El hijo debía pasar a buscar a su padre el jueves por la mañana. Irían juntos a Tours, donde los aguardaban diversos asuntos: una firma que estampar, una suma de dinero que cobrar, la lectura de unas capitulaciones matrimoniales. El hijo no vino. Durante la noche, en Rochecave, el padre había sido asesinado en su alcoba, y la mujer con quien pensaba desposarse, herida a su lado, acababa de señalar a su homicida. Acusaba con precisión a aquel cuya llegada se esperaba. Antes incluso de que se examinaran sus ropas, el joven Pettangue entraba en el sumario a través de aquella ausencia.
El crimen se había consumado en la noche del 10 al 11 de abril de 1811, en Azay-sur-Cher. Junto al cadáver se halló un cortador de orujo ensangrentado, herramienta de uso ordinario en la casa, y otro instrumento semejante, desprovisto de mango. Marie-Anne Brosse había recibido varias heridas, pero sobreviviría. Los pesquisidores reconstruyeron un posible acceso a través del lagar, la bodega, una escalera y el corredor. No se contaba con un testigo apostado en cada puerta; se buscaba la senda que los asesinos habrían podido recorrer. En aquella morada bien conocida por sus moradores, la familiaridad con el lugar pesaría casi tanto como las huellas.
Marie-Anne relató que dos hombres habían penetrado en la estancia. A su decir, Pettangue padre había reconocido a su hijo y suplicado clemencia, tanto para sí como para su compañera. El primer intruso lo derribó de un golpe, y luego ambos asaltantes la acometieron a ella en cuanto intentó auxiliar al herido. Aseguraba haber reconocido al hijo a la luz de la luna y por el tono de su voz. Describía una blusa azul, botas y un sombrero de ala ancha. El relato poseía la terrible precisión de aquellas escenas donde la víctima parece haber pronunciado por sí misma el nombre del culpable al que se debe prender. Mas aquella palabra del difunto sólo alcanzaba a la justicia por boca de la superviviente.
El padre era viudo desde 1806. Un padecimiento físico le provocaba a veces crisis nocturnas, y Marie-Anne, de unos treinta años de edad, había entrado en su vida para velar por su salud. Había conquistado un predicamento que su único hijo toleraba de mal grado. Se habían desatado agrias disputas. Las cuestiones de afecto y las de dinero se habían entretejido, tal como suele suceder en las familias donde cada cual cree defender al prójimo contra una mala influencia, mientras calcula al mismo tiempo lo que podría perder. El padre vendía propiedades; el hijo había hecho inscribir gravámenes hipotecarios que le impedían disponer libremente del precio.
Para una venta reciente, urgía obtener la cancelación de dichas inscripciones. El hijo lo había prometido sin llegar a cumplirlo. El 24 de marzo, Marie-Anne le había escrito para reclamarle el cumplimiento de su palabra y aludir a una alianza que podría perjudicar sus intereses y los de sus vástagos. El enlace anunciado no era, pues, un detalle añadido al drama a posteriori. El domingo 7 de abril se habían leído las amonestaciones en la parroquia del municipio. En Tours, en un café, se habían vertido comentarios ante el hijo a propósito de su padre y de su futura madrastra. La instrucción judicial recogió aquellas posibles afrentas al igual que recopilaba las deudas: cada una podía encajar en la explicación de un móvil.
Los días que precedieron al asesinato se reconstruyeron con minucia. El hijo se había encontrado con Pierre Rousseau, un tornero, en la taberna del Chêne-Pendu, en el camino de Tours a Cormery. Se habló de un coloquio en la caballeriza, de una botella compartida con un tercer individuo, de idas y venidas. Pettangue fue luego a pernoctar a casa de su padre. En la mañana del miércoles 10 de abril, halló la estancia cerrada por dentro e hizo una observación sobre aquella nueva cautela. Le abrieron la puerta. La pesquisa retuvo que había podido advertir el cerrojo; nada parecía más inocente, a menos que se buscara en los ademanes de la víspera la preparación de la noche postrera.
Se quedó a almorzar, bajó a buscar vino a la bodega y reiteró su promesa de regresar al día siguiente. Se juzgó que había permanecido largo rato abajo. ¿Había movido las trancas de madera que reforzaban una puerta? Semejante suposición atribuía una finalidad criminal a una mera tardanza. Puesto que conocía la casa, podía franquear el acceso; habiéndose demorado en ella, cabía conjeturar que lo había hecho. Entre ambas posibilidades, restaba empero encontrar una prueba concluyente. Una investigación empieza a cerrarse de modo peligroso en cuanto cada circunstancia adquiere su sentido de la culpabilidad que supuestamente debe demostrar.
La cita quebrantada del jueves parecía aún más grave. Pettangue tenía motivos para interesarse en aquel viaje: su padre debía entregarle mil francos para saldar deudas apremiantes. Debía asimismo asistir ante el notario a la lectura de las capitulaciones matrimoniales. ¿Por qué no había acudido, y por qué no había enviado aviso? Detenido hacia las cinco de la tarde en Montlouis, donde se le había visto a lo largo del día, declaró ignorar la muerte de su progenitor. Las noticias ya se habían propagado por los contornos. Su ignorancia resultaba sospechosa; restaba aún acreditar qué había sabido en realidad, y en qué momento preciso.
Las averiguaciones arrojaron resultados menos concluyentes de lo que se hubiera deseado. La blusa azul incautada se encontraba en casa de un primo, no en la del acusado. Varios sirvientes de su propia casa aseguraron haberlo visto en su domicilio el miércoles al anochecer y haber sido llamados durante la noche; más tarde rectificaron las horas declaradas. Aquellas variaciones daban pie al debate, sin que fuera lícito descartarlas en beneficio de una u otra parte. Rousseau, igualmente encausado, eludió en un principio el arresto. Pettangue compareció, por ende, en solitario ante el tribunal de lo criminal de Tours, abrumado por un parricidio cuya índole familiar parecía agravar todas sus faltas pretéritas.
La defensa hubo de regresar al punto de partida: ¿había reconocido Marie-Anne verdaderamente a quien la golpeó? Su letrado arremetió contra la reputación de la mujer y sus condenas pretéritas, con una virulencia en la que la crónica hace suyos los prejuicios de la época. Aquel retrato, no obstante, no bastaba para zanjar la cuestión. Una mujer herida no pierde el derecho a ser creída por el hecho de que un defensor mancille su pasado; pero sus aseveraciones, al igual que las de cualquier testigo, deben resistir el careo. Fue allí donde la acusación tropezó con dificultades harto más precisas que las injurias con que se abrumaba a la superviviente.
Marie-Anne había relatado los temores que Pettangue padre habría confiado a un juez respecto a su hijo. El magistrado los desmintió de forma tajante. Había incurrido en contradicciones sobre la hora del crimen; asimismo, tras su primera incriminación, había vertido comentarios en los que lamentaba haber acusado al joven y afirmaba no poder creerlo culpable. Finalmente, varios testigos reconocieron que las amenazas atribuidas al hijo les habían sido sugeridas por ella misma. La aparente solidez del sumario nacía de la multiplicidad de voces; se descubría ahora que varias de ellas habían bebido del mismo manantial.
Restaba la coartada. Champagnac refiere que la defensa la dejó probada y aportó explicaciones satisfactorias sobre los encuentros con Rousseau, sin conservar en sus páginas el pormenor de aquella demostración. El abogado propuso además otras conjeturas: el propio interés de Marie-Anne, o los antiguos enemigos que el padre se había granjeado antaño. Éste había formado parte de una comisión militar durante la Revolución y adquirido bienes nacionales; viejos rencores no habían dejado de perseguirlo. Tales hipótesis ensanchaban el horizonte de la pesquisa. No convertían a Marie-Anne en culpable, ni señalaban a un adversario político certero. Desbaratar una acusación no suministra necesariamente el nombre del homicida.
El 12 de diciembre de 1811, el jurado dictaminó que Pettangue hijo no era autor ni cómplice del delito. Fue absuelto. Rousseau, arrestado y juzgado con posterioridad, fue declarado igualmente inocente según la crónica. La muerte del padre permanecía huérfana de culpable en los autos que han llegado hasta nosotros; las heridas de Marie-Anne seguían siendo, ellas también, una verdad innegable. En cuanto al hijo, abandonaba el estrado con una inocencia reconocida y un duelo que se había pretendido convertir en su móvil. Aquel jueves en que no vino estuvo a punto de sentenciar el sentido de su vida entera. Hicieron falta meses de afán para restituirle el derecho de no tener que explicarlo todo.
