El magistrado pidió ver la escribanía. No había tal. Desde hacía más de veinte años, respondió Pourthé, los autos de las causas se custodiaban en su propia casa. Fue, por tanto, en la vivienda del escribano donde Rigaud acudió a buscar las piezas que habían conducido a Catherine Estinès a una sentencia de muerte. Llegaba para cotejar un extracto con su original. Descubriría que las diferencias no se limitaban a la copia: el documento del cual se pretendía extraer la verdad había sufrido, él mismo, añadidos y alteraciones.
Meses antes, Catherine vivía en Cazaux, en la región de Comminges. Su padre, Barthélemy, aglutinaba varios comercios: carne, granos, tabaco y una taberna. Había alcanzado cierta holgura. Tras la muerte de su primera esposa, había contraído segundas nupcias con Dominiquète Fontan. La crónica describe una casa vuelta hostil para Catherine, a quien su madrastra deseaba ver marchar para reunirse con unos hermanos establecidos en España. La joven trabajaba fuera para asegurar su sustento y ya solo comía en casa de su padre cuando le faltaba labor. Aún habitaba la vivienda, pero ya no encontraba en ella su lugar.
En julio de 1784, Dominiquète cayó enferma tras haber tomado unas gachas. Acusó a Catherine de haber vertido arsénico en ellas. Otros comensales habían compartido el plato sin sufrir indisposición alguna, y de aquella primera imputación no consta que hubiera consecuencias judiciales. Dejó, no obstante, una palabra suspendida en las conversaciones: veneno. Cuando Barthélemy enfermó de gravedad unos meses más tarde, la palabra ya estaba disponible. Bastaba con retomarla para otorgar a una nueva dolencia la apariencia de un designio antiguo urdido contra la familia.
El comerciante regresó de Montréjeau presa de violentos dolores. Permaneció postrado cinco o seis días. Su esposa lo atendía; Catherine, retenida fuera por su trabajo, solo se acercaba a él al anochecer, y no sin dificultad. El 21 de enero de 1785, no asomó a la alcoba hasta pasadas las ocho. Su padre expiró a las diez. La acusación sostuvo que un caldo suministrado varias horas antes contenía el tósigo y que Catherine lo había introducido. La enfermedad, con todo, había comenzado mucho antes de aquella última colación. La hora de la visita y la de la preparación se convertirían en cuestiones a las que los rumores respondían con excesiva ligereza.
Dominiquète había mandado llamar a Mounic, barbero de una aldea vecina, pidiéndole que trajera un contraveneno. Este asistió al moribundo tras haber escuchado sus sospechas. Dos días después del fallecimiento, los oficiales de la justicia de Rivière llegaron acompañados del escribano Pourthé. A Mounic y a Soudane, otro barbero, se les encomendó la apertura del cadáver. El informe se redactó en el jardín. Más adelante, ambos hombres declararían que el escrito no reflejaba sus comprobaciones: ciertas palabras habían sido cambiadas, otras añadidas, y se les había hecho firmar sin previa lectura.
Varios testigos formularon idénticas protestas. Uno se había limitado a repetir lo que sabía por boca de la viuda; otro aseguraba haber estampado su firma sin escuchar la declaración redactada en su nombre. Estas discrepancias no atañían a un juicio sobre el carácter de Catherine. Afectaban a la confección misma de las piezas sobre las cuales el juez debía pronunciarse. Entre lo que una persona había dicho y lo que un tribunal podía leer, una mano había podido intervenir. Por el momento, los legajos avanzaban con mayor presteza que los desmentidos.
El 28 de enero, el juez Barre ordenó la detención de Catherine, a instancias del requerimiento de Laguens padre. Se encontraba ante su puerta cuando los corchetes vinieron a prenderla y no intentó escapar. La condujeron a Saint-Gaudens. En la casa del difunto, los bienes se habían convertido igualmente en objeto de disputa. Su cuñado había exigido la imposición de sellos; estos fueron levantados después de manera irregular y se procedió a la venta de enseres. La causa que afirmaba proteger la memoria del padre se acompañaba así de manejos sobre su patrimonio. La hija, encarcelada, no podía vigilar lo que salía de allí.
La instrucción permaneció casi estancada hasta marzo, momento en que veinte testigos fueron oídos en una sola jornada. La viuda figuraba entre ellos. Sus declaraciones reproducían a menudo las imputaciones vertidas por ella o por otra mujer, Jeanne Minotte. Champagnac vislumbra tras esta trama diversas enemistades, entre ellas la de un cura hostil a Catherine; su relato denuncia con severidad a estas personas. Sin embargo, las responsabilidades que la justicia sancionaría con posterioridad concernirían en primer lugar a quienes habían redactado, promovido y sentenciado. Eran sus actos procesales los que ahora resultaría posible cotejar con los documentos.
El 25 de mayo de 1785, Catherine fue condenada a una pena capital de extrema crueldad. La sentencia suscitó una viva indignación. Sobrevino entonces un singular vuelco: quienes estaban a cargo de custodiarla la alentaron a fugarse. La crónica refiere que se le multiplicaron las ocasiones, incluso durante su traslado hacia Toulouse. Catherine se negó. Huir habría dejado a sus espaldas una condena por la muerte de su padre; deseaba obtener de otros jueces una resolución que no la obligase a cargar con semejante infamia dondequiera que fuese.
En Toulouse, adonde llegó a primeros de junio, su entereza despertó el interés de carceleros y magistrados. Mas la convicción moral no bastaba para desmontar un expediente. Catherine solicitó el cotejo de las piezas originales. Un joven magistrado, Rigaud, se ofreció a viajar al lugar a sus expensas; el abogado general De Resseguier respaldó la iniciativa. El 20 de junio, el parlamento le otorgó comisión para ello. Lo que salvaría a la prisionera no era, pues, únicamente que se le diera crédito: era que se aceptara comprobar aquello que los primeros papeles hacían creer contra ella.
Rigaud partió al día siguiente y arribó a Montréjeau en la mañana del 22. Pourthé lo condujo a su domicilio, donde se hallaban archivados los procesos. Junto al escribano que lo acompañaba, el comisario confrontó el extracto remitido a Toulouse con la causa original. Las discordancias eran numerosas; el original presentaba asimismo enmiendas. La pesquisa mudaba de rumbo ante sus ojos. Las piezas que debían servir para condenar a Catherine se convertían a su vez en el cuerpo del delito de una acusación por falsedad. Rigaud mandó arrestar a Pourthé y regresó a Toulouse con las conclusiones de su examen.
El 7 de julio, el tribunal ordenó la prisión del escribano, la captura de los dos Laguens y la comparecencia personal del juez Barre. Los Laguens se dieron a la fuga. Se interpuso querella por falsedad y se incoó un nuevo procedimiento. Rigaud regresó al lugar de los hechos a fin de proseguir con las diligencias de cotejo y los careos. En octubre, Barre desapareció a su vez. Catherine ya no era la única que debía responder ante la ley: aquellos cuyas rúbricas habían dado fuerza a la inculpación se veían ahora perseguidos por la forma en que la habían fabricado.
Su inocencia fue proclamada al fin. El parlamento de Toulouse condenó a los Laguens, padre e hijo, en rebeldía, a diez años de galeras; Barre y Pourthé fueron condenados a diez años de destierro y al pago de daños y perjuicios a Catherine. La crónica no consigna la fecha de este auto definitivo. Tampoco refiere condena alguna contra la madrastra o el cura, a pesar de los severos cargos que formula contra ellos. La reparación recayó sobre responsables bien definidos del procedimiento; esto no autoriza a transformar las demás imputaciones del texto en sentencias sobrevenidas.
Catherine había reclamado cincuenta mil libras; la resolución referida le otorgó cuatro mil en concepto de indemnización. Las cifras no compensan los meses vividos bajo la amenaza de un suplicio atroz, pero señalan el giro de su condición: litigaba ya contra aquellos que la habían acusado. En los comienzos, se le habían opuesto testigos cuyas palabras habían sido fijadas por plumas ajenas. Al término, dos textos colocados frente a frente hicieron manifiesta la impostura. Un magistrado había reclamado los originales; esa petición abrió a la presa una puerta que otros solo le proponían forzar mediante la huida.
