estado en su aposento, añadiendo que él mismo lo había buscado por la ribera. Poco después se propagó la noticia del hallazgo del cadáver en el agua.
Los hechos de aquella mañana dividieron a la servidumbre. Agnes Bruce aseveró que Philip se opuso a subir el cuerpo a las habitaciones principales, ordenando recluirlo en un sótano lúgubre. Sostuvo asimismo haberlo visto despojar los bolsillos del difunto de oro y plata, registrar su despacho y apropiarse de las hebillas de sus zapatos. El auto de acusación añadía que Philip intentó acelerar las exequias impidiendo que parientes y médicos inspeccionaran al finado. La defensa alegó que el acusado había permanecido en su lecho durante la noche y que las conductas observadas tras la muerte en modo alguno acreditaban la autoría material del crimen.
Durante la segunda inspección forense, un suceso singular encendió una nueva disputa. El cirujano James Murehead declaró que, en el instante en que Philip ayudó a alzar el cadáver, la sangre brotó manchando el lienzo mortuorio junto al lado izquierdo del cuello, justo donde el hijo había posado la mano. Murehead añadió que ni él ni su colega habían apreciado sangrado alguno al manipular previamente la cabeza y el cuello. La acusación esgrimió aquel fluido repentino como una señal sobrenatural de culpa. La defensa de Philip replicó que el cuerpo había sido removido, que los facultativos habían sajado la piel y que otras personas lo habían sostenido también. La ciencia médica, según se desprende de las actas, carecía de una certeza indiscutible; el propio cuerpo oscilaba entre pieza de convicción y presunto milagro acusador.
Los doctores de Edimburgo, requeridos para valorar el informe pericial, dictaminaron que existían indicios fundados para concluir que sir James había muerto por estrangulamiento y no ahogado. La acusación reforzó su postura invocando el registro de la alcoba, la celeridad del entierro y las amenazas documentadas. Sostuvo que el deceso no podía atribuirse a un suicidio mediante sumersión precedida de asfixia. Philip, según sus defensores, había dormido en su cuarto y no había traspasado el umbral hasta que un criado acudió a despertarlo.
Dos testigos menores aportaron a la vista las confidencias oídas una noche en casa de George Thomson. Los abogados de Philip se opusieron a su examen: James Thomson contaba cerca de trece años y Anna Mark unos diez. El tribunal desestimó inicialmente su comparecencia, pero el jurado solicitó que se les permitiese declarar. James afirmó haber oído a Philip lamentarse de la tacañería de su padre y amenazar con matarlo para heredar; relató asimismo que su madre y George Thomson habían comentado el crimen con posterioridad a aquella noche. Anna situó a su madre junto a Philip en tales horas y refirió las palabras cruzadas a su regreso. Sus testimonios no relataban el crimen por haberlo presenciado con sus propios ojos, mas trababan conversaciones, citas furtivas y ausencias en la hora misma en que sir James desaparecía.
La defensa impugnó igualmente que el reo fuese desafecto a la Corona. Sir Patrick Plume recordó que se había alistado como voluntario para combatir la rebelión de Monmouth. El procurador del rey replicó que los actos de lealtad sobrevenidos no extinguían la gravedad de un brindis reiterado contra la monarquía, máxime mediando juramento de secreto. Jueces y jurados hubieron de ponderar en un mismo haz las palabras políticas, los odios familiares, los testimonios de los criados, los ruidos de la noche y el examen del cadáver.
El jurado halló a Philip culpable de todos los cargos imputados: alta traición, maldición a su padre y complicidad en el asesinato. Fue condenado a morir en la horca en la cruz de Edimburgo el 15 de febrero; su lengua debía ser cercenada por las injurias contra su progenitor, su mano derecha amputada por el parricidio y su cabeza expuesta en Haddington, en las inmediaciones de New Milns. Sus bienes fueron confiscados en favor de la Corona. Las actas consignan que la sentencia fue ejecutada. Añaden asimismo que un coetáneo creyó advertir en un percance sobre el cadalso un eco de la asfixia de sir James, y que el cuerpo fue descolgado para volver a ser suspendido. La causa concluyó con el reo castigado por la ley, mientras los testimonios del servicio y la ordalía de la sangre continuaban alimentando la convicción de la prueba.
